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Écheme el Cuento

El abrazo de Gabriel

El abrazo de Gabriel

Alberto Rodríguez  

 Mahoma dictó de memoria el Corán a los escribas sin haber tenido la gracia prima de la lectura y la escritura. Un año estuvo haciéndolo para que con la paciencia caligráfica de derecha a izquierda, ellos lo vertieran en suras. Engoladas fuentes manuales de escritura se inscribieron sobre la seca superficie de los pergaminos de chivo.     A medida que dictaba, Mahoma fue sintiendo como si la Palabra siempre hubiera estado en él, la palabra leída por Gabriel, seis cientos años más viejo. Pero cuando Mahoma dictaba pensó en el libro único, no le hubiera pasado por la cabeza la funesta idea de la imprenta, por cuya gracia la Palabra terminó en las tipografías, donde hombres de manos entintadas habrían de manosearla.  

 

 A los 25 años, en el año 596 de la era de Cristo, el joven Muhammad entró al servicio de una rica viuda dueña de una flota de camellos llamada Jadidja. Muhammad camellero, analfabeta y árabe, trabajó para ella durante catorce años, hasta que la hizo su esposa, durante una espléndida boda en la que se sacrificaron dos camellos.

 

   Muhammad tiene cuarenta años, sigue sin saber leer y en su cuerpo y su alma siente una presencia extraña que lo llama. Creyó haber enloquecido, tuvo confusas visiones, una garganta profunda lo clamaba, sus sueños humildes se agitaron como si tuvieran lugar donde se encuentran dos océanos.  Soñaba con un ser tan grande como la distancia que hay entre el cielo y la tierra, sentía al despertar una desconocida y pesada ansiedad que no atinaba a nombrar. No sabía si todo era obra de un maligno afreet que se había colado por entre el resquicio de sus sueños, para hacerlo víctima de un encantamiento fatal, como aquel que un milenio después habría de marcar para Don Quijote el origen de su tragedia. 

 

  Una mañana Mahoma se levantó como Gregorio Samsa, convertido en otro, tras haber sido agitado durante la noche por una oleada de sueños azabaches de arena. Muhammad despertó asustado, pero a diferencia de Gregorio, no se preocupó por no poder asistir al trabajo. No pudo dar cuenta a su amada Jadidja de la turbamulta de sentimientos que se le agitaban adentro y que como repentinas hemorragias le salen del cuerpo. Le pidió que lo dejara ir, tenía que marchar al desierto.   

Sin saber cómo Mahoma fue conducido por una fuerza que lo llevó después de tres jornadas a pie hasta monte Hirá. Trepó hasta la boca de una gruta entallada en basalto donde se detuvo. Era el mes del Ramadán del año 612. Sigilosamente, como un gato en territorio ajeno, fue caminando hasta llegar al fondo donde habitaba la oscuridad total del mundo, el corazón de las tinieblas.   Mahoma entonces vio hacerse la luz, asistió a un primer milagro, el de la luz para leer. Vio en medio de un poderoso resplandor y en toda su humilde grandeza al ángel Gabriel, el mismo que seis cientos años antes se presentó ante una mujer en Galilea para decirle que pariría un hijo de Dios.

  Gabriel traía un atril de madera labrada entre sus manos en donde se sostenía el Libro, cubierto por un lienzo. Retiró el velo y dejó la página expuesta.

- Lee, dijo Gabriel.

- No sé leer, respondió Mahoma.

- “Lee en el nombre de tu Señor que ha hecho al hombre de un coagulo de sangre” volvió a decir Gabriel.

  Ella no había tenido tratos carnales y él no sabía leer. Por lo que durante una única y prolongada jornada en la que el ángel atrajo a Mahoma a su lado bajo la luz perfecta de leer, le mostró con el dedo el orden en que pronunciaba en voz alta las palabras caligrafiadas por quien tomó el dictado. Mahoma vio a y escuchó el río de la Palabra, en el que a diferencia del de Heráclito, los creyentes siempre se bañan en el mismo. Gabriel leyó el códice de un tirón, sin haber cometido un sólo error. Mahoma sintió que terminada la lectura había sido transformado, iluminado en su entendimiento, ilustrado por la fuerza del sentido. Su corazón, víctima solitaria de incertidumbres, se tranquilizó bajo el efecto del aura eterna de la Palabra escrita.

   A un hombre que creía estar volviéndose loco, la lectura lo devolvió a la luz, lo sacó de las tinieblas. Moisés no vio a su Señor, escuchó leer en altísima voz sobrenatural los mandamientos, diez únicos, escritos sobre piedra. Mahoma, seguramente por la época, ya no tuvo la suerte de escuchar de viva voz al Señor. Para inscribir el Corán en piedra se necesitaría de la superficie de la pirámide de Keops.   El Señor envió con Gabriel una primera y única versión del Libro que además no dejaría a los hombres. Para qué haberle dejado el libro a Mahoma si no sabía leer.

Fue necesario que Mahoma hubiera sido leído por el ángel de Al Lah - el único – que envió precisamente el Libro a un hombre que no sabía leer, con un ángel alfabetizado, cuya verdadera misión era leer sin dejar morir la Palabra. Y Gabriel, para que Mahoma no olvidara lo leído en tan larga jornada, cuando terminó, lo acercó a sí envolviéndolo en un abrazo que abarcó para siempre toda su simple humanidad.   

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1 comentario

Anónimo -

Son necesarias la alusiones a Kafka y al quijote?
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