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Écheme el Cuento

EL AHORCADO SOBRE EL VTLAVA de David Vásquez

La Escritura es una amante exigente y posesiva,

eso aprendió Baruk en esta sublime historia

de David Vásquez

Baruk Sharvedcia, en silencio, y su rostro sin sentido, sin mirada; el pálido mensaje de sus labios secos y ella, Ivana Brno, anciana, deshaciéndose en ayeres, en lágrimas de niebla que se escapan entre los dedos. Ivana, sus manos como mariposas marrones, sólo se sentó en el zaguán para ya no esperarlo. Baruk es ahora una plegaria atardecida y ella una flor de muerto que se marchita bajo la lluvia de Praga.

             A Baruk lo velaron en su casa, Ivana y unos cuantos vecinos completaron la escena, hubo una sola vela y una sola flor; la caja, de madera oscura y de distancia. Al otro día lo enterraron, no hubo servicio.  El rostro de Ivana era del color de las losas. El  sepulturero hizo su trabajo en silencio y sin prisa, los vecinos se marcharon tan pronto acabó todo.  Nadie se quedó con la viuda, solo la densa lluvia, el recuerdo de Baruk.

            Ahora el olvido habita entre los muros de la casa, entre los silencios obligados, tiene su morada siniestra en los párpados cerrados de Ivana Brno; sus manos que son como mariposas marrones se aferran a las cortinas, acarician al ausente.

            Baruk era escritor; deambulaba sin sosiego entre las letras como un exiliado de tierras lejanas, se perdía, se hundía sin esperanza bajo el pesado cieno de sus hojas blancas y vacías.  Baruk no podía escribir, lo había hecho hace tiempo cuando era joven y la vida le daba para ello. Tras sus escritos había una suerte de revelación inusitada, aparcían en instantes inesperados. En esos días caminaba Praga con libertad y en alguna esquina distante, de pronto, aparecía un buen cuento.  Luego pasaron los años, sus oídos se cerraron y las letras se marcharon para siempre. Baruk hasta el día de su muerte buscó sin descanso sus escritos entre las calles de Praga, pero esta se los negó.

            La lluvia de Praga es como una melodía de murmullos, las gotas se estrellan contra las ventanas como un estrépito de infantes.  Es una lluvia densa y aletargada que escruta el silencio.  Ivana ve su reflejo en el cristal, piensa en Baruk y en su tumba, en las hortensias que le llevó ayer por ser domingo, seguro  van a quedar regadas por el mármol como cadáveres  violeta.

            Esa mañana trágica el ahorcado sobre el Vtlava era Baruk Sharvedcia, colgado bajo el puente, una frase cortada por el frío.  En su cuento final, cuando escribió la última letra de la última palabra, el lápiz  no se despegó del papel, hizo una raya que corrió por la mesa hasta el río donde halló la muerte enredada en una horca.  El final se le quedó entre los dientes y Praga por fin lo perdonó.

             Ivana supo entonces, como lo sabe ahora, que Baruk murió el día en que por fin pudo volver a escribir y también sabe, muy a su pesar, que había dejado de hacerlo justo cuando la conoció. Ella nunca entendió por qué tenía que ser así, pero en su sabio corazón siempre supo que Praga cobraría su deuda, que Baruk se marcharía como una hoja de papel que se lleva el Vtlava, con un final atravesado en la garganta.

            El día que murió, Baruk se paró en el filo del puente, levantó su cabeza y las gotas se estrellaron contra su rostro como un estrépito de infantes, arriba el cielo gris de Praga, insondable como el silencio de su pluma.  En la mano izquierda, una hoja de papel con un cuento, el último,  en la derecha la pluma que lo filtró.  Afuera Praga hecha de voces lejanas, Baruk podía escucharlas todas, le decían al oído un secreto incierto y olvidado: 

—Esa noche en que se callaron todas las esquinas Praga te maldijo en los ojos de Ivana Brno. 

            Cuando Baruk escuchó esto, la hoja con el cuento se soltó de su mano y calló  sobre el Vtlava, se hundió para siempre.

 

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