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Écheme el Cuento

Un día de trabajo

Un día de trabajo

Alberto Rodríguez

La mujer sale faltando un cuarto para las siete. Todos los días. Trabaja en una planta diseñadora de muebles en donde debe estar a las siete y treinta. El se levanta con ella. Mientras se baña le hace el desayuno, que casi nunca se sienta a engullir tranquilamente, va bebiendo a sorbos el café negro y el jugo de naranja mientras pica un sándwich. La acompaña hasta el Ford aparcado en la calle, la despide con un beso y aprovecha para sacar la basura. De regreso va a despertar a las niñas. Mientras se bañan les alista los uniformes del colegio. Mini - de cinco - y Liza - de siete - salen del baño, van a vestirse y cuando están listas, él va a peinarlas frente al espejo del baño.

Mientras lo hace comienza a contarles un cuento inventado. Van a desayunar, les tiene pancakes gordos que ha calentado en el micro ondas, algo de kumis, chocolate y un poco de fruta. Mientras comen les narra.

La historia comienza con un tipo al que un día se le olvida su nombre, no se sabe por qué. Y nadie le dice cómo se llama, como si a todos se les hubiera olvidado también. Así que para continuar les pide que pongan un nombre al personaje, es necesario para la historia. Ellas dijeron que se llamaba Pedrón, y así se quedó para el efecto. Un día Pedrón sale de su casa para el trabajo y encuentra que en el bus donde ha subido alguien ha dejado olvidado un paquete. Lo toma, desciende del bus, va a su trabajo  y allí lo abre, con la inmensa sorpresa de que envueltos entre periódicos hay una cantidad grande de dinero. ¿Qué hace Pedrón? les pregunta a ellas. Mini dice que se lo quede para él. Liza dice que si es mucha, algo les puede dar a otros.  No, eso no fue lo que hizo Pedrón dijo él sorprendiéndolas. Pedrón fue a la empresa de buses, apenas salió del trabajo, para averiguar si alguien había reclamado.

Terminan de desayunar, se lavan la boca y salen. Atraviesan el jardín donde él cultiva las semillas de flores que vienen en sobrecitos pequeños que venden en el supermercado. Mientras caminan las seis cuadras que los separan del Liceo él continua la historia. Pedrón se enteró que alguien había ido a reclamar un paquete olvidado y dejó un teléfono. Cuando llega a la casa llama, una señora contesta. El le solicita que identifique el contenido del paquete olvidado. Dijo que era un paquete con ropita usada de bebé que alguien le había regalado. Pedrón, con lástima, le dice que eso no es, pero que si pasa por su casa él le dará dinero para que compre ropa nueva de bebé. Ella se le agradeció como si  fuera un santo. Cuando llegan a la puerta del Liceo él les promete que por la tarde les terminará el cuento. Tú siempre haces lo mismo, dice Mini.

Regresó a la casa. Tendió las camas de las niñas, la de ellos, recogió la ropa sucia, la puso en la lavadora. Mientras la ropa se lavaba fue a afeitarse. Dejó las cosas listas de la cena. Fue a darse una ducha larga. Vistió un pantalón de mezclilla y una camiseta negra, luego fue a la cochera donde tenía su taller, buscó el morral, revisó que todo estuviera, echó algunas otras cosas y salió de la casa.

Caminó en dirección a la avenida, pasando por el parquecito de la 57 y fue, como un turista, hasta la esquina de la autopista. Mientras esperaba prendió un cigarrillo. Cinco minutos después un auto se detuvo. Trepó, el que conducía tomaba café en un baso de cartón. El tiró su morral atrás y echaron a andar en medio del tráfico apretado de las once y media de la mañana.

-          ¿Dónde están?

-          En un motel, a media ahora de aquí. Están hace un par de días.

-          ¿Tienen la llave?

-          Tenemos una copia.

-          ¿Quién es ella?

-          Una de sus amigas

-          ¿Trabaja para él?

-          No sabemos.

El prendió su segundo cigarrillo mientras avanzaban por la autopista sur hasta la calle 122. Ahí se detuvieron a comprar cervezas para los muchachos. Continuaron hasta llegar a una edificación discreta, rodeada de muros blancos, a la que ingresaron luego de pasar la portería. Fueron a parquear el auto, él se bajó con el morral. Uno de los hombres que estaban vigilando se acercó. Atravesaron el parqueadero y treparon por las escaleras al corredor del segundo piso hasta la habitación 275. El sacó del morral el arma cargada, de un dulce abrigo rojo extrajo un silenciador que enroscó a la boca de la pistola. Le entregó el morral al otro y le pidió que abriera. El tipo introdujo la llave, hizo un suave giro y empujó la puerta. Adentro no había nadie. La puerta del baño estaba cerrada, pero se alcanzaba a escuchar música.  Prendió otro cigarrillo y con la cautela de un gato prevenido abrió. Estaban en la tina. Ella acaballada sobre él en medio de un mar de espuma. Y antes de que el hombre pudiera hacer nada le puso con absoluta nitidez un tiro blindado en la frente. Luego fue por ella, le tapó la boca y la obligó a salir. Estaba salpicada de sangre.

-          Si no grita vive, le dijo.

Ella hizo señas de que aceptaba. Le quitó la mano de la boca y le mostró la pistola. Cuando la soltó, se apresuró a cubrirse con la sábana. Sin dejar de encañonarla fue a prender la TV, pasaban a Bugs Bunny, se le acercó y vio en sus ojos el aroma tenso del miedo.

-          ¿Me va a matar? preguntó.

-          No depende de mí - dijo él - usted está en el lugar equivocado, en el momento equivocado. 

La mujer lloraba mientras el conejo se comía una zanahoria.

-          ¿No hay nada que podamos hacer? dijo sollozando.

-          ¿Cómo qué?

-          Le puedo dar dinero.

-          Se lo puedo aceptar, pero no serviría de nada. Si no lo hago yo lo hará otro.

-          ¿Por qué lo hacen?

-          El tipo de la bañera tenía que irse.

-          Yo no tengo nada que ver en esto.

-          Usted tiene mucho que ver. Sabe del negocio y estuvo revolcándose con él desde el domingo.

-          Sí, pero no hago parte del negocio.

-          ¿Cuál es el negocio?

-          Los negocios, él estaba metido en algo grande, lo oí hablar por teléfono.

-          Peor para usted.

-          ¿Qué quiere que le diga?

-          Dígame algo que no sepa.

-          Droga, dijo ella, mientras se apretaba entre la sábana.

-          Droga, repitió él.

-          Mucha droga.

-          Dígame cómo era en la cama.

-          ¿Qué tiene que ver?

-          Probablemente sea lo único que no sepa.

Alguien tocó a la puerta. Se levantó, la entreabrió con cuidado, escuchó la voz conocida, estuvieron hablando por algunos instantes. Cerró, prendió otro cigarrillo y caminó por la habitación.

      -    Dígame que no lo va hacer, dijo ella suplicante.

      -   ¿Usted tiene hijos?

      -    No, dijo ella

Y sin que alcanzara a percibir el más leve movimiento le descerrajó un tiro absoluto y seco que le atravesó la garganta y le salió por la nuca. Instantáneamente se precipitó hacia adelante. Sin dolor, él es un profesional. La cubrió con la sábana, entró al baño a orinar y mientras lo hacía observó el cadáver en la tina, entre un cúmulo de espuma el orificio negro en la frente, encima de dos vidriosos ojos abiertos. Salió, desenroscó el silenciador, lo guardó en el morral, luego el arma, sacó una cachucha negra de un equipo de baseball, la caló y terció su morral a la espalda. Cerró la puerta y regresó por el corredor hasta las escaleras. El tipo, que se bebía una cerveza, lo esperaba. Hablaron mientras caminaban en dirección al auto. Se subió y tras despedirse, el que estaba al volante arrancó y se marcharon.

Salieron a la autopista. Ambos iban en silencio y así permanecieron los casi treinta minutos que el auto demoró en frenar frente al Liceo. Los hombres se despidieron, él se echó encima el morral y descendió. Llegó justo a la hora en que las clases habían terminado. Esperó parado - sin fumar - a que las chiquitas salieran en medio del tropel escolar. Vinieron a abrazarlo, él las recibió, a cada una dio un beso, luego las tomó de la mano y echaron a andar en dirección a la casa.

Les tenía torta de nata que había traído del super y leche fría. Se sentaron a la mesa y mientras comían ellas le contaron lo que habían aprendido hoy. Fueron vestidas de blanco, dijo Liza, y nos enseñaron a lavarnos los dientes, continuó Mini. Nos regalaron pasta dental y cepillos. Más tarde fueron a la habitación, dormirían una hora. Mientras lo hacían él fue a la cochera, puso su morral en el banco, extrajo el arma, acercó su caja de herramienta y la aceitera para hacerle un buen mantenimiento.

Durante el resto de la jornada ellas harían las labores escolares y él prepararía la cena.  Así que vistió el delantal, abrió una cerveza, prendió la tele y se dio a la tarea de hacer un suflé. A las seis se escuchó el auto pitar, todos salieron a recibir a la mamá. El y ella se dieron un beso y todos entraron. Una hora después llamó a cenar. Dispuso cada plato, sacó el suflé del horno, trajo papas con queso y un poco de ensalada, que se encargó de servir a cada una. Una vez sentados él quiso saber cómo le había ido. Era la costumbre. Ella contó que la planta reduciría personal para el siguiente periodo, la producción se había reducido por algo que tiene que ver con el dólar. Le pidió que no se preocupara, si pierdes el trabajo algo haré.

 

A la hora de las noticias se levantó y puso volumen a la tele, mientras ella recogía los platos. Las noticias estuvieron salpicadas de hechos políticos. El Presidente, la Corte Constitucional, la Fiscalía, los congresistas, y claro está, los hechos de orden público. Al final, una reportera apareció frente al motel, se veían las escaleras. ”Hoy entre las doce del mediodía y la dos de la tarde fueron encontrados los cadáveres de X y Y en la habitación 260 de este motel por la vía que conduce a Popayán.  El hombre era buscado por narcotráfico y tenía orden de extradición. Ella no tenía antecedentes judiciales. A cada uno se le encontró un tiro de la misma arma. La policía no se ha pronunciado hasta no terminar la investigación”.

- ¿Un pacto de muerte? preguntó ella.

- ¿Qué es un pacto? dijo Liza.

- Un pacto es cuando se ponen de acuerdo para hacer algo, respondió Mini.

- ¿Si es eso? volvió a preguntar Liza.

- Sí - dijo él – es querer hacer lo mismo.

- ¿No es terrible morir así? dijo la mamá.

- Es terrible vivir así, la muerte es una consecuencia necesaria de la vida.

Comenzó la telenovela de las ocho. Un programa que no veían porque a los padres les parecía muy violento. Todos fueron a la habitación del matrimonio y retozaron una hora más hasta que fue hora de acostarse. Las acompañaron a orinar, se lavaron los dientes, tal como les habían enseñado hoy en el colegio y las manos para ir a ponerse la pijama. La mamá les leyó un cuento cortico y luego las tres rezaron para que a la familia le fuera bien.

 

Desde afuera se escuchaban las risas, como si le estuviera haciendo cosquillas, parecían estar jugueteando. Se quedó en la oscuridad escuchando un rato hasta que ella comenzó a quejarse de una manera inquietante. Mini se pegó a la puerta. Escuchó los quejidos, que se le antojaron de dolor, no los había oído nunca. Abrió la puerta, la luz interior estaba prendida, ellos no se dieron cuenta. Mini vio a su padre de espaldas, tenía a su madre como un perro tiene a una perra mientras se movía contra ella. Mini fue a hacerse junto a la cama. Cuando él al vio estaba encima, frenaron, la mamá miró hacia atrás, quiso zafarse de la posición en la que estaba pero él se lo impidió, le hizo fuerza para que se quedara tal cual.

-          ¿Qué le estás haciendo? preguntó Mini a su papá.

-          Estamos haciendo ejercicio, dijo él sin inmutarse.

-          ¿Por qué te quejas? mami, volvió a decir ella.

-          No es nada cariño, toda está bien, así se escucha cuando hacemos ejercicio.

-          ¿Cómo es que nunca lo había visto?

-          Es nuevo – dijo él – lo aprendimos en la televisión.

-          ¿Por qué no regresas a dormir?

-          ¿Mañana podemos hacer todos ejercicio?

-          No te aseguro que mañana Mini, cuando crezcas vas a hacerlo, respondió él.

La niña regresó por donde había venido y ellos dos se derrumbaron entre las sábanas húmedas y se quedaron en un silencio frío y prolongado.

La mujer salió un poco antes de las siete. Como todos los días. El se levantó con ella antes de las seis, fue a hacer el café, recogió el periódico, alimentó a las dos tortugas, regresó con el café, lo bebieron. Ella comió algo y él aprovechó cuando salió a despedirla para sacar la basura, se despidieron con un beso cálido que todavía les sabe después de siete años de matrimonio. Luego fue a despertar a las niñas. Mientras se bañaban sacó la ropa, dos uniformes escoceses que él mismo había planchado. Salieron del baño y fueron a vestirse. Entonces vino a peinarlas frente al espejo y mientras lo hacía comenzó a contarles un cuento.

Caminando al Liceo él continuaba con la historia, pero Mini y Liza no estaban hoy interesadas, le pidieron que más bien les contara sobre el ejercicio que Mini les había visto hacer la noche anterior.

-          Es el mismo ejercicio que hacen los perros, dijo ella.

-          ¿Los has visto?

-          Sí, en la tele, en el programa de los animales, mostraron cómo hacen ellos.

-          ¿Para qué hacen ese ejercicio? pregunto Liza.

-          Para estar bien de salud, es un ejercicio que nos hace sentir bien, intervino él.

-          Los conejos también hacen ejercicio.

-          Todos hacemos ejercicio.

-          Yo no, dijo Liza.

-          Porque tú eres muy chiquita.

-          Pero yo soy más grande que un conejo.

Menos mal llegaron a la puerta del colegio cuando sonaba el timbre que llama a clases. Ellas se despidieron y echaron a correr. El todavía permaneció ahí unos momentos más viendo cómo Mini y Liza se le habían crecido.

Cuando regresó a la casa recogió los platos del desayuno, lavó la losa, fue a dejar la ropa sucia en la lavadora, mientras la máquina trabajaba tendió las camas y aprovechó para echar un poco de escoba. Fue a la cochera y sacó el abono para ir a echarle un poco a las eras donde tenía girasoles, petunias y caléndula. Aprovechó para remover un poco la tierra y arrancar las hojas muertas. Hablaba con las plantas, creía que ellas le entendían y aunque pareciera extraño, aseguraba que les hace bien, está comprobado, crecen más rápido y son más bellas. Regresó cuando creyó que la lavadora había terminado y sacó la ropa.

El teléfono sonó, respondió con sequedad, luego fue a recoger los implementos de jardinería, los devolvió a la tabla del taller donde los colgaba en un orden perfecto. Allí mismo en la cochera estaban las bicicletas de salir los fines de semana de paseo. Fue a darse una ducha, se afeitó, vistió unos jeans viejos y un buzo negro de algodón, fue y buscó su morral, revisó que todo estuviera en orden, buscó entre la herramienta colgada el taladro manual, lo puso junto al arma, y seleccionó tres o cuatro taladros de repuesto. Salió comiéndose una manzana que tomó a última hora del frutero del comedor.

Fue hasta la autopista y esperó el transporte al centro. Se hizo en el último puesto junto a la ventana.  El bus se demoró una hora en salir del suburbio y media hasta el centro administrativo. Descendió en la zona de los bancos. Atravesó la plazoleta, verificó la hora, entró al edificio, se identificó y fue a tomar uno de los ascensores, había diez de ellos.  Marcó para que lo llevara al quinto sótano. El ascensor, primero lo llevó hasta arriba, a dos cuadras del piso, pero cuando descendió fue directo al fondo. A las entrañas de la mole donde los autos esperan.

Caminó entre hileras extensas de autos hasta el lugar exacto donde estaba el que buscaba, como si lo hubiera parqueado a las nueve de la mañana. Aún así verificó la placa. Entonces extrajo sus gafas de motociclista y se las colocó; sacó el taladro, le puso punta y se acostó debajo del carro cuan largo era, a  perforar un orificio debajo del asiento del conductor. La posición en que tenía que hacerlo era absurdamente incómoda. Miró el reloj. Con el taladro delgado hizo la guía, luego sacó el más grueso hasta que consideró que el orificio en la lámina daba para introducir el silenciador, lo probó pero se dio cuenta que todavía estaba estrecho, estuvo unos minutos más ampliándolo hasta que ajustó. Guardó la herramienta, cerró los ojos, se relajo y esperó.

Media hora después sintió que alguien se acercaba, le vio los pies. Abrió la puerta, entró, cerró, esperó a que se pusiera el cinturón de seguridad y antes de que prendiera el auto disparó. Un solo tiro. Zafó el silenciador, lo envolvió en el dulce abrigo, lo acomodó en el bolsillo interior, después su pistola y cerró. Salió y se incorporó mientras se desentumía, sacudió sus ropas, se quitó las gafas y miró el cadáver a través de la ventanilla. Regresó caminando por entre los carros hasta el ascensor, esperó. Cuando la puerta se abrió en el primer piso caminó hasta la portería y salió en medio de quince o veinte personas que transitaban. Atravesó la plazoleta y fue a hacerse al otro lado de la utopista para esperar el transporte público. El bus se detuvo, cuando entró no vio más de diez o doce personas. Se hizo junto a una chica de unos quince años que iba con su uniforme escocés del Liceo, junto a la ventana.

Descendió en la esquina de siempre, caminó con su cachucha negra y el morral a la espalda. Cuando llegó al parquecito se encontró con el puesto de las damas grises que recogían auxilios para la liga antituberculosa. A cada persona le ponen en la camisa una calcomanía contra la tuberculosis. Una señora de algo más de sesenta lo abordó. El se detuvo, la escuchó y sin que tuviera que esforzarse en explicaciones humanitarias sacó su billetera del morral y le entregó veinte mil pesos. Mucho más de lo que la buena señora hubiera esperado de un parroquiano en cachucha, jeans y tenis viejos.

Cuando llegó a la casa fue directo al baño, se desvistió con afán y se dio una meticulosa ducha, como si el trabajo le hubiera dejado una sucia sudoración que debía quitarse, se enjabonó, dejó que el agua tibia le escurriera. Se secó y fue a ponerse la sudadera gris. La llamó a la planta para preguntarle cómo estaba. Le dijo que la amaba. Antes de despedirse le recordó: esta noche tenemos gulash.

Salió a la calle, miró la hora, fue caminando con las manos en los bolsillos hasta el Liceo. En el trayecto se compró un jugo y un periódico, todavía tenía casi media hora antes de que Mini y Liza salieran. Se quedó en una mesa del restaurante que había en la esquina, leyó el diario con desgano. La noticia del motel había mojado prensa, el tabloide decía que se trató de un ajuste de cuentas entre bandidos. Luego fue a leer las tiras cómicas, lo que más le divertía de los diarios. Prendió un cigarrillo que no terminó. Cuando vio que habían comenzado a salir se levantó, lo tiró y fue a encontrarlas. Ellas vinieron para abrazarse a él, se besaron y emprendieron el camino de regreso a casa.   

Mientras caminaban le pidieron que les contara un cuento. Y como si él estuviera esperando que lo hicieran, comenzó sin más la historia. Érase una vez un hombre que había sido policía, entró a la escuela muy joven y siempre estuvo del lado de la ley. Era un hombre bueno, demasiado bueno quizás para enfrentar los peligros de una ciudad que había crecido demasiado. ¿Cómo se llamaba? preguntó Mini. ¿Cómo lo llamamos? Pedrón dijo Liza. Pedrón se llamaba el de otro cuento protestó Mini. Digamos que es otro Pedrón, dijo él tratando de conciliar. ¿Y qué pasó? Bueno, pues que un día salió a patrullar la ciudad, como todos los días, en compañía de dos policías corruptos. ¿Qué es corruptos? preguntó Liza. Son policías que no cumplen la ley, se pasan del lado de los malos sin quitarse el uniforme. Le propusieron hacer algo malo, quedarse con un dinero que no les correspondía. El se negó, porque era un policía bueno, así que fue y los acusó. Pero de nada sirvió, porque había muchos policías corruptos. Un día fueron a la casa, cuando él no estaba y mataron la mascota, un perrito labrador de cinco meses. ¿Y que hizo Pedrón? interrumpió Mini. ¿Qué creen que hizo? Fue a buscar a los policías malos para castigarlos, dijo Liza. No, eso no fue lo que hizo, no habría podido. Fue a comprarse otro perrito, dijo Mini. No, tampoco, Pedrón no quería más perros. Lo que hizo fue algo mejor, dejó de ser policía.

Atravesaron el jardincito y entraron a la casa para ir a sentarse al comedor donde los esperaba una rica tarta de manzana con crema.   

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