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Écheme el Cuento

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 Raudo y mortifer, Carlos sanchez nos trae la historia de un ejercito derrotado...

 Tenían poca idea a dónde ir, así que huían hacia cualquier lado, acosados por algo que ni podían ver ni sabían que era, pero que los perseguía. Corrían como ratas ante un fuego que, más que daño, producía un intenso dolor que se propagaba por todo su cuerpo y se apoderaba cada vez más de ellos a medida que pasaba el tiempo.

La oscuridad invadía el lugar y también sus almas, lo que hacía que el temor y la ansiedad aumentaran a medida que el tiempo pasaba. Estaban cansados y aterrorizados. A veces solo oían sus pisadas, otras ni sabían si eran las propias o las de sus perseguidores.

El pánico los llevó a una maraña de altos y extraños árboles, en donde se dieron cuenta que no había el menor atisbo de viento y se preguntaron si era día ó noche.

Uno de ellos se percató que a veces no veía a sus compañeros. Tal vez se trataba de neblina, penumbra del bosque, algún tipo de hechicería extraña que lo cegaba, o sus propios ojos cansados de buscar y mirar por doquier, habían preferido cegarse para descansar.

De repente un extraño grito, tal vez proveniente de uno de ellos, los sacó de cualquier cavilación y reanudaron la huida, desesperados corrían sin rumbo, sin ver más allá de un metro, estrellándose contra árboles y quién sabe contra qué otra cosa. El cansancio los vencía, sus mentes se embotaban y les jugaba malas pasadas. Desfallecían, pero seguían corriendo.

En medio de un pequeño claro el desespero los envolvió y sacaron las armas. Uno tomó, de la espalda de otro, un hacha de batalla que no era propia y sus brazos empezaron a atacar desbocados al viento. Provocados hasta estallar, habían perdido el control y trataban de destrozar lo que fuese. Así que los filos de las armas caían sobre el suelo, los árboles e incluso sobre ellos mismos.

En un atisbo de genialidad, autoridad o locura, uno dio la orden de seguir en marcha. Levantaron los heridos, a uno que había perdido el sentido, y se desangraba a borbotones, lo cargó el más fuerte. Reanudaron la carrera mientras intentaban no caer al suelo o a la locura total.

De repente se dieron de frente contra un inmenso muro de roca maciza que se perdía en la distancia, parecía que rodeaba completamente el bosque, como si de una suerte de laberinto maligno se tratase. Alguno dijo que deberían volver por donde entraron, pero nadie sabía como hacerlo. Incluso se preguntaron si alguna vez habían estado fuera de tal bosque.

También se dieron cuenta que los árboles se acababan repentinamente a varios metros del inmenso muro, como si ni siquiera las plantas desearan o pudieran tocar la imponente pared, sin embargo eso les permitió ver el sol que alegró e iluminó sus miserables y patéticas existencias por solo un instante y los llevó a través de las olas de los recuerdos a pasados distantes más tranquilos, o al menos más felices.

Alguno pensó en la maraña de libros que dejó sin leer. Otro recordó a su antigua pareja, muerta bajo sus propias manos. Uno mas pensó en su abuela dilapidada hace tanto. Otro evocó las múltiples batallas perdidas por su culpa. Mientras, el más fuerte, volvió a verse sobre la última pila de muertos cercenados a golpes de su portentosa arma, pero todos también recordaron que intentaban huir. Pretendieron escalar el muro, pero resultó demasiado alto, demasiado liso, demasiado viejo, demasiado en todo sentido. Además, con varios heridos y uno de ellos desmayado era imposible de escalar, tampoco la magia funcionaba, ni los pergaminos, conjuros o invocaciones, así que estaban abandonados al otro lado del muro, sin saber si atravesándolo iban a encontrar la serenidad anhelada o simplemente la muerte.

Estaban desahuciados así que pusieron sus propios cuerpos como escudos para defender a los heridos, pero lo único que les dio alcance fueron sus sombras.

Así que esperaron, pero nada sucedió, siguieron aguardando hasta que se levantaron algunas hojas y en medio de un grito de furia atacaron.

Cuando uno de ellos se dio cuenta de semejante idiotez no pudo más que reír y los demás rieron con él, en medio de las risas se sintieron libres, pero mientras estas se apagaban, también lo hacían algunas vidas, pues uno de ellos vomitó sangre y luego no pudo evitarlo a pesar que se tapaba fuertemente la boca con ambas manos; siguió vomitando hasta que todos sus nueve litros de sangre inundaron los linderos del bosque.

Una sombra de duda atravesó los ojos de todos y antes de comprender que sucedía una inmensa silueta, mucho más grande que la de un elefante gigante, salió de la nada y aplastó sin miramientos al desmayado. Del aventurero más inteligente solo quedaron sus ropas dibujadas en el ensangrentado suelo del bosque.

Mientras la silueta se desvanecía, el mas hábil de ellos fue invadido por el pánico y sin pensarlo lanzó su soga hasta lo alto del muro, pero esta no era lo suficientemente larga y cayó al piso, sin embargo por obra de alguna hechicería desconocida cobró vida envolviendo a su dueño tan fuerte que le sacó los ojos de las orbitas y las costillas se le clavaron en los pulmones.

Un rezo desesperado fueron las únicas palabras que salieron de la boca de uno de los últimos héroes en pie, y pareció ser escuchado, pues de repente su cuerpo entero fue envuelto en un haz de luz proveniente del mismísimo cielo, pero como si de una burla maligna se tratara, la luz se intensificó tanto que su armadura se derritió sobre su cuerpo cocinándolo mientras oraba.

Al ver que cada intento de escape era acompañado por un aventurero muerto, el más fuerte de todos se despojó lentamente de su armadura, lanzó por los aires su gran espada, extendió sus brazos y gritó tan fuerte su nombre que al otro lado del muro debió haber sido escuchado, y así esperó con orgullo su muerte.

Fue entonces que una multitud de sombras encorvadas y amorfas se lanzaron sin piedad sobre él, quien a golpes destrozó la mayoría de los ataques recibidos, sufriendo múltiples heridas, pues las sombras desgarraron buena parte de su cuerpo, sin embargo siguió en pie a pesar de estar totalmente exhausto y no ser mas que un guiñapo sanguinolento.

De repente una voz extraña, gutural y lejana dijo – el laberinto solo se abre ante el más apto, ahora está abierto para ti, puedes ir en paz.

Ante los ojos asombrados del último de los aventureros el muro de piedra se abrió y dejó ver una verde y calma planicie. Extenuado y algo atontado por el combate y la inmensa perdida de sangre, se encaminó torpemente hacia la abertura atravesándola triunfalmente, para encontrarse con la tranquilidad solo conocida por aquellos que culminan una ardua misión. Pero en medio del éxtasis producido por su buena fortuna no se percató del particular dolor que empezaba a recorrer su cuerpo y antes que pudiera explicarse que sucedía cayó muerto de un hachazo en la espalda sin alcanzar a estar al otro lado.

 Con miles de inmensas gracias al DM. Cesar V.  También a la memoria de los grandes laberintos.De los cuales el de Jim Henson es el mejor.

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