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Écheme el Cuento

Ni siquiera fui capaz de jurar que lo mataría

Derly Sánchez

  1963

             Cumplí mis 19 años con las expectativas de una sirvienta enamorada. Ese día me levanté más temprano que de costumbre y abrí la cajita envuelta en papel rosa que traía una nota de su puño y letra: “Te amo”.

           

            Llegué a casa del Señor cuatro meses después de que murió mi abuela. Luego que la enterramos subí a un camión que me trajo gratis y vine a dar a esta ciudad. Estuve aguantando el hambre y las mojadas durante semanas. Mi primer trabajo fue la mendicidad. Una noche de invierno creí que me iba a morir cuando comencé a ver todo amarillo.

 

Esa mañana de sábado mientras robaba comida en un super me agarraron. Ahí apareció él y sin conocerme me defendió, pagó todo lo que había metido debajo de la chaqueta y me invitó a comer algo. Yo no paraba de hablar, él sonreía.

- No es que tenga hambre, el hambre me tiene a mí.

- ¿Dónde vives?

- En cualquier parte, de donde no me echen, donde no se entre el agua, donde no jodan los perros, en cualquier parte.

- ¿Por qué esa vida?

- No la escogí yo…

- Entonces…

- … aguanto hambre, pido, robo, porque no puedo dejarme morir, no debo…

- ¿Cómo te llamas?

-  ¡Maria Inés!

- ¿Quieres venir conmigo? 

               Y me fui con ese Señor, hasta hoy, cuando su mujer está ordenando todos los arreglos de la casa, para un homenaje a él, que le rinde la logia de abogados. Es algo importante. Se veían todos tan elegantes, como con vestidos antiguos. Sentí ganas de tirarles la bandeja encima y correr a buscarlo para salir a bailar. El salón era grande, todos habían llegado sin mujeres, veinte o más. La iluminación salía de una vieja araña de techo, una luz opaca central sin ninguna belleza.

              El subió a la tarima que estaba en el rincón, la aclamación, unas palabras, lluvia de aplausos. Al comienzo habló de ella, dijo que le debía todo en su carrera, que era lo más importante en su vida, que aunque no habían tenido familia habían vivido felizmente casados durante veinte años.

           Me tenía que dar mucha rabia, porque no me nombró a mí en el discurso. Me había dicho que jamás le había dado hijos, que era una mujer fría y egoísta, que ya no la quería, que lo más importante en su vida era yo. Una semana después de que llegué a su casa, una noche mientras la mujer dormía, entró a mi habitación y me hizo su amante. Por eso quería que me mencionara en el discurso.

                  Le administra droga para que duerma, se la echa en el agua de caléndula que debo llevarle siempre antes de dormir. Me enseñó a hacerlo, de modo que cuando se la llevo ya va cargada, para que tenga buenos sueños. Apenas se dormía, iba a mi habitación a fornicarme hasta donde pudiera. A la madrugada se retira como un perro triste, y va a hacerse a su lado en la habitación de la segunda planta.

            La noche del homenaje la reunión duró hasta la madrugada. Ella subió borracha ayudada por él hasta la habitación, la desvistió y la metió en la cama. Luego bajó a buscarme en la habitación. Yo había echado seguro a la puerta.

- Tenemos que hablar- me dijo desde afuera.

- Tengo es que morirme, sos un egoísta y un mentiroso de mierda..          

 - ¿Te gustó el regalo?

No le contesté y siguió

-No te enojes conmigo, a la logia de abogados no le puedo decir que lo más importante eres tú.

-Es lo mismo que siempre dice.

- … un día cuando me separe de ella, tú y yo iremos a vivir a un departamento lujoso como a ti te guste. Tendrás el 

refrigerador lleno, el closet con ropa linda y todo lo que tú quieras. Entiéndeme Inés…

- ¿Y cómo cuando va a ser eso Señor?

- Pronto, muy pronto chiquilla.

El sabía que terminaría abriéndole, entonces entró y me tomó casi a la fuerza y abusó de mí con todo mi consentimiento. Creí que el homenaje lo había excitado mucho, pero cuando le pregunté dijo que tomaba unas pastillas para poder responderme. Lo hacía después de terminada la cena a eso de las ocho. Yo les llevaba la comida cundo se encontraban sentados uno junto al otro en un comedor triste de doce puestos. No sé para qué doce puestos.  Ya no hablaban de nada, creo que se lo habían dicho todo.

           

                  Voy a cumplir un año al lado del Señor. Ella me dice la criada, me desprecia, nunca le he gustado. He hecho todo lo que me han pedido y he querido hacerlo bien. Tengo una buena habitación, como a horas y abundantemente, me pagan un salario bueno, mejor que el de muchas otras que trabajan en esto, no hay niños, ni perros. La comida la hace una cocinera externa que viene todos los días, yo no tengo sino que servir y encargarme del resto. Arreglo la cama, arreglo su ropa, limpio sus zapatos. Debo barrer todos los días. Pero lo más importante es que me he enamorado hasta el dobladillo, veo por los ojos de ese hombre, lo adoro, sueño con él, me despierto pensando en él, lo tengo en la cabeza todo el día, y todas las noches lo esperó entre la diez y las once. Duermo muy poco, todas las noches me visita y ha hecho que yo aprenda todo lo que una mujer debe saber acerca de cómo estar con un hombre en la cama. El tiene un almanaque donde marca los días del período, lleva las cuentas, los días en que puedo quedar, entonces lo hacemos por detrás con un poco de margarina derretida.

                           Observó mi cuello, vio la cadenita, intenté quitármela, pero me frenó. De nuevo sentí su perfume, el mismo que en la mañana percibí mientras lavaba su camisa. Era todo para mí, con su mujer hacía casi cinco años que no hacían nada, eso me había dicho, aunque vaya a saber, porque por más bueno que haya sido también será capaz de mentir. Retrocedí, pero la mesa me detuvo en seco. Me agarró del cuello, lo chupó como un ternero, me metió la mano, no quise resistirme, estábamos en el cuarto de ropas pero lo deseaba, lo amaba, lo anhelaba con todas mis fuerzas, quería que me amara todos los días, incluso hoy, a estas horas en el cuarto de ropas mientras ella habla por teléfono.

                        El Señor tenía un amigo, muy cercano de ellos, Matías que venía a la casa con alguna frecuencia. Una tarde mientras ellos hablaban en el salón donde él guarda sus libros los escuché.         

   -    ¿A qué se debe tanta alegría?

  -         Creo que me he vuelto a enamorar, y eso me hace feliz ¿lo comprendes?

 -         Detalles, todos los detalles, sin omitir nada.

-         Tiene 19 añitos, es el del campo, aprende con facilidad.

-         ¿Otra vez con la sirvienta? dijo Matías

-         No, no le digas así, ella es una niña, es inocente y al mismo tiempo perversa, no sé en el fondo quién sea.

-         ¿Cómo la encontraste?

-         Robando en el supermercado.

-         Y entonces usaste el viejo truco: no se preocupe yo cubro el monto.

-         No, no fue un truco, quería ayudarla, estaba tan hambreada, vivía en la calle cuando la encontré. Mi domingo libre.

Primero me llevó a almorzar, luego a cine y por último a un amoblado en la calle trece con séptima, un lugar de vendedores, muy concurrido. El portero del lugar nos miró con extrañeza, de hecho, aún siendo apenas un cuarentón podía ser mi papá. Me pidieron papeles en la recepción. A mí no me importó.  Adentro, todo era como feo, nuevo para mí. Me impresionó la cantidad de espejos, un tapete rojo raído, un olor a desinfectante y un mueble rojo en forma de corazón que había en el centro de la recepción.  En el corredor nos encontramos dos parejas que salían de las habitaciones, ellos seguramente también tenían que esconderse. Adentro me tomó con suavidad y me besó un rato bien largo, me senté en la cama. El se quitó el saco negro, la corbata, se zafó los zapatos y los pantalones.          

 -      Quiero que hoy sea especial, dijo.

-            ¿Cómo especial?

-          Algo raro

-         No entiendo

-         Quiero que juguemos

-         ¿A qué?

-         Juguemos a que eres una puta.

             Se levantó y me desvistió con afán, me tiró a la cama, me tomó entre sus brazos y me volvió besar. Cuerpo a cuerpo, susurrando sentimientos, me dijo las más bellas porquerías que haya escuchado.

           

            Después de que lo hicimos dos veces, él pensando que yo era una puta, a la que podía decirle las porquerías que se le dicen a una perra cualquiera que ha encontrado en la calle, le dije: tengo un atraso, quince días.

         Eso fue todo en el amoblado, se paró de la cama dijo que teníamos que salir.  Le pedí que viviéramos juntos. Mientras regresábamos no quiso hablar. Me abandono en un cruce, dejó un dinero para el transporte y pidió que me fuera sola para la casa. Durante tres noches seguidas no fue a visitarme a la habitación. Alcancé a ser víctima de los peores presagios, un embarazo podía ser suficiente para que el Señor no quisiera saber nada de mí, y eso me hacía miserablemente desgraciada.

        

          Al desayuno dijo que me esperaba en un lugar acordado, me tenía buenas noticias, parecía estar alegre. Me besó y dijo que me amaba. Te espero a las cinco. Me puse el vestido que él mismo me había comprado y le dije a la Señora que iba a visitar a mi familia. Quince centímetros arriba de la rodilla, mangas cortas y cuello en V. Me agarré el cabello con los palillos de moda y me eché el perfume que también me había traído, entaconada y feliz salí por la puerta trasera.             Estaba esperándome.

    -   ¿A dónde vamos? pregunté.

         - Voy a llevarte a una clínica para que el doctor te revise y nos diga cómo está nuestro bebé.

Creo que ha sido el momento más intenso de mi vida. Me abracé a él para besarlo, nos perdimos en un beso largo donde las lenguas se encontraron.     

               Una vez en la clínica me presentó con un doctor y una enfermera que me llevaron a la sala para hacer el examen. El olor a clínica me espantaba. Nos despedimos con otro beso, dijo que estaría pendiente de cualquier cosa y que esperaría sin moverse hasta que saliera. Le pedí que me acompañara, me da miedo entrar sola, le dije, pero dijo que no estaba permitido.

           Me hicieron abrir de piernas y acostarme en una cama de esas, el médico metió algo, hurgó a gusto, le pidió algo a la enfermera, se demoró unos instantes y luego ordenó que me vistiera.

-         Señorita usted no está embarazada.

-         Claro que no estoy embarazada

-         ¿Entonces a qué ha venido?

-         El me ha traído…

-         … la trajo para un aborto, pagó todo y dejó este sobre para usted.

 Tomé el sobre, lo abrí, había una nota y unos billetes. Salí del cuarto tan pronto pude, en el pasillo lo busqué, no lo vi por ninguna parte, grité y luego corrí hasta conseguir la salida, pero el carro del Señor ya no estaba.

           

                Tardé en despabilarme. Me quedé aterida en un lugar desconocido. Hacía frío, iba a oscurecer, los autos habían comenzado a prender sus luces.  El viento cortaba las carnes. Un pájaro obsceno surcó el aire. Los transeúntes de las seis y media de la tarde caminaban con prisa sin mirar a nadie. Los oficinistas abandonaban en grupos los edificios. Había quedado sin saber qué hacer ni a dónde ir con la minifalda roja en una esquina. Ni siquiera fui capaz de jurar que lo mataría. .                      


 

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