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Écheme el Cuento

Los pasos del árbol nómada

Los pasos del árbol nómada

Latido, latido y silencio. Una pausa y sigue. El árbol no deja de andar. ¿Qué rumbo sigue? Es un viajero que busca destinos tan lejanos, tan lejanos como el olvido. Pero el viento nada se lleva, todo permanece. Aquel gigante ya no corre, pero huye. En su camino muchas semillas ha dejado, como si fuera uno más del bosque, de esos que nunca se mueven. Con las hojas contadas en sus marchitas ramas, solo anhela una palabra. Tiene hambre pero no sed, el mundo está inundado y él se ahoga en el vacío mundano. Hombres y más hombres. El hombre se jacta diciendo poseer la razón. Humilde en su sabiduría le contempla, pero ya no tiene lastima por él, ha visto su devenir en sus propias obras.

Bajo la calma del silencio de la luz se puede apreciar la agonía de una gota de agua, el tiempo es tan lento entonces que una vida puede pasar y ya nadie lo advierte. Ya nadie se refugia bajo la sombra de un milenario tronco para escuchar sus historias, y menos para entender los signos que regalaba la noche. El árbol se desangra y en sus venas abiertas se puede ver el suplicio de la madre etérea, grita y gime muda por la herida que le ha causado el más bello de sus hijos.

Las huellas que marcan las raíces siguen una travesía que ya nadie conoce, va en busca de un rey mucho más antiguo que él, que tenía como súbditos a los planetas, mas abandono su trono y renuncio a su corona de fuego. El canto del gallo anunciaba al mundo que el día comenzaba, pero esa melodía dedicada a aquel rey ya nunca más se escuchó. La esperanza que viene de la luz del sol ya no hay quien la reciba.

El viejo árbol ha ido a encontrar a los enamorados y soñadores, buscando al monarca del día, pero la juventud ya no cree, no tienen memoria. Solo aquellos que cuentan cuentos y los poetas pueden señalar el camino. ¿Y quién conoce donde se esconden? Fueron exiliados y condenados a permanecer en las eras que ya sucedieron. Y peor aún, nadie los evoca.

Muerto está el suelo que una vez albergo y alimento sus raíces, como un gris que inunda el horizonte, donde ya no se posan las estrellas. El barro con el que un día adán fue formado hoy es polvo, ya los niños no juegan con él, también fue abandonado al pasado como una anécdota que nadie recuerda. También la noche murió, con ella su magia; la nostalgia se deshizo en una pequeña brisa fría que hizo temblar a la luna, que vistió de purpura. No un purpura de luto sino de desconcierto, de tristeza, y de melancolía.

De melancolía, una que los hombres jamás volvieron a sentir. Los hombres que jamás volvieron a sentir. Ellos están perdidos en una permanente oscuridad, y aunque parezca extraño, solo la noche permanece, solo ella domina apagada cubriéndolo todo con una insípida sombra. No huele a nada, ni siquiera a muerte. Más como recordar la intensidad del frio, donde por lo menos los búhos –príncipes de la vigilia- cantaban sus tenebrosas historias.

Que decir entonces de la felicidad, si hasta la lagrima desapareció. La inocencia que inundaba los parques, las calles y las casas de las abuelas con ese alboroto de vida ya no es siquiera el eco borroso de una foto de un par de niños en columpio. Atreves de la mirada del árbol se aprecia el nuevo hombre, un fantasma hecho de silencio.

El árbol camina lento, lleva en si el peso de la sabiduría que el viento y el agua –en los días que se contaban cuentos y se cantaban amores- le traían como alimento. Días en los que era el hogar caliente para los navegantes del horizonte, esos que adornaban los cielos con sus movimientos y sus figuras, y hacían suspirar al hombre que soñaba con alguna vez ser un ave.

Latido, latido y silencio. Solo está vivo aquello que se mueve buscando el sol.

Amigo es hora. Trepa a sus ramas, alcanza la cima de las más altas montañas, acompáñame  a buscar cuentos, cantos, historias, romances y tragedias, vamos a encontrar la magia en las palabras. A encontrar el alma del Árbol Nómada en sus pasos.

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