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Écheme el Cuento

Poe

Poe

El hombre que jamás sonreía, que iba vestido de negro y le tenía miedo a la oscuridad. Al que le gustaba caminar de día por los cementerios, aún en medio de la lluvia y la nieve. El que enamoró a su impúber y retardado prima Virginia Clemm. Un necrófilo del alma, que se aferró al cadáver de su adorada Virginia, con quien había casado en 1835, hasta que la policía tuvo que venir a separarlos a instancias de los vecinos. El huérfano infantil de dos actores ambulantes y alcohólicos que murieron precozmente de tuberculosis. El hombre que vivió la experiencia de la muerte para narrarla, que descendió hasta los límites de la vida y tocó los cadáveres para hacerlos familiares. El que se sobrecogía para escribir. El que reflexionaba con la poesía y poetizaba con la prosa. El que se alimentaba de la crónica roja, de los mundos proscritos, del más allá de la sociedad, de los sótanos, lo subterráneo, las criptas, las casas abandonadas, las calles peligrosas, para escribir. Un hombre ebrio, alucinado, inseguro, infantil. Un hombre que no tuvo que inventar las pesadillas para hacer literatura de horror, las vivió y nos las ofreció como experiencia única. El que se alimentó de desdicha y sombra, la víctima perfecta del orden social norteamericano. El hombre al que Baudelaire tradujo. El precursor del malditismo, del temblor maldito que contrajeron Rimbaud, Verlaine, Lautreamont, Mallarmé  y Nerval. El hombre lleno de tics, nerviosismos súbitos, sudores sepulcrales, temblores metafísicos, trances alcohólicos. El hombre cuya literatura influyó en Borges, Cortazar, Lovecraft y Virgilio Piñeira. El creador de Chevalier Auguste Dupin, antecesor de Sherlock Holmes y Hércules Poirot. El hombre que nos dejó un catálogo todavía útil de las cosas que se deben hacer y no hacer cuando se trata de escribir un cuento. El hombre que nos heredó el “Descenso al Maelstrom”, “Conversación de Eiros y Charnion” y “Anabel lee”. El que está cumpliendo 200 años de haber sido arrojado al espantoso mundo, a la asquerosa nada, después de que su madre, Elisabeth Arnold, una actriz shakesperiana de la calle, lo hubiera parido, tras un embarazo accidentado durante el que tuvo sueños que la atormentaron.

 

Por diferencia de horas, el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe coincidió con la posesión del primer presidente negro de los Estados Unidos. Tal vez una sutil coincidencia histórica entre la posesión del “hombre para la crisis” y el aniversario histórico del nacimiento del hombre que penetró en el horror del inconsciente norteamericano, y que hizo de su vida la mejor de las historias que nos legó.       

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