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Écheme el Cuento

De cómo deben estar los ojos para contar ovejas

 

Ana María Díaz 

            La luz del Sol se deslizaba con paciencia sobre las faldas de la colina silenciosa. Era un lugar propicio para que los pastores apacentaran sus ovejas, las cuales mostraban mucho placer cuando saboreaban el césped de aquella colina.

Solo había una pastora que no disfrutaba la placidez del lugar, pues siempre perdía alguna de sus treinta ovejas. Y así fue como, una vez más, la pastora contó veintinueve ovejas iguales. Abandonó su rebaño y fue a buscar la que le faltaba, no importaba si perdía otra. Tomó el sendero fangoso que llevaba a la cima de la colina y luego descendía hasta una aldea de artesanos.

Después de avanzar un trecho, se encontró con otro de los pastores de la región. Las ovejas que cuidaba este pastor tenían sombreros rosados. Entonces la pastora se acercó y le preguntó:

¿Por qué adornas tus ovejas con sombreros?

Son el distintivo de mi rebaño —contestó el pastor.

  

   Dada su costumbre de contar ovejas, la pastora contó las del pastor. Había treinta y dos. Entonces la pastora le preguntó:

¿Cuántas ovejas tienes?

Treinta y uno contestó el pastor.

Si ella había perdido una y el pastor tenía una de más, una de ellas podía ser la oveja perdida. Entonces preguntó al pastor:

¿Pusiste el sombrero a una oveja con pendiente?

No recuerdo haberlo hecho. ¿Por qué lo preguntas?

Mis ovejas usan pendientes. Es el distintivo de mi rebaño. Perdí una de mis ovejas y pensé que podía estar camuflada entre las tuyas contestó la pastora.

¿Qué te hace pensar eso? preguntó el pastor.

Me dijiste que tenías treinta y uno, cuando tienes treinta y dos.

¿No sabes contar? Treinta y un ovejas tengo.

La pastora contó de nuevo. Eran treinta y un ovejas iguales.

Ya el crepúsculo asomaba sus crines purpúreas, cuando la pastora se encontró de cerca con la primera cabaña de la aldea. Aquella cabaña parecía un niño tímido arrinconado en el paisaje, pues las demás se agrupaban algún trecho más allá.

La pastora llamó a la puerta. Los minutos se iban y nadie abría la puerta, los minutos se fueron cuando un sujeto abrió lentamente; su silueta permanecía difusa detrás de las telarañas.

Siga —dijo.

La pastora se abrió paso entre una muchedumbre de fibras y consiguió llegar al vestíbulo. De entre las fibras surgía un melodioso murmullo de laúd.

Y bien dijo el sujeto, ¿con qué motivo visita usted a quien nadie visita?

—Estoy buscando una oveja que perdí. Vine para preguntarle si ha visto una con un pendiente.

!Felices aquellos que buscan ovejas y no lo que yo!

¿Qué se le ha extraviado? Quizás pueda ayudarle a encontrarlo.

Canciones. Necesito encontrar todas las canciones posibles. Quiero construir un país compuesto solo por canciones. Que no tenga tierra, aire, agua, luz, personas, animales ni plantas. Solo canciones.

Es un trabajo difícil. ¿Cómo puede hacerlo en medio de las telarañas? preguntó la pastora.

No son telarañas, son las cuerdas de un laúd gigantesco que permitirán la existencia de mi país. Todavía me falta fabricar y templar muchas cuerdas. Tengo que rebasar la frontera de mi cabaña, hasta que las cuerdas estén extendidas por toda Transistoria. Ya ves, todavía me falta mucho para terminar un país de este tamaño. En ese país, usted no irá de cabaña en cabaña buscando una oveja. Usted irá de canción en canción buscando una canción. Usted no será una pastora tocando mi puerta, sino una canción tocando mi canción.

¿Y quién pulsará las cuerdas?

No es necesario que alguien las pulse. Una vez templadas, todas las canciones existirán en potencia.

—Entonces estas cuerdas deben estar hechas de un material mágico. ¿Con qué material fabrica usted estas cuerdas?

—Para fabricarlas uso tripa de oveja, como se fabrica cualquier cuerda.

La pastora pensó que su oveja podía estar convertida en cuerda de laúd. Para corroborarlo, debería observar cada cuerda hasta encontrar la que mostrara humedad, indicio de haber sido recientemente extraída del animal. Empezó a observar todas las fibras y, de un momento a otro, notó que no solo las estaba observando, sino que las estaba contando. No terminó de contarlas porque se quedó dormida en el vestíbulo. Lo mismo le sucedía cuando contaba las ovejas con los ojos cerrados, por eso no pasaban de veintinueve.

Resultaba muy fácil cometer ese error, pues las ovejas que contaba con los ojos cerrados eran exactamente iguales a las que contaba con los ojos abiertos. Solo había una diferencia: las que contaba con los ojos cerrados eran veintinueve. A partir de la vigésimo novena, en el negro escenario de los párpados, podían aparecer ovejas con sombreros, cuerdas de laúd y algún fabricante de países.

Al otro día, con los ojos abiertos, la pastora contó treinta ovejas iguales. Ya la trigésima oveja no se había esfumado entre los sueños de una pastora dormilona.
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