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Écheme el Cuento

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

Como Ulises Lima – el poeta mexicano de los Detectives salvajes – Mario Mendoza estuvo preso en Israel, en donde agarró un insomnio que todavía lo asara. Es un escritor del realismo degradado. (Auster más sucio). Todo el discurso de Mendoza es vehemente, lo que quiere decir: conmueve. Salpica – en dosis homeopáticas - su conversación con algunas invocaciones budistas, a la manera de Borges, sin poder ser fervoroso, pero con el respeto por el principio a la renunciación. No sé si crea en el alma humana, esa entelequia que el budismo rechaza. Con Buda Blues se aproxima al fin de su primer ciclo del nirvana: no pasado, no presente, no futuro.

Mendoza comenzó estudiando medicina. Desde luego fue un digno fracasado que se había envenenado con literatura. Leyó las biografías de Poe, y fue capaz de anudar anecdóticamente necrofilia y romanticismo, como quien hace bucles. Evoca el amor de Poe por Virginia, con quien se sepultó en vida hasta que de su cuerpo salieron gusanos. Y hace que su mano tiemble con vehemencia al proyectarse, imitando la mano de Poe aproximándose al cuerpo cataléptico de Virginia. El temblor de la mano de Mendoza es el temblor de un maldito. Y aún así, dice que el asunto comienza con el proyecto de los hombres del renacimiento: el programa moderno. Descree del “post modernismo”. Huele en el romanticismo el punto de giro del proyecto. El comienzo de la saturación final del sistema, el signo inicial, la primera convulsión. El mismo se contagió de un cierto malditismo que le enseñó a ver precisamente en la frontera entre el subsuelo y el suelo, entre lo claro y lo oscuro, entre lo callejero y lo subterráneo. La franja de donde saca los personajes que mete a sus novelas. En donde encontró a Campo Elías Delgado, ex boina verde y asesino serial del Pozzetto.

Hizo, con no sé qué paciencia, todo los estudios posibles de literatura, terminó en el Instituto Ortega y Gasset. Y luego incurrió en la docencia, como todos los que necesitamos un salario. Un día el escritor se le encabritó y lo obligó a tirar la academia. Renunció en un rapto casi histérico, al leer una frase encontrado en una gruta navaja: ¡lánzate: el suelo aparecerá!

Mendoza no habla mal de ninguno de los novelistas contemporáneos, ni corta cabezas a la manera de Alvarado, ni es capaz de hacer de la denigración una de las bellas artes, como Vallejo. Para él los escritores de su generación forman un equipo. Todos trabajan por la novela, todos resisten, todos trepan, descienden. ¿Cómo se podría denigrar de un resistente? ¿Cómo se podría juzgar a un coequipero?

Ha tenido el tiempo de leer todas las novelas del mundo y se ha impuesto la tarea de escribir tres páginas al día, que imprime al final de la jornada y lee en voz alta a la manera del Gabo, para escuchar su ritmo. Mendoza solfea con las oraciones, divide el párrafo en compaces. Hace escaletas para las novelas. Y trabaja en overol. Es un trabajador de la escritura, que cumple su tarea diaria, para ganarse la vida. Y se la gana resistiendo. Por que para él, escribir es resistir, el acto por el cual la potencia erótica se contrapone al gran mal. Y si hay un escritor del mal en Colombia, que escribe sabiendo de qué habla, es Mendoza.

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