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Écheme el Cuento

DONDE ESTA LA MANZANA DE ADÁN II

DONDE ESTA LA MANZANA DE ADÁN II

Cuando el fin del Mundo llegó, lo hizo de puntillas, casi pidiendo permiso. Se tomó su tiempo y, sobre todo, evitó llegar en cualquier forma esperada. No hubo bolas de fuego ni terremotos ni inundaciones. Los muertos no se levantaron de sus tumbas ni tampoco se vieron cometas en el cielo.  Sólo se hizo el silencio. Aunque algunos hubiesen esperado grandes catástrofes no hubo muchas en verdad. Unos cuantos aviones cayeron, unos cuantos barcos se fueron a pique y no más.

 Unos pocos jurarían después que escucharon a los pájaros trinar todos a una voz como quien se ríe con socarronería, justo antes que se hiciera el silencio.   

Él se levantó en medio de la noche. Se despertó con un sabor metálico en la boca, similar a la sangre. Se dirigió al baño e intento calmar el latir violento de su corazón. No se percató del silencio. Jirones de pesadilla lo acompañaban. El sabor en su boca era como el que queda después de haber mordido la rodilla del demonio que se sienta en las noches sobre tu pecho, frío y áspero. Intentó volver a dormir pero no pudo. Sintió el silencio que se había abatido sobre el mundo y supo que el destino lo había alcanzado. Su nombre, Aníbal, al fin le había dado alcance. Se sentó en el borde de la cama y pensó en qué hacer a continuación.

Durante toda su vida tuvo conocimiento que ese momento al fin llegaría, aunque nunca se preparó para ello. La única persona con la que habló de sus sueños y temores se encontraba en ese momento muy lejos de allí. Pensó que si Martha se encontrara allí sabría muy bien que decirle. Pero ella vivía al otro lado de la ciudad. Levantó el teléfono para llamarla  pero sólo se encontró con una línea muerta. Sintió miedo. Es ilógico decir que los héroes no sienten miedo. Claro que sienten miedo. Es lógico sentir miedo cuando se tiene 20 años, toda tu vida has esperado algo y cuando llega el momento no sabes en verdad qué hacer. Intentó pensar en sus conversaciones con Martha y en la comprensión que había sacado de ellas. Ninguna idea le llegó. Claro, sabía que recorrería un camino y que lucharía contra algo y… en resumen no era mucho lo que sabía, sólo que tendría que hacerlo bien.

Que carajo, masculló. Se vistió con lo primero que encontró y decidió ir en busca de Carmen.  La había amado con toda la fuerza y torpeza del primer amor, y lógicamente el peso de la inexperiencia había mandado todo al traste y la había perdido en una noche similar a esa…

Los recuerdos le agobiaron. Salió a la noche pensando estupidamente en el psicólogo que le había dicho alguna vez que la fantasía del héroe era muy común a su edad, que no debía preocuparse y que mantuviera los pies en la tierra. Putos psicólogos sólo hablaban mierda, que bien le habría servido entrenarse en esgrima como le había sugerido Martha, o aprender algo de estrategia militar y liderazgo como le había insinuado Olga, o simplemente leer algo de mitología como le había dicho Carmen en lugar de perder el tiempo en un diván escuchando estupideces.

Carmen estaba cerca. Si era el Fin del Mundo, y sus huesos le decían que así era entonces más le valía buscar ayuda.

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