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Écheme el Cuento

El elevador

El elevador

 

Cesar Omar López

                  La última vez que subí en un ascensor fue el día de San Valentín. Dos hombres se miran cálidamente. ¿Amigos o gays? En la otra esquina, con caras de celebración, miradas clandestinas y manos entrelazadas, una pareja hetero. En la otra, una lánguida octogenaria, junto a un deportista negro y al fondo tres macilentos, esqueléticos y lampiños chinos. Todos en el mismo maldito ascensor por cosas del destino, que ni los astrólogos pueden explicar. ¡La maldita globalización!

                Lo mejor que se puede hacer para evitar mirar a los ojos a los compañeros de viaje hasta el piso cincuenta es permanecer en silenció mirando el ventilador del techo, como si nuestro cerebro estuviera ocupado, preparando contenidos inusitadamente importantes. Pero sino somos astutos para tal cosa, debemos simular que vamos muy de prisa.

                Sin embargo, aquel día, por una razón que no recuerdo,  pensé en voz alta: los hijos de puta chinos nos están invadiendo, y si son como sus productos el mundo terminará por dañarse muy rápido. No pensé más, comprendí que todo no es lo que parece.

               Hoy ya no tengo que treparme a esos pequeños cuartos móviles, ni ir hasta el piso cincuenta, tan sólo espero que mis amigos vengan a traerme flores a mis dos metros cuadrados de tierra, donde me sobra tiempo para pensar en silencio.

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