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Écheme el Cuento

M.O.R

    Andor Graut

                                          Mirad al que nuevamente ha tomado forma entre los mundos … 

                                                                                               I                                                                                        

       Mor, el Hodorón, se durmió en un desierto y se despertó en un bosque. Lo único que se preguntó al comprobar los hechos era si había perdido o ganado camino con el cambio. Calculó su posición según las estribaciones más cercanas y la posición del sol. Cuando confirmó que con el cambio había ganado terreno  se dispuso a revisar su equipo. Fue entonces cuando sintió los pasos a su espalda. No se permitió mostrar sorpresa, sabía que el hacha estaba a su alcance, justo entre sus alas, y que en cualquier momento podía volar o matar según el peligro al que se enfrentara. Sin embargo cuando la criatura finalmente se dejó ver no dejó de causarle curiosidad.

                         

                       La criatura caminaba en dos piernas como un animal superior, incluso vestía una túnica al parecer de carácter mágico, pues tenía representada varios soles y lunas sobre un fondo de extravagantes colores descompuestos. En sus extrañas manos articuladas llevaba un manojo de sangrientas foxls recién cortadas. Su rostro era redondo con el pómulo sonrosado y desprovisto de pelo facial a pesar que una larga cabellera negra se desprendía de su cráneo hasta la mitad de la espalda. Aunque no parecía representar ningún peligro, Mor no pudo dejar de sentir una suerte de extrañeza, algo que no podía definir con palabras sino con pobres comparaciones, como la sensación de tener una docena de mariposas en el estomago agonizando de cáncer, como si alguien le hubiese  echado un vaso de agua en la cara o no le hubieses permitido la entrada al club. La criatura de las foxls pareció sonreír y antes de que Mor pudiese alcanzar su hacha, ella había desaparecido en medio de los árboles y la hierba.  

                 

                               En los días siguientes el recuerdo de la criatura de las foxls lo persiguió de manera insistente hasta volverse una anécdota vacía de esas que se cuentan en medio de una reunión de negocios, y luego desapareció por completo cuando halló el portal. Este era una cúpula sostenida por cuatro columnas apoyadas a su vez sobre una plataforma  circular y escalonada; algunos caracteres arcaicos estaban inscritos sobre la superficie de las pilastras. Impertérrito, Mor, se  introdujo bajo la protección de su oficina. El dolor  fue inmediato, fragmentos de su propio yo salieron disparados en todas las direcciones existentes a través de mundos pesarosos y silentes, a través de tus ojos y los míos, a través del silencio de las eras aplastando con lentitud e impiedad el mínimo recuerdo de su estirpe y de su esposa, inundándolo con los recuerdos de su infancia y de su vejez, quebrándolo bajo el inasible signo de la diosa. Luego, la piedad del silencio y la oscuridad…

                     

                                  Las últimas siluetas difusas de un cubo blanco, en cuyo interior se elevaba un altar de sacrificio, lo sobrecogió de un temor reverencia y sagrado. Apartó los restos de su pesadilla con vigorosos movimientos de sus garras hasta que por fin abrió los ojos. Se encontró con el brillo implacable de un sol implacable en su justicia que se elevaba sobre un paisaje árido y montañoso desprovisto de albergue, que no conocía la piedad.   

                                                                                                        II

                               La luz rompía sobre la superficie del lago volcánico estallando en un millar de astillas diamantinas que herían sus ojos en un tosco homenaje de bienvenida. No necesitó más para reconocer el lugar que el negro corazón de su ira había ansiado desde su niñez. En aquella época el dios había castigado la inocencia de los suyos consumiendo el poblado en llamas sin importarle si quien pagaba era culpable o inocente. El recuerdo fue tan vivido y brutal que sus lágrimas en ráfagas ardientes humedecieron la almohada. Ahora, frente al lugar que las leyendas señalaban como hogar del dios, esperaba que el Nordak se diese a mostrar.

                        

                               Después de un tiempo no pudo evitar ya que sus ojos se cerraran.En sus sueños vio una criatura vieja y apocada yacer sobre el suelo de una habitación en ruinas, rodeado de libros en desorden y artilugios desconocidos. Vio que la criatura  se removía inquieta y lanzaba ayes quejumbrosos apretando entre sus frágiles zarpas una imagen desvaída por el tiempo.

                         

                               Lo despertó la conciencia de unas manos que lo acariciaban con ternura, incluso quizás con ansiedad. Frente a él, como un recuerdo difuso (tan similar a la criatura de su sueño, que no podía precisar, se hallaba la criatura de los foxls. Recordó haberla visto con otros ojos, amándola en oscuros callejones, en una cámara colosal donde vestía de blanco mientras sostenía unas foxls resplandecientes y abrazándolo, cubriéndolo de tanto amor que era casi doloroso al tacto; amándola con desesperanza incierta mientras la ciudad florecía en astillas de cristal y de concreto para luego rehacerse casi indolora, casi eterna, sin importarle que lo había despojado del amor de su vida. La ciudad era una perra herida que sólo cuidaba de sí misma.  Sintió la esquina de un libro clavársele en las costillas arrancándole un gemido en tanto la visión desaparecía.

                            

                                Reconoció en el sueño los influjos del dios Nordak en la vigilia. Se obligó a despertar, en medio de la noche,  al mismo tiempo que unos gigantescos ojos facetados emergían de la superficie del lago ante él. El dios Nordak, terrible en su sinrazón, lo atenazó con sus miembros y lo lanzó al sueño como antes había hecho con ella y con miles de los suyos antes que él, sin que nadie llegara siquiera a tocarlo, a descifrar el enigma de su existencia y de su derecho a ser. Mor llegó a  desvanecerse por un momento. Vio en sus párpados cerrados como la criatura se encogía en la habitación en ruinas. En el suelo Mor aferró el hacha con sus poderosas garras articuladas, gruño su desconcierto y su odio mientras se levantaba esperando el nuevo embate del dios que alguna vez había adorado. Cuando la zarpa del Nordak se balanzó sobre él Mor se deslizó por el suelo y atacó su vientre acorazado pero indefenso. Cada golpe de su hacha arrancó chispas del cuerpo del dios, incendiando todo a su alrededor, arrancando trozos de la oscuridad ante él. Sintió como una bendición el sudor que bañaba su cuerpo mientras daba el golpe que cumplía su venganza y la claridad de sus propósitos, apagando para siempre la vida del adversario. La celebración de su aullido arrancó ecos tenebrosos en todo el valle que lo rodeaba.

                          

                               Lo despertó el eco de su propia voz. Descubrió con estupor que las llamas lo rodeaban y que comenzaban ya a consumir los libros en que yacía. Algo estalló cerca de él incrustándole un pedazo de plástico caliente en su mejilla que lo sacó por completo del sueño donde enfrentaba una bestia innominada.  Lo paralizó de nuevo su propia sorpresa  cuando una criatura de fabula - un Hodorón reconoció sin saber como- alzaba vuelo hacia ese firmamento oscuro y cristalino que se alzaba ahora sobre ellos persiguiendo la fugaz silueta de su esposa con un manojo de rosas  en las manos, vestida de soles y lunas perdiéndose en un lugar de constelaciones desconocidas que se sentía incapaz de nombrar bajo ningún concepto.

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