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Écheme el Cuento

Pasaporte a Bolaño

Silvia Andrea Valencia 

                    Yo estaba preocupada. Alguien me había dicho que en la frontera con Chile pedían una bolsa de viaje de 50 dólares diarios y yo me iba a quedar un mes. Tenía una bolsa de viaje, sí, pero era de 50 dólares para todo el mes. En la fila de migraciones chilena, larga por cierto, habían peruanos, chilenos, colombianos, todos con cara de preocupados mirando el reloj constantemente. Mientras esperaba en la fila, escuchaba los diferentes acentos de cada país y reflexionaba sobre ellos. Llevaba varios días pensando en la costumbre chilena de terminar las palabras en i. Mi conclusión no era descabellada, pensé que habían adoptado la conjugación de la segunda persona del plural, vosotros, y como hablaban tan rápido, se comían las eses de las terminaciones eis y ais.

              Por fin llegó mi turno y el hombre de la ventanilla me pidió el pasaporte. En mi pasaporte siempre cargo mi carné de estudiante y la tarjeta andina. El hombre me miró y me preguntó: “¿Es usted estudiante?” me pareció innecesaria la pregunta, pues acababa de ver el carné que lo certificaba; le conteste lo obvio, que sí. El hombre volvió a mirar el carné y me dijo: “¿De qué?” Eran preguntas extrañas, en una situación extraña con un completo extraño, eso hay que aceptarlo. Cuando me hizo esa pregunta, recordé la facultad que había dejado a medias por meterme de cabeza en un viaje desesperado por conocer el continente. Tímidamente respondí la verdad. Soy una estudiante de literatura.

                        El hombre cerró con violencia el pasaporte y me miró asombrado, después de unos cinco segundos que se me hicieron horas me preguntó: “¿Ha leído usted el último libro de Gabriel García Márquez?” Esta pregunta, debo aceptarlo, me cayó como un balde de agua fría. ¿A qué persona en el mundo le preguntan en una oficina de migraciones si ha leído a Gabo? Al principio creí que me estaba coqueteando y lo único que se le ocurrió al ver mi nacionalidad colombiana fue preguntarme por Márquez. Siempre pasa. Le contesté con insolencia que sí, pero que no me había gustado. Para mi sorpresa el tipo se acercó y dijo: “¡Cierto, yo creo que después de Cien Años de Soledad, el viejo ya no debió escribir más!

        Ante esta expresión cultural, impregnada de una humanidad que no parece existir en los agentes de las fronteras ni en los retenes ni en los peajes ni en los requisadores de los centros comerciales, me quedé de una pieza, no sabía que hacer; tenía una fila enorme y nerviosa detrás mío, pero en frente tenía a un desubicado hombre de migraciones que decidía el futuro de mi viaje. Sin pensar más y dejándome de inhibiciones, le dije que no era para tanto, que debió parar después del Otoño del Patriarca. El me respondió meneando la cabeza: “De pronto, pero lo que a mi más me gusta de García Márquez, ahora que recuerdo, son los Doce Cuentos Peregrinos”.

                   No quería ser grosera con el primer representante de un país, que realmente quería conocer, así que seguí la conversación, comentándole la denuncia que el taller literario mexicano dirigido por Gabo, le puso al escritor alegando que los textos de ese libro habían sido escritos por integrantes del taller. El hombre asombrado me dijo que eso él no lo sabía y que iba a estudiar mejor cada obra y autor que leyera, que esas cosas no podían pasar en vano.  

                  ¡Esto ya era demasiado para mi despreocupada cabeza; hasta me había dicho que iba a estudiar! La situación no podía ser más insólita, hasta que el hombre después de una corta reflexión se regó a hablarme de Gabriela Mistral, de Neruda, Borges, Cortázar, James Joyce, del Ulises. Cuando llegó al Ulises se quedó pensando y notablemente interesado en mi respuesta preguntó: “¿Qué piensa usted del crítico Bloom?”. Yo no sabía absolutamente nada del critico Bloom, solo que tenía el mismo apellido que personajes del Ulises. Le contesté que no pensaba nada, porque no sabía nada. El hombre se disgustó notoriamente y me exhorto a leerlo. Yo pensé en defenderme y decirle que la crítica no me interesaba y que prefería sacar mis propias conclusiones y hasta pensé en citar a George Steiner que aunque es un crítico, tiene unas posiciones interesantes al respecto. No dije nada.

                 Cuando el hombre volvió a abrir el pasaporte, la gente empezó a desesperarse: chiflaban, carraspeaban con la garganta, hacían sonar sus llaves, hasta que un arriesgado alzó la voz, diciendo cosas que no puedo transcribir, y no por qué sean indecorosas o de mal gusto, es que no entendí una sola palabra. Sé que era español, pero, no sé español chileno, solo entendí que cada oración la terminaba en “po”.Tampoco entendí absolutamente nada de lo que le respondió el ilustrado hombre de migraciones, solo entendía que cada oración la terminaba con “¿cachai?” Bueno, no sé si ayuden a esclarecer en algo el enfrentamiento, estas dos palabras, únicas sobrevivientes de un mar de insultos en un idioma romance, al parecer.

                 La gente de la fila había crecido notablemente y el hombre no dejaba de sorprenderme, después de verlo tan eufórico y mal humorado se me hizo increíble que se sentara tranquilamente y me mirara con cara de “sigamos en los que íbamos”. Ya le iba a decir que tenía prisa y que la gente detrás mío también, pero como si le hubiera pasado por el cuerpo un corrientazo me preguntó: “¿Ha leído a Roberto Bolaño?”. Le respondí con vergüenza la verdad, pues hasta ahora íbamos 1-0 por lo de Bloom; le dije que no, mientras pensaba en el escritor chileno y en su casi homónimo mexicano “el Chavo del 8”.

                El hombre ahora más enérgico, levantó el sello que tatuaba mi pasaporte y me reconocía como una extranjera legal en Chile y en un desorden de hojas marcadas por diferentes países, lo plasmó en mi pasaporte. Me lo entregó diciéndome con una gran sonrisa: “Buen viaje, y que la traten muy bien en mi país”. Me fijé rápidamente en el sello y vi que me había dado una permanencia inusualmente larga. Le dije al hombre que yo sólo necesitaba un mes; él, con otra sonrisa aún más grande me dijo: “Un mes es muy poco para leer a Bolaño, tómese su tiempo”. Le sonreí, le di las gracias y me fui a conocer esa tierra adolorida, de la que hablaban Victor Jara, Violeta Parra y todos los trovadores, pensando que ese era el mejor trabajador que yo había visto.       

                Hoy, cuatro años después, he vuelto y en migraciones he preguntado por el hombre. Me han dicho que lo despidieron por hacer cada vez más lento su trabajo sin ninguna explicación. Yo me quedé helada y de las manos se me cayó Los Detectives Salvajes de Bolaño. Di media vuelta y vi enfrente mío, cantidades de hombres y mujeres con la mirada gacha y con un libro de Bolaño en las manos.

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