Blogia

Écheme el Cuento

Eclecticismo

 Martha Rengifo

Era una sensación como si flotase, como si alguien o algo lo llevase raudo.  Se demoró mucho en poder articular palabra mientras el sonido del viento, debido a la velocidad con que iba, le azotaba las orejas.

-¿Qué pasa?, ¿Qué me pasa?- dijo al fin

-  ¡Vamos! – le respondió alguien dentro de su cabeza.  Imaginó que ese alguien era poderoso.

Por fin pudo ver, fueron, al principio, halos de luz, pedazos de colores y al viento se le fueron colando poco a poco otros sonidos.

Fue arrastrado por muchos lugares.  Lugares hechos de luz, de hielo, eran como otros mundos, otros planetas tal vez.  Lugares hechos de suaves colinas azules, lagos y ríos verdes, dulces cielos rojizos, lugares llenos de una música irreal, imposible tan extraña que habría muerto de la emoción si no fuera porque pasó tan rápido que sólo alcanzó a estremecerse un poco para volver hacerlo por alguna otra maravilla, recorrió ciudades increíbles diseñadas por arquitectos dementes en sitios, a lo mejor, sin gravedad, sin necesidad de cimientos.

Cuando ya pudo ver mejor, los extraños lugares estaban llenos de gente.  Personas en un éxtasis sublime, o en batallas feroces sin hacerse daño, en orgías inimaginables.  Quiso detenerse mil veces y mil veces fue arrastrado.Vio también personas ciegas en medio de la belleza, sordas que no podían escuchar esas orquestas maravillosas, y lo sabían. Vio seres solos en medio del desierto, una figura flotó hasta él y le preguntó por alguien con una tristeza de siglos.

Había lugares donde la belleza podía ser horrible.  También recorrió salas de torturas, miles de seres en un caminar sin meta.  Escuchó también gemidos, gritos.  Conoció todas las clases de dolor.  Al final todo parecía acabarse en un atardecer extraño.  No era que la oscuridad aumentara sino como si todo fuera desapareciendoPercibió que se detenía en su recorrido.

— Llegamos  —dijo el hombre o lo que fuera.

— ¿Adónde?, ¿dónde estamos?

— ¿Qué pensabas que había después de la muerte?

— Nada —respondió.

— Pues aquí la tienes.  La nada toda para ti.

De cómo deben estar los ojos para contar ovejas

 

Ana María Díaz 

            La luz del Sol se deslizaba con paciencia sobre las faldas de la colina silenciosa. Era un lugar propicio para que los pastores apacentaran sus ovejas, las cuales mostraban mucho placer cuando saboreaban el césped de aquella colina.

Solo había una pastora que no disfrutaba la placidez del lugar, pues siempre perdía alguna de sus treinta ovejas. Y así fue como, una vez más, la pastora contó veintinueve ovejas iguales. Abandonó su rebaño y fue a buscar la que le faltaba, no importaba si perdía otra. Tomó el sendero fangoso que llevaba a la cima de la colina y luego descendía hasta una aldea de artesanos.

Después de avanzar un trecho, se encontró con otro de los pastores de la región. Las ovejas que cuidaba este pastor tenían sombreros rosados. Entonces la pastora se acercó y le preguntó:

¿Por qué adornas tus ovejas con sombreros?

Son el distintivo de mi rebaño —contestó el pastor.

  

   Dada su costumbre de contar ovejas, la pastora contó las del pastor. Había treinta y dos. Entonces la pastora le preguntó:

¿Cuántas ovejas tienes?

Treinta y uno contestó el pastor.

Si ella había perdido una y el pastor tenía una de más, una de ellas podía ser la oveja perdida. Entonces preguntó al pastor:

¿Pusiste el sombrero a una oveja con pendiente?

No recuerdo haberlo hecho. ¿Por qué lo preguntas?

Mis ovejas usan pendientes. Es el distintivo de mi rebaño. Perdí una de mis ovejas y pensé que podía estar camuflada entre las tuyas contestó la pastora.

¿Qué te hace pensar eso? preguntó el pastor.

Me dijiste que tenías treinta y uno, cuando tienes treinta y dos.

¿No sabes contar? Treinta y un ovejas tengo.

La pastora contó de nuevo. Eran treinta y un ovejas iguales.

Ya el crepúsculo asomaba sus crines purpúreas, cuando la pastora se encontró de cerca con la primera cabaña de la aldea. Aquella cabaña parecía un niño tímido arrinconado en el paisaje, pues las demás se agrupaban algún trecho más allá.

La pastora llamó a la puerta. Los minutos se iban y nadie abría la puerta, los minutos se fueron cuando un sujeto abrió lentamente; su silueta permanecía difusa detrás de las telarañas.

Siga —dijo.

La pastora se abrió paso entre una muchedumbre de fibras y consiguió llegar al vestíbulo. De entre las fibras surgía un melodioso murmullo de laúd.

Y bien dijo el sujeto, ¿con qué motivo visita usted a quien nadie visita?

—Estoy buscando una oveja que perdí. Vine para preguntarle si ha visto una con un pendiente.

!Felices aquellos que buscan ovejas y no lo que yo!

¿Qué se le ha extraviado? Quizás pueda ayudarle a encontrarlo.

Canciones. Necesito encontrar todas las canciones posibles. Quiero construir un país compuesto solo por canciones. Que no tenga tierra, aire, agua, luz, personas, animales ni plantas. Solo canciones.

Es un trabajo difícil. ¿Cómo puede hacerlo en medio de las telarañas? preguntó la pastora.

No son telarañas, son las cuerdas de un laúd gigantesco que permitirán la existencia de mi país. Todavía me falta fabricar y templar muchas cuerdas. Tengo que rebasar la frontera de mi cabaña, hasta que las cuerdas estén extendidas por toda Transistoria. Ya ves, todavía me falta mucho para terminar un país de este tamaño. En ese país, usted no irá de cabaña en cabaña buscando una oveja. Usted irá de canción en canción buscando una canción. Usted no será una pastora tocando mi puerta, sino una canción tocando mi canción.

¿Y quién pulsará las cuerdas?

No es necesario que alguien las pulse. Una vez templadas, todas las canciones existirán en potencia.

—Entonces estas cuerdas deben estar hechas de un material mágico. ¿Con qué material fabrica usted estas cuerdas?

—Para fabricarlas uso tripa de oveja, como se fabrica cualquier cuerda.

La pastora pensó que su oveja podía estar convertida en cuerda de laúd. Para corroborarlo, debería observar cada cuerda hasta encontrar la que mostrara humedad, indicio de haber sido recientemente extraída del animal. Empezó a observar todas las fibras y, de un momento a otro, notó que no solo las estaba observando, sino que las estaba contando. No terminó de contarlas porque se quedó dormida en el vestíbulo. Lo mismo le sucedía cuando contaba las ovejas con los ojos cerrados, por eso no pasaban de veintinueve.

Resultaba muy fácil cometer ese error, pues las ovejas que contaba con los ojos cerrados eran exactamente iguales a las que contaba con los ojos abiertos. Solo había una diferencia: las que contaba con los ojos cerrados eran veintinueve. A partir de la vigésimo novena, en el negro escenario de los párpados, podían aparecer ovejas con sombreros, cuerdas de laúd y algún fabricante de países.

Al otro día, con los ojos abiertos, la pastora contó treinta ovejas iguales. Ya la trigésima oveja no se había esfumado entre los sueños de una pastora dormilona.

Pasaporte a Bolaño

Silvia Andrea Valencia 

                    Yo estaba preocupada. Alguien me había dicho que en la frontera con Chile pedían una bolsa de viaje de 50 dólares diarios y yo me iba a quedar un mes. Tenía una bolsa de viaje, sí, pero era de 50 dólares para todo el mes. En la fila de migraciones chilena, larga por cierto, habían peruanos, chilenos, colombianos, todos con cara de preocupados mirando el reloj constantemente. Mientras esperaba en la fila, escuchaba los diferentes acentos de cada país y reflexionaba sobre ellos. Llevaba varios días pensando en la costumbre chilena de terminar las palabras en i. Mi conclusión no era descabellada, pensé que habían adoptado la conjugación de la segunda persona del plural, vosotros, y como hablaban tan rápido, se comían las eses de las terminaciones eis y ais.

              Por fin llegó mi turno y el hombre de la ventanilla me pidió el pasaporte. En mi pasaporte siempre cargo mi carné de estudiante y la tarjeta andina. El hombre me miró y me preguntó: “¿Es usted estudiante?” me pareció innecesaria la pregunta, pues acababa de ver el carné que lo certificaba; le conteste lo obvio, que sí. El hombre volvió a mirar el carné y me dijo: “¿De qué?” Eran preguntas extrañas, en una situación extraña con un completo extraño, eso hay que aceptarlo. Cuando me hizo esa pregunta, recordé la facultad que había dejado a medias por meterme de cabeza en un viaje desesperado por conocer el continente. Tímidamente respondí la verdad. Soy una estudiante de literatura.

                        El hombre cerró con violencia el pasaporte y me miró asombrado, después de unos cinco segundos que se me hicieron horas me preguntó: “¿Ha leído usted el último libro de Gabriel García Márquez?” Esta pregunta, debo aceptarlo, me cayó como un balde de agua fría. ¿A qué persona en el mundo le preguntan en una oficina de migraciones si ha leído a Gabo? Al principio creí que me estaba coqueteando y lo único que se le ocurrió al ver mi nacionalidad colombiana fue preguntarme por Márquez. Siempre pasa. Le contesté con insolencia que sí, pero que no me había gustado. Para mi sorpresa el tipo se acercó y dijo: “¡Cierto, yo creo que después de Cien Años de Soledad, el viejo ya no debió escribir más!

        Ante esta expresión cultural, impregnada de una humanidad que no parece existir en los agentes de las fronteras ni en los retenes ni en los peajes ni en los requisadores de los centros comerciales, me quedé de una pieza, no sabía que hacer; tenía una fila enorme y nerviosa detrás mío, pero en frente tenía a un desubicado hombre de migraciones que decidía el futuro de mi viaje. Sin pensar más y dejándome de inhibiciones, le dije que no era para tanto, que debió parar después del Otoño del Patriarca. El me respondió meneando la cabeza: “De pronto, pero lo que a mi más me gusta de García Márquez, ahora que recuerdo, son los Doce Cuentos Peregrinos”.

                   No quería ser grosera con el primer representante de un país, que realmente quería conocer, así que seguí la conversación, comentándole la denuncia que el taller literario mexicano dirigido por Gabo, le puso al escritor alegando que los textos de ese libro habían sido escritos por integrantes del taller. El hombre asombrado me dijo que eso él no lo sabía y que iba a estudiar mejor cada obra y autor que leyera, que esas cosas no podían pasar en vano.  

                  ¡Esto ya era demasiado para mi despreocupada cabeza; hasta me había dicho que iba a estudiar! La situación no podía ser más insólita, hasta que el hombre después de una corta reflexión se regó a hablarme de Gabriela Mistral, de Neruda, Borges, Cortázar, James Joyce, del Ulises. Cuando llegó al Ulises se quedó pensando y notablemente interesado en mi respuesta preguntó: “¿Qué piensa usted del crítico Bloom?”. Yo no sabía absolutamente nada del critico Bloom, solo que tenía el mismo apellido que personajes del Ulises. Le contesté que no pensaba nada, porque no sabía nada. El hombre se disgustó notoriamente y me exhorto a leerlo. Yo pensé en defenderme y decirle que la crítica no me interesaba y que prefería sacar mis propias conclusiones y hasta pensé en citar a George Steiner que aunque es un crítico, tiene unas posiciones interesantes al respecto. No dije nada.

                 Cuando el hombre volvió a abrir el pasaporte, la gente empezó a desesperarse: chiflaban, carraspeaban con la garganta, hacían sonar sus llaves, hasta que un arriesgado alzó la voz, diciendo cosas que no puedo transcribir, y no por qué sean indecorosas o de mal gusto, es que no entendí una sola palabra. Sé que era español, pero, no sé español chileno, solo entendí que cada oración la terminaba en “po”.Tampoco entendí absolutamente nada de lo que le respondió el ilustrado hombre de migraciones, solo entendía que cada oración la terminaba con “¿cachai?” Bueno, no sé si ayuden a esclarecer en algo el enfrentamiento, estas dos palabras, únicas sobrevivientes de un mar de insultos en un idioma romance, al parecer.

                 La gente de la fila había crecido notablemente y el hombre no dejaba de sorprenderme, después de verlo tan eufórico y mal humorado se me hizo increíble que se sentara tranquilamente y me mirara con cara de “sigamos en los que íbamos”. Ya le iba a decir que tenía prisa y que la gente detrás mío también, pero como si le hubiera pasado por el cuerpo un corrientazo me preguntó: “¿Ha leído a Roberto Bolaño?”. Le respondí con vergüenza la verdad, pues hasta ahora íbamos 1-0 por lo de Bloom; le dije que no, mientras pensaba en el escritor chileno y en su casi homónimo mexicano “el Chavo del 8”.

                El hombre ahora más enérgico, levantó el sello que tatuaba mi pasaporte y me reconocía como una extranjera legal en Chile y en un desorden de hojas marcadas por diferentes países, lo plasmó en mi pasaporte. Me lo entregó diciéndome con una gran sonrisa: “Buen viaje, y que la traten muy bien en mi país”. Me fijé rápidamente en el sello y vi que me había dado una permanencia inusualmente larga. Le dije al hombre que yo sólo necesitaba un mes; él, con otra sonrisa aún más grande me dijo: “Un mes es muy poco para leer a Bolaño, tómese su tiempo”. Le sonreí, le di las gracias y me fui a conocer esa tierra adolorida, de la que hablaban Victor Jara, Violeta Parra y todos los trovadores, pensando que ese era el mejor trabajador que yo había visto.       

                Hoy, cuatro años después, he vuelto y en migraciones he preguntado por el hombre. Me han dicho que lo despidieron por hacer cada vez más lento su trabajo sin ninguna explicación. Yo me quedé helada y de las manos se me cayó Los Detectives Salvajes de Bolaño. Di media vuelta y vi enfrente mío, cantidades de hombres y mujeres con la mirada gacha y con un libro de Bolaño en las manos.

Ni siquiera fui capaz de jurar que lo mataría

Derly Sánchez

  1963

             Cumplí mis 19 años con las expectativas de una sirvienta enamorada. Ese día me levanté más temprano que de costumbre y abrí la cajita envuelta en papel rosa que traía una nota de su puño y letra: “Te amo”.

           

            Llegué a casa del Señor cuatro meses después de que murió mi abuela. Luego que la enterramos subí a un camión que me trajo gratis y vine a dar a esta ciudad. Estuve aguantando el hambre y las mojadas durante semanas. Mi primer trabajo fue la mendicidad. Una noche de invierno creí que me iba a morir cuando comencé a ver todo amarillo.

 

Esa mañana de sábado mientras robaba comida en un super me agarraron. Ahí apareció él y sin conocerme me defendió, pagó todo lo que había metido debajo de la chaqueta y me invitó a comer algo. Yo no paraba de hablar, él sonreía.

- No es que tenga hambre, el hambre me tiene a mí.

- ¿Dónde vives?

- En cualquier parte, de donde no me echen, donde no se entre el agua, donde no jodan los perros, en cualquier parte.

- ¿Por qué esa vida?

- No la escogí yo…

- Entonces…

- … aguanto hambre, pido, robo, porque no puedo dejarme morir, no debo…

- ¿Cómo te llamas?

-  ¡Maria Inés!

- ¿Quieres venir conmigo? 

               Y me fui con ese Señor, hasta hoy, cuando su mujer está ordenando todos los arreglos de la casa, para un homenaje a él, que le rinde la logia de abogados. Es algo importante. Se veían todos tan elegantes, como con vestidos antiguos. Sentí ganas de tirarles la bandeja encima y correr a buscarlo para salir a bailar. El salón era grande, todos habían llegado sin mujeres, veinte o más. La iluminación salía de una vieja araña de techo, una luz opaca central sin ninguna belleza.

              El subió a la tarima que estaba en el rincón, la aclamación, unas palabras, lluvia de aplausos. Al comienzo habló de ella, dijo que le debía todo en su carrera, que era lo más importante en su vida, que aunque no habían tenido familia habían vivido felizmente casados durante veinte años.

           Me tenía que dar mucha rabia, porque no me nombró a mí en el discurso. Me había dicho que jamás le había dado hijos, que era una mujer fría y egoísta, que ya no la quería, que lo más importante en su vida era yo. Una semana después de que llegué a su casa, una noche mientras la mujer dormía, entró a mi habitación y me hizo su amante. Por eso quería que me mencionara en el discurso.

                  Le administra droga para que duerma, se la echa en el agua de caléndula que debo llevarle siempre antes de dormir. Me enseñó a hacerlo, de modo que cuando se la llevo ya va cargada, para que tenga buenos sueños. Apenas se dormía, iba a mi habitación a fornicarme hasta donde pudiera. A la madrugada se retira como un perro triste, y va a hacerse a su lado en la habitación de la segunda planta.

            La noche del homenaje la reunión duró hasta la madrugada. Ella subió borracha ayudada por él hasta la habitación, la desvistió y la metió en la cama. Luego bajó a buscarme en la habitación. Yo había echado seguro a la puerta.

- Tenemos que hablar- me dijo desde afuera.

- Tengo es que morirme, sos un egoísta y un mentiroso de mierda..          

 - ¿Te gustó el regalo?

No le contesté y siguió

-No te enojes conmigo, a la logia de abogados no le puedo decir que lo más importante eres tú.

-Es lo mismo que siempre dice.

- … un día cuando me separe de ella, tú y yo iremos a vivir a un departamento lujoso como a ti te guste. Tendrás el 

refrigerador lleno, el closet con ropa linda y todo lo que tú quieras. Entiéndeme Inés…

- ¿Y cómo cuando va a ser eso Señor?

- Pronto, muy pronto chiquilla.

El sabía que terminaría abriéndole, entonces entró y me tomó casi a la fuerza y abusó de mí con todo mi consentimiento. Creí que el homenaje lo había excitado mucho, pero cuando le pregunté dijo que tomaba unas pastillas para poder responderme. Lo hacía después de terminada la cena a eso de las ocho. Yo les llevaba la comida cundo se encontraban sentados uno junto al otro en un comedor triste de doce puestos. No sé para qué doce puestos.  Ya no hablaban de nada, creo que se lo habían dicho todo.

           

                  Voy a cumplir un año al lado del Señor. Ella me dice la criada, me desprecia, nunca le he gustado. He hecho todo lo que me han pedido y he querido hacerlo bien. Tengo una buena habitación, como a horas y abundantemente, me pagan un salario bueno, mejor que el de muchas otras que trabajan en esto, no hay niños, ni perros. La comida la hace una cocinera externa que viene todos los días, yo no tengo sino que servir y encargarme del resto. Arreglo la cama, arreglo su ropa, limpio sus zapatos. Debo barrer todos los días. Pero lo más importante es que me he enamorado hasta el dobladillo, veo por los ojos de ese hombre, lo adoro, sueño con él, me despierto pensando en él, lo tengo en la cabeza todo el día, y todas las noches lo esperó entre la diez y las once. Duermo muy poco, todas las noches me visita y ha hecho que yo aprenda todo lo que una mujer debe saber acerca de cómo estar con un hombre en la cama. El tiene un almanaque donde marca los días del período, lleva las cuentas, los días en que puedo quedar, entonces lo hacemos por detrás con un poco de margarina derretida.

                           Observó mi cuello, vio la cadenita, intenté quitármela, pero me frenó. De nuevo sentí su perfume, el mismo que en la mañana percibí mientras lavaba su camisa. Era todo para mí, con su mujer hacía casi cinco años que no hacían nada, eso me había dicho, aunque vaya a saber, porque por más bueno que haya sido también será capaz de mentir. Retrocedí, pero la mesa me detuvo en seco. Me agarró del cuello, lo chupó como un ternero, me metió la mano, no quise resistirme, estábamos en el cuarto de ropas pero lo deseaba, lo amaba, lo anhelaba con todas mis fuerzas, quería que me amara todos los días, incluso hoy, a estas horas en el cuarto de ropas mientras ella habla por teléfono.

                        El Señor tenía un amigo, muy cercano de ellos, Matías que venía a la casa con alguna frecuencia. Una tarde mientras ellos hablaban en el salón donde él guarda sus libros los escuché.         

   -    ¿A qué se debe tanta alegría?

  -         Creo que me he vuelto a enamorar, y eso me hace feliz ¿lo comprendes?

 -         Detalles, todos los detalles, sin omitir nada.

-         Tiene 19 añitos, es el del campo, aprende con facilidad.

-         ¿Otra vez con la sirvienta? dijo Matías

-         No, no le digas así, ella es una niña, es inocente y al mismo tiempo perversa, no sé en el fondo quién sea.

-         ¿Cómo la encontraste?

-         Robando en el supermercado.

-         Y entonces usaste el viejo truco: no se preocupe yo cubro el monto.

-         No, no fue un truco, quería ayudarla, estaba tan hambreada, vivía en la calle cuando la encontré. Mi domingo libre.

Primero me llevó a almorzar, luego a cine y por último a un amoblado en la calle trece con séptima, un lugar de vendedores, muy concurrido. El portero del lugar nos miró con extrañeza, de hecho, aún siendo apenas un cuarentón podía ser mi papá. Me pidieron papeles en la recepción. A mí no me importó.  Adentro, todo era como feo, nuevo para mí. Me impresionó la cantidad de espejos, un tapete rojo raído, un olor a desinfectante y un mueble rojo en forma de corazón que había en el centro de la recepción.  En el corredor nos encontramos dos parejas que salían de las habitaciones, ellos seguramente también tenían que esconderse. Adentro me tomó con suavidad y me besó un rato bien largo, me senté en la cama. El se quitó el saco negro, la corbata, se zafó los zapatos y los pantalones.          

 -      Quiero que hoy sea especial, dijo.

-            ¿Cómo especial?

-          Algo raro

-         No entiendo

-         Quiero que juguemos

-         ¿A qué?

-         Juguemos a que eres una puta.

             Se levantó y me desvistió con afán, me tiró a la cama, me tomó entre sus brazos y me volvió besar. Cuerpo a cuerpo, susurrando sentimientos, me dijo las más bellas porquerías que haya escuchado.

           

            Después de que lo hicimos dos veces, él pensando que yo era una puta, a la que podía decirle las porquerías que se le dicen a una perra cualquiera que ha encontrado en la calle, le dije: tengo un atraso, quince días.

         Eso fue todo en el amoblado, se paró de la cama dijo que teníamos que salir.  Le pedí que viviéramos juntos. Mientras regresábamos no quiso hablar. Me abandono en un cruce, dejó un dinero para el transporte y pidió que me fuera sola para la casa. Durante tres noches seguidas no fue a visitarme a la habitación. Alcancé a ser víctima de los peores presagios, un embarazo podía ser suficiente para que el Señor no quisiera saber nada de mí, y eso me hacía miserablemente desgraciada.

        

          Al desayuno dijo que me esperaba en un lugar acordado, me tenía buenas noticias, parecía estar alegre. Me besó y dijo que me amaba. Te espero a las cinco. Me puse el vestido que él mismo me había comprado y le dije a la Señora que iba a visitar a mi familia. Quince centímetros arriba de la rodilla, mangas cortas y cuello en V. Me agarré el cabello con los palillos de moda y me eché el perfume que también me había traído, entaconada y feliz salí por la puerta trasera.             Estaba esperándome.

    -   ¿A dónde vamos? pregunté.

         - Voy a llevarte a una clínica para que el doctor te revise y nos diga cómo está nuestro bebé.

Creo que ha sido el momento más intenso de mi vida. Me abracé a él para besarlo, nos perdimos en un beso largo donde las lenguas se encontraron.     

               Una vez en la clínica me presentó con un doctor y una enfermera que me llevaron a la sala para hacer el examen. El olor a clínica me espantaba. Nos despedimos con otro beso, dijo que estaría pendiente de cualquier cosa y que esperaría sin moverse hasta que saliera. Le pedí que me acompañara, me da miedo entrar sola, le dije, pero dijo que no estaba permitido.

           Me hicieron abrir de piernas y acostarme en una cama de esas, el médico metió algo, hurgó a gusto, le pidió algo a la enfermera, se demoró unos instantes y luego ordenó que me vistiera.

-         Señorita usted no está embarazada.

-         Claro que no estoy embarazada

-         ¿Entonces a qué ha venido?

-         El me ha traído…

-         … la trajo para un aborto, pagó todo y dejó este sobre para usted.

 Tomé el sobre, lo abrí, había una nota y unos billetes. Salí del cuarto tan pronto pude, en el pasillo lo busqué, no lo vi por ninguna parte, grité y luego corrí hasta conseguir la salida, pero el carro del Señor ya no estaba.

           

                Tardé en despabilarme. Me quedé aterida en un lugar desconocido. Hacía frío, iba a oscurecer, los autos habían comenzado a prender sus luces.  El viento cortaba las carnes. Un pájaro obsceno surcó el aire. Los transeúntes de las seis y media de la tarde caminaban con prisa sin mirar a nadie. Los oficinistas abandonaban en grupos los edificios. Había quedado sin saber qué hacer ni a dónde ir con la minifalda roja en una esquina. Ni siquiera fui capaz de jurar que lo mataría. .                      


 

La caja musical

David Vásquez Hurtado  

               La calle está grabada como un tatuaje en el aterrador rostro de Angus Soleki. En sus ojos abisales se cocina Praga, se asesina el instante.  El mudo puñal que lo precede es una frase herida en el estómago, un silencio que se escribe con sangre.  A esta hora el asesino descansa mientras Praga se condena. El puñal sobre la cama es sólo eso...  no hay respuesta.  La golfa que lo acompaña esta noche es una suerte de niebla ensortijada, una caja musical con su bailarina rota. Cuando ella era niña vivía en una casa a las afueras de Praga, eso fue hace mucho tiempo. Ahora cepilla su cabello frente al espejo y escucha la evocadora melodía, devora sus entrañas. 

            Hay una pregunta que ronda  por la habitación, la hizo Angus. La repuesta, que no se dijo, es una profusa hemorragia, un silencio incómodo entre dos demonios.  Hace un rato, cuando la golfa se sentó en el tocador, abrió la caja musical y vió el reflejo de Angus en el espejo —claroscuro— algo sucedió en el preciso instante en que se vieron a los ojos. Angus se  viste para marcharse, la golfa sabe  que las monedas que están sobre la mesa no son para pagarle por el rato de placer, son para no verla nunca más.  

            En Praga hay una calle en especial, es donde Angus Soleki espera a su enemigo de turno, escoge al azar.  Esa calle ahora está sola, amanece y el asesino asecha su hastío, lo persigue con una sopa fría hasta la cama, lo devora sin compasión.   La golfa que está con Angus se llama Sabina. En la tarde ella duerme y su cuerpo mancillado es como el de una fiera saciada.  Las otras golfas respiran, no más, o hablan de cualquier cosa, ríen sin piedad.  La risa de las golfas es inconfundible, es seca y sin sosiego como la muerte.   En la noche la caja musical suena de nuevo su canción, la bailarina rota se mueve sin parar. Sabina se apresta a destrozar otra esperanza y la antigua melodía martilla en su cabeza como una pregunta sin respuesta. Anoche el asesino le secó una lágrima con su puñal, le cortó el rostro un poco y le susurró al oído una maldición que ahora no recuerda. Ella está un poco muerta, por eso le es tan fácil olvidar.  La madrugada llega con un grito de muerte. El asesino: Angus Soleki.  La sangre, el azul de la bruma, Praga, Sabina, la niña que sonreía a deshoras. Como gritar esa respuesta que se quedó clavada en el instante, igual que una puñalada.  

           Atrás las voces de la ciudad que se condena,  la muerte que toma su presente y se marcha sin más. En la calle el humo se mezcla con la sangre como una canción a dos voces y en el bar el vino se derrama por la boca de  Sabina,  La risa se ahoga en sus labios.  Cuando Angus vuelve al bar es casi el amanecer. Hay unos hombres que se pierden entre el humo, Angus es uno de ellos. Se sienta en una mesa, pide un trago y mira a Sabina, ella también busca su mirada  —claroscuro— el espejo, el cuchillo, la pregunta. El puñal sobre la mesa es sólo eso... no hay repuesta. Al poco tiempo ella se acerca, realiza su acto, finge una sonrisa.   Angus sólo espera, cuando la tiene cerca la toma por el brazo y la sienta frente a él, dos demonios a la mesa. Ahora el puñal sobre la tabla es el rostro de Sabina. La caja musical está muda, el asesino habla:

—¿Te acuerdas de anoche?La golfa ríe, bebe un trago con fuerza y golpea la copa contra la mesa.

—¿Te acuerdas de la lagrima que te corté con mi puñal?

El asesino toma con fuerza a Sabina mientras el vino se riega como un hilo de sangre por su cuello, ella ríe de nuevo y su risa seca es como la muerte.   Sabina se levanta de la mesa y Angus vuelve a tomarla del brazo, la trae con fuerza hasta pegar sus rostros.  

—¿Ya no lo recuerdas? anoche mientras danzaba la bailarina rota te pregunté: ¿Si duele tanto el olvido por qué lo guardas en esa caja?

No hay  respuesta, en el rostro de Sabina se dibuja una sonrisa de hielo de apenas un instante, suelta su brazo y se aleja con torpeza. La golfa mira al piso mientras se dirige hacia la barra donde hay otros hombres que la esperan, luego levanta su rostro con fuerza y ríe a carcajadas.