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Écheme el Cuento

SAN ATONIO ATADO

SAN ATONIO ATADO

Estremecedor relato de la silenciosa Marta Rengifo 

Toño Matoño

mató a su mujer

con un cuchillito

más grande que él.  

Sacó las tripitas

las llevó a vender

y con esa platica

compró otra mujer

(rima popular) 

A Tomás Rengifo, mi papá.

 Es un sueño  se dijo mirando que caminaba sobre la gravilla con los pies descalzos, además llevaba un pantalón por encima de los tobillos y una camiseta muy apretada. Se encogió de hombros y cruzó los brazos pues caminaba hacia su casa y debía hacer frío aunque no sentía nada.

Volvió a mirar los dedos de sus pies: largos y nudosos. Es un sueño se dijo nuevamente -la primera vez que volví a mi casa me levanté descalzo, fui a ordeñar, tomé un vaso de leche lleno de espuma y casi muero.

Al recordar el dolor en los pies y la diarrea llegó a la conclusión que en la ciudad siempre sería un campesino y en el campo un advenedizo. Siguió observando, se veían las casitas una aquí, una allá, y podía nombrarlas si fuera un sueño se dijo no estaría cada una en el lugar exacto pero allí estaban la de don Marcos, la de la tía, la de la Concia  Pero… ¿y la gente? Cuando se dio cuenta nadie se cruzaba con él, buscó animales,  se los robarían pensó.

En vano trató de ubicar el sol para saber si estaba anocheciendo o amaneciendo; la niebla estaba detenida, todo, hasta los diferentes tonos del verde de los cultivos parecían grises. Es un sueño, parece que camino al pie de una foto.

Luego vio la casa y sintió un gran alivio, allí estaba: de un piso, más larga que ancha, paredes de adobe blanqueadas con cal, las columnas de madera pintadas de verde y las tejas entre el rojo y el café. Estaba cerrada. Es de noche  se dijo.

Se dirigía a la primera puerta cuando miró hacia arriba: sobre la casa se extendía un largo arco iris de colores muy fuertes ¿Qué es esto? se preguntó y le dio mucha risa, los arco iris reales no son así. Sólo le falta la cara del sol sonriente  en el centro para que quedar igualito al de la cartilla de la escuela.

Luego un temor infantil lo hizo protegerse bajo el alero de la casa, se sentó rápido, metió la cabeza entre las piernas y se la cubrió con los brazos, después de un rato se incorporó; de niño, cuando su madre todavía lo llevaba en sus espaldas, ella lo había protegido del Cuiche[1]: lo cubría con su chalina mientras buscaba un lugar cubierto; un poco mayor, él, sus primos y hermanos corrían a resguardarse apenas aparecía uno.

Aparentando valentía volvió a mirarlo: parecía hecho de papel o lata, tuvo el impulso repentino de tocarlo, de caminar hasta donde comenzara y averiguar de qué estaba hecho, no se dijo en este sueño voy a mi casa y regresó.

Mientras tocaba sin producir ningún sonido, se desesperó. Ese enorme Cuiche tan coloreado afuera y él sin poder entrar. Cuando había visto uno por primera vez se enfermó, aunque los demás insistieron en que se entrara a la casa él se había quedado mirándolo con la boca abierta y por eso había estado malo por varios días.

El Cuiche es bravo y hace enfermar a los niños, pero para él, además, era una señal de mala suerte, ya en la ciudad, donde el Cuiche era el sol entre las gotas de lluvia, cada vez que lo había visto había sido una premonición: una vez fue la muerte de su mamá señora, Eufracia; luego, cuando lo echaron del trabajo; y la peor de todas: Dos arco iris cruzando el cielo y el tío Demetrio con su familia quedaron sepultados bajo un barranco.Esas malas noticias se habían demorado en llegar, pero el miedo, había llegado antes.Estaba adentro. En el gran salón hizo mucho esfuerzo para acostumbrarse a la oscuridad, poco a poco fue distinguiendo la hilera de camas y esteras, y sobre ellas varios bultos, los de la derecha eran mujeres, podía adivinar donde estaban la Churosa, la Chanata, la Elita, y resaltaba el cuerpo largo y fuerte de su madre. A la izquierda estaban los hombres: el Segundo, el Jamesito, el Robinson,  el José… y claro… su padre, bajo y robusto.

Por fin sentía algo, ese olor propio de su casa mezcla de humedad, moho, mugre y humo de eucalipto olor a indio pensó.

Parado al lado de su padre le llegó el mejor recuerdo que tenía de él: siempre había creído que a él no le importaba, tampoco había considerado esa posibilidad, a él le parecía que un papá estaba para dar órdenes y él existía para obedecerlas así era el mundo y él no lo habría podido imaginar de otra forma.

Por eso se asombró el día en que su padre, a medianoche, bajo la lluvia había ido a traer la médica, ella se negaba a salir por eso de la artritis y ese frío horroroso de una noche lluviosa, su padre la había amenazado, muchos años después él había intentado imaginarse aquella amenaza y seguía sin poder concebirla, su padre le daba órdenes, pero era incapaz de dárselas a los demás, con el tiempo, la médica le había vuelto hablar y ella solía contar la ocasión muerta de la risa. Ese recuerdo le provocaba mucha ternura, sentía que se le encogía el corazón cuando lo revivía.Su padre y la médica habían llegado empapados. Fueron recibidos con diligencia y tazones de humeante café con aguardiente. Él quiso prometer curarse solo para evitar tanta molestia sin embargo apenas pudo mover la lengua. 

La médica era vieja, sus dedos eran largos y más arrugados que toda ella,  curó los latigazos viejos con tabaco mascado y los tres más recientes con alcanfor, alcohol y linaza; le dio de beber algo amargo, parecía vómito, luego le puso trapos sucios en la cabeza hasta que bajó la fiebre.

Había sido su culpa. El día anterior había llegado de la escuela con tres rayas negras en la mano por no hacer la tarea. Estaban en cosecha, pero la maestra no preguntó sólo tomó la regla, le hizo estirar la mano y ya.

Al volver de la escuela su padre le vio la mano amoratada y sin mediar palabra tomó el látigo y le dio hasta que se cansó tanto que su voz se convirtió en un susurro: ¡caaajo!, ¡indino! le había gritado. Fue una noche de fiebre, al amanecer, su madre le había dicho a su papá Está malo y él había contestado: La pereza, es la maldinga pereza luego tomó otra vez el látigo y le dio tres golpes con el cabo, él apenas se movió. Su hermana menor se quedó cuidándolo. Esa noche, después que vinieron a verlo, hablaron en voz baja, después oyó la voz resuelta de su madre: No podemos llevarlo así. Hay que traer la médica.

Se estremeció con el recuerdo y cruzó el salón para sentarse en el minúsculo espacio que dejaba su madre, por fortuna ella siguió durmiendo sin notarlo. Empezó a imaginarse que ella despertaba, le parecía verla, se levantaría aprisa, atraparía una gallina, la pondría a cocinar con arracacha, habas, arvejas, papa, batata; si encontraba uno, le echaría un plátano y seguro que mientras cocinaba lloraría y lo regañaría, le reclamaría el no haber escrito, no haber llevado nada, (¿y el escapulario que me tiene prometido?) y él se quedaría callado, ella le prestaría una ruana y trataría de averiguar por qué iba así vestido y él no diría nada porque no sabría explicarle cómo hizo para llegar hasta allá, y cuándo se puso esa ropa que no era suya.

Sintió ahogarse con ese aire tan espeso y deseó salir. La oscuridad lo envolvió otra vez, estaba atrás de su casa vio el horno de barro y un gato le silbó con furia, sssh le dijo, y el gato desapareció. Buscó con desesperación el paisaje tan conocido, las montañas se sucedían una tras otra, se amontonaban, el mundo parecía estar conformado sólo de ellas. Ese era el lugar donde había nacido.

Aguzó el oído para escuchar cualquiera de los muchos sonidos de la noche campesina, había un silencio sepulcral. Mamajuana también está dormido pensó. De Inmediato se arrepintió de pensar eso: los montes no duermen trató de convencerse, sin lograrlo, se le ocurrió también que el Mamajuana era tan bravo que tal vez él mismo había enviado ese cuiche.

Como hombre de ciudad que era ahora empezó a adoctrinarse para dejar a un lado el temor que sentía: el  Mamajuana debe ser un volcán inactivo, por eso brama de vez en cuando, y hoy no. Le gustó lo que había pensado, era una frase larga, bien construida, elegante y la repitió varias veces para creerla.

Decidió entrar para esperar el amanecer. Deambuló por bultos de trigo y herramientas; en la cocina caminó con cuidado entre los cuyes, esquivando los quesos colgados en ganchos; hasta que se encontró frente a frente con San Antonio, más grande que cualquiera de los santos del nicho. 

Lo miró detenidamente y durante mucho tiempo. Era un lugar prohibido, disfrutó el placer de la desobediencia, no tuvo que arrodillarse y cerrar los ojos, Observó cada santo a su gusto. Se acordó de nuevo de la primera vez que volvió a casa cuando a hurtadillas había llegado hasta San Antonio y lo había desatado con cuidado sabía que su madre lo había amarrado con una de sus prendas, si no hubiera sido así, no se habría sentido desesperado por volver; por eso,  antes de regresar a la ciudad había recogido sus pertenencias, de esa manera, ya nadie  tendría poder sobre él.

¿Por quién estará amarrado ahora?  Se preguntó. Vio algo que sobresalía de la base del santo, miró bien y ahí estaba su fotografía, recordó la ocasión, el momento en que se abrazaron y sonrieron;  ¿y los demás?  Su perfil había sido recortado con mucho cuidado. ¡Mamá, dañaste la foto! Quiso gritar y se tapó la boca. San Antonio estaba bien atado con una piola. ¡Pobre! Se dijo.

Vano fue todo intento de soltar a San Antonio. Algo malo le sucedía a sus manos, pues resbalaban de continuo. Levantó su derecha a la altura de la cara y pudo ver La Dolorosa a través de ella. Se dirigió hasta el lugar donde dormía su madre.

Mamá, desate a San Antonio —le dijo- Ya no voy a volver. Estoy muerto.



[1] Cuiche o Cuichi, palabra quechua que designa el arco iris, una entidad malhumorada.

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