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Écheme el Cuento

Sabia Figueroa

Sabia Figueroa

A Lizardo Carvajal: trovador

Alberto Rodríguez

Mi madre, Sabia Figueroa Rodríguez, ha desaparecido. Era dulce, servicial y tenía los dedos de las manos deformados por la artritis. Nadie en ninguna parte da razón de ella. Estaba por cumplir 72 años y nadie ha ofrecido una recompensa para quien informe de su paradero. Hablo en pasado porque no tengo ninguna certeza del presente. El día antes de partir la llamé para decirle que tardaría. Preguntó si me sentía bien. Le dije que sí. Pidió que llevara las medias de lana, porque Europa padecía una ola intensa de frío; el invierno más helado de los últimos treinta años, dijo la televisión española esta mañana.

Apenas llegué a Frankfurt la llamé para decirle que estaba bien y que el frío era aterrador, sentí más años en su voz, hablaba con un cansancio que ensombrecía la emoción de oírme. Preguntó si algún día regresaría. Le dije que sí. A este país, dijo, se lo llevó el diablo, no creo que tengas mucho a qué volver, todos disparan contra todos. ¿A qué te quedas entonces? ¿No te gustaría ver Italia? Ya no quiero viajar, no deseo moverme, con lo que he visto es suficiente.

Después llamé a Eleazar para pedirle que la cuidara, quiso restarle importancia a sus palabras pero no me ocultó el riesgo. Se toma demasiado en serio lo que ve por la televisión, dijo. Este es un país de facto es cierto y los que nos quedamos terminamos por aceptar la violencia, por eso no la podemos superar, es una tragedia y ella la percibe, está desconcertada, a su edad no pude entender que su país, en el que siempre ha vivido, haya terminado en esto. No le quiero quitar importancia viejo, no me creerías, pero igual no te preocupés, qué coños podés hacer desde Alemania, confia en mí, estaré pendiente.

Pensé, a pesar de su edad, en todo lo que puede pasarle, lo que puede pasarle a millones de personas en un país donde la violencia es un hecho como el verano, un país prehistórico donde a nadie se le garantiza el derecho a la vida. Una mierda de país, y si no lo es, entonces ignoro qué sea la mierda y qué sea el país.

Sabia Figueroa me había enseñado que el pecado más grande es olvidar. Y ella con esa memoria blindada contra el olvido se resistía con sus setenta y pico a cuestas a olvidar al responsable, a ese Estado manoseado por las distintas pandillas que se lo reparten democráticamente para saquear por turnos a la sociedad civil. Esos que ni siquiera violan el código penal para delinquir, los que nunca han sido llamados a juicio, y tal vez no lo serán.

Sabia Figueroa llenó el tazón del gato hasta el borde, cerró las ventanas del comedor que dan al patio, por si lloviera, sacó de la máquina de escribir la hoja y salió de su casa. Eran las ocho treinta de la mañana, iba de gabardina beige, gafas oscuras y pañoleta. Caminó dos cuadras hasta la fotocopiadora del centro comercial y pidió que le hicieran cien copias. Abordó un bus que la condujo hasta el centro, se bajó en la avenida 19 y caminó hasta el Palacio Presidencial. Se detuvo frente a las rejas de la plaza de armas custodiada por soldados de la guardia presidencial ataviados con cascos romanos.

Y así, sin muestra alguna de agitación fue entregando amablemente a todos quienes entraban y salían del Palacio, como si fueran claveles, las hojitas en las que escribió lo último que su memoria le dictó en cinco breves párrafos.

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