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Minificciones o minirelatos

Minificciones o minirelatos

"La minificción es el género literario más reciente y complejo, el más irónico y experimental. Es un género serial, que dialoga con la escritura literaria y extraliteraria. Cada minificción es una maquinaria textual que propone una manera de releer lúdicamente la historia de la literatura. En el siglo XXI es natural interpretar o reinterpretar novelas o cuentos como una serie de minificciones." Lauro Zavala

"La microficción es esa narración breve en la que se potencia al máximo la intensidad expresiva mediante una gran concisión del lenguaje para conseguir una estructura narrativa clara, concisa y contundente, que es al mismo tiempo, espacio literario abierto, lúdico, en el que poder utilizar la ironía, el misterio, el juego intelectual, literario y lingüístico. Un modo de entender la narración como traducción simbólica de la realidad." Julia Otxoa

"Siempre hemos leído microrrelatos, pero en formato necrológica, currículo vitae o anuncio por palabras. La diferencia está en la elección del tema, el tono de la narración y la voluntad de crear una historia, tres requisitos que impiden que ciertos atestados policiales se conviertan en obras maestras del género, porque el microcuento es una mezcla de haiku, horóscopo y videoclip." Fernando Iwasaki

"La minificción tiene la capacidad de transgredir, con gracia y precisión, nuestras expectativas de lectura: es el reverso insospechado de lo que habíamos aceptado como realidad." Juan Armando Epple

"Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos basta con tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden." Ana María Shua 

 Minicuento, minificción, minihistorias, cuentines, cuentos cuánticos, nanocuentos, cuentos bonsái, haikus, greguerías, aforismos, tuits,… hasta chistes. Ha pasado un lustro del boom de un género literario, que empezó con categoría de hijo del cuento y primo de la poesía, aunque ya lo practicaran Juan Ramón Jiménez, Kafka y Hemingway. Cuando parecía que el microrrelato conseguía su hueco en la narrativa, irrumpió Internet, los blogs y Twitter. Las consecuencias de la democratización pueden ser dispares: la eclosión de relampagueos supuestamente creativos volvió a diluir estos chispazos de ingenio en el maremágnum de la Red y las nuevas formas de consumo cultural.

Mar de pirañas (Menos cuarto) reúne bajo mando de Fernando Valls nuevos y viejos nombres del microrrelato en español. Sin pretensiones de teorizar sobre el estado de la cuestión, los textos van tramando la cartografía de un género conciso en el lenguaje, radicalizado en el uso de la elipsis, constreñido en el espacio físico, envuelto por una muralla de aire por donde discurre la evocación y lo inesperado. Una compilación que demuestra que la brevedad no tiene por qué estar unida a la celeridad de estos tiempos. “El tope de edad está en 1960”, describe Valls su selección de escritores. “He querido excluir a los más consagrados como Luis Mateo Díez y mezclar a autores que no lo cultivan habitualmente como Almudena Grandes o Eloy Tizón, que solo han escrito uno o dos”.

Inspirada en una pieza de Ana María Shua, escritora argentina, madre hispana del microrrelato con permiso del dinosaurio de Augusto Monterroso, las piezas se organizan en un ejercicio casi de arte marcial: pulir, pulir y pulir. “El género condiciona el tipo de historia, no se desarrolla la psicología de los personajes, ni siquiera tienen nombres la mayoría de las veces”, apunta el compilador. “Hay mucho simbolismo, la metáfora se multiplica al no poder explicar las cosas, hay que afinar y la manera más potente es decir una cosa y que el lector entienda otra”, apostilla el escritor Rubén Abella, uno de los participantes en Mar de pirañas.

Abella se define como corredor de dos distancias. Cultiva la novela –“el maratón”- y el microrrelato –“velocidad”- de manera intermitente, como ejemplo Los ojos de los peces. El escritor valora la paulatina popularización de este tipo de literatura, entre paréntesis: “Hay una idea muy extendida, para mí errónea: escribir microrrelato es fácil; y no es así, puede ser más complicado que un poema”. La segunda generalización que planea sobre el género desde que se produjo el cambio de siglo es su ligazón con la vida moderna, según la leyenda urbana, acelerada. “Sin embargo, lo que se sigue leyendo son novelones de 500 páginas por mucha teoría de la prisa y la lectura en pantalla”, argumenta Manuel Moyano, otro de los autores del libro, firmante de El oro celeste. “En el metro no veo a nadie leyendo microrrelatos, sino esas obras con tramas que funcionan como este transporte, esas de las que te puedes subir y bajar cuando quieras”, prosigue Abella.

"El microrrelato es la quintaesencia narrativa"

Un relámpago de palabras

El ejemplo del viajero urbanita sirve para describir al lector de estas piezas. “Debe tener un hábito de lectura, saber leer entrelineas, además de referentes porque este género se presta mucho a la metaliteratura”, plantea Abella. “Debe leerse igual que un libro de poemas, puede producir empacho hacerlo de un tirón”, asegura Valls, “hay que rumiarlo un poco y exige la relectura”. Prueben con esta frase de Hemingway, o atribuida a él: "Se venden zapatos de bebé que nunca han sido usados".

 El microrrelato del escritor estadounidense, aunque cuando lo ideara no se considerara como tal, encierra en dos frases el regreso de una tendencia: el realismo. “Predomina lo fantástico”, asegura Valls, “pero cada vez más aparecen textos más funcionales”. El pequeño mercado en el que se mueven los microrrelatos, la falta de galardones o concursos sobre el género y lo poco que se orientan hacia el bestseller, concluye en un laboratorio de experimentación de la materia narrativa. Moyano alerta sobre un peligro a la hora de clasificar: “Parece tan fácil que cualquier se atreve, nos arriesgamos a que haya de todo, más al tratarse de un género fronterizo con el chiste”. El humor, como insiste en su obra y entrevistas Shua, es esencial siempre que no termine en chascarrillo.

 El futuro se escribe como estos artefactos complicados. Con idas y venidas. Atracones y descansos para evitar variaciones de lo mismo. “El género también cuenta con el progresivo apoyo del mundo académico”, opina Abella y pone como ejemplo la obra de Irene Andrés Suárez, publicada el año pasado en Cátedra. “Esta incursión en las universidades le da una base de seriedad al género”. Valls se muestra más pragmático, y sin denostar el papel de la Academia recurre al proceso creativo: “Un autor que escribe microrrelatos lo hace porque solo puedo contar lo que quiere de esta manera”.

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Crónica del pescador de la avenida principal

Crónica del pescador de la avenida principal

Antonio Lobo Antunes

Ninguna felicidad se parece a otra. Y las formas de concebirla, anhelarla, buscarla y expresarla son diferentes. Como la de un hombre de 43 años que no entiende cómo alguien quiere ser feliz con él, si él es un tipo aburrido, que apenas habla, no le gusta convivir con nadie, ni expresar nada. Sólo le gusta pescar los fines de semana por la noche. ¿Y así, que felicidad le espera a alguien junto a él?

Me apetece, fíjate, regalarte flores. No te las regalo. Abrazarte. No te abrazo

Cómo se te ocurre querer ser feliz conmigo, nadie es feliz conmigo, soy un aburrido. No me gusta convivir, no me gusta salir, no me gusta el cine, no me gusta la playa, ni siquiera me gusta cenar fuera, me gusta quedarme en mi rincón y que no hablen conmigo. ¿Qué rayos de felicidad podría darte? ¿Que te quedaras también en un rincón, aburriéndote? Además no me fijo en las fechas: en tu cumpleaños, en el mío, en el día en que nos conocimos y por lo tanto no regalo flores, no doy besos, no doy abrazos, no celebro nada, no te dejo con lágrimas en los ojos, conmovida, poniendo rosas en los jarrones. Me gusta pescar. Los viernes por la noche me voy con los aparejos a la Marginal y me quedo allí hasta la madrugada. Y los sábados. Y los domingos. No me importan los faros de los coches. No me importa el olor del río. Creo que no me importan los peces. Pensándolo bien, tal vez ni me guste pescar: me gusta sentarme en la muralla a ver las luces de Almada que se reflejan temblando en el agua negra. ¿Cómo podían interesarte las luces temblorosas de Almada? Me hacen recordar a los ojos exactamente en el instante de las lágrimas, que vacilan. Tal vez me interesan las luces porque nunca lloro. Y no entiendo cómo se te ocurre ser feliz conmigo. Trabajamos en el mismo sitio. Me ves todos los días. Almorzamos con los compañeros en la cantina. Casi nunca hablo. Digo

-Pues sí

de vez en cuando para que no me consideren maleducado. Ceno en casa con mi padre. Mi padre tampoco habla casi nunca: si el silencio se prolonga demasiado tiempo nos decimos

-Pues sí

el uno al otro y seguimos pelando la fruta. Mi padre no se saca la pipa de la boca ni siquiera cuando mastica: se mete la comida por el otro lado de la boca, soltando volutas de humo. Si llegase a morir seguro que no podrían quitársela de la barbilla. Le dije

-No hay quien cierre el ataúd con usted así

a él se le ocurrió que un agujerito en la tapa, junto al crucifijo, resolvía la cuestión, y de tiempo en tiempo una voluta de humo subiría desde la lápida. Sólo tengo que dejarle dos o tres paquetes en los bolsillos para cuando no haya más que ceniza dentro del hornillo. De cualquier manera, el día en que eso ocurra va a temblar en el agua el reflejo de las luces de Almada.

Para ser sincero, creo que no quiero ser feliz contigo por culpa del reflejo. Imagíname, si tú te marchases, sentado en la muralla con los ojos exactamente en el instante de las lágrimas, vacilando: mil veces estar en un rincón y que no hablen conmigo, mil veces la pipa de mi padre

-Pues sí

y yo

-Pues sí

de vuelta. Hay cosas que no se aguantan a partir de cierta edad y yo cumplí cuarenta y tres años en marzo. Cuarenta y tres, aunque uno no lo reconozca, es un montón de años. Se fue mi madre, se fue mi tía por parte de mi madre, que vivía con nosotros, mi hermano, a la semana siguiente de que lo dejara su esposa, se abrazó a un tren en Algés: quedó un zapato, un pedacito de pantalón, el suéter con sangre a veinte metros de la vía, una de las patillas de las gafas. (Era miope, tropezaba con los muebles sin querer). ¿Se habrá abrazado a propósito al tren? Durante semanas, después de eso, la pipa de mi padre más rápida y ninguno de nosotros

-Pues sí

pelando mudos la fruta, con el maldito cuchillo fallando, fallando. Tardó en llegar a cortar el melocotón de nuevo. Tenemos la patilla de las gafas en el cajón de las bombillas fundidas y de las llaves antiguas, que no sé para qué puertas servían. Tal vez se pudiese abrir el

-Pues sí

con ellas y dentro del

-Pues sí

mi hermano que aseguró avanzando hacia el tren

-Ya vuelvo

y volvió hecho pedazos

(algunos pedazos)

con un modelo para armar al que le faltaba la mitad de las piezas, mientras que la pipa seguía echando volutas. Fue el único momento en que me apeteció fumar. Mi cuñada rehizo su vida, desapareció. Vive en España, me contaron, con un empleado bancario. Al volver de pescar no llevo pescados en la cesta, los echo de vuelta al Tajo. Esto antes de la mañana, minutos antes de la mañana, con miedo a que se apaguen las luces de Almada. No me abrazo al tren que va a Lisboa, voy dentro de él con los aparejos a mi lado. Ni un perro en la calle excepto uno de esos cachorros vagabundos que no se interesan por mí, con el hocico a ras de la acera, murmurando. Noto que mi padre se vuelve en la cama. Que el grifo de un primer vecino comienza a gotear, el que se levanta temprano para ir a correr al parque con una expresión al borde del infarto o del orgasmo. Al verme en el espejo, mi expresión cambia en un santiamén como los números de los relojes digitales donde soy un montón de ceros. No creo que seas feliz con un montón de ceros, aburriéndote también en un rincón. Si me preguntas si te quiero te digo que sí. O sea te diría que sí en el caso de que la patilla de las gafas no estuviese en el cajón de las bombillas fundidas y de las llaves antiguas. Pero está. Por tanto, a lo sumo puedo decir

-Pues sí

y pensar en otra cosa. Me da pena. Palabra de honor que me da una pena enorme y el cuchillo, desmañado, vuelve a fallar con el melocotón. Me apetece, fíjate, regalarte flores. No te las regalo. Abrazarte. No te abrazo. Fijarme en las fechas. No me fijo en ellas. Me quedo aquí con las manos sobre las rodillas. Y, como no me gusta salir, si me invitas a tu boda, discúlpame, pero no voy a ir. Participo en el obsequio de los compañeros de trabajo

 -Faltas tú, Guedes

y me quedo reflejado en el tablero de agua negra del escritorio, temblando.

Traducción de Mario Merlino

Un día de trabajo

Un día de trabajo

Alberto Rodríguez

La mujer sale faltando un cuarto para las siete. Todos los días. Trabaja en una planta diseñadora de muebles en donde debe estar a las siete y treinta. El se levanta con ella. Mientras se baña le hace el desayuno, que casi nunca se sienta a engullir tranquilamente, va bebiendo a sorbos el café negro y el jugo de naranja mientras pica un sándwich. La acompaña hasta el Ford aparcado en la calle, la despide con un beso y aprovecha para sacar la basura. De regreso va a despertar a las niñas. Mientras se bañan les alista los uniformes del colegio. Mini - de cinco - y Liza - de siete - salen del baño, van a vestirse y cuando están listas, él va a peinarlas frente al espejo del baño.

Mientras lo hace comienza a contarles un cuento inventado. Van a desayunar, les tiene pancakes gordos que ha calentado en el micro ondas, algo de kumis, chocolate y un poco de fruta. Mientras comen les narra.

La historia comienza con un tipo al que un día se le olvida su nombre, no se sabe por qué. Y nadie le dice cómo se llama, como si a todos se les hubiera olvidado también. Así que para continuar les pide que pongan un nombre al personaje, es necesario para la historia. Ellas dijeron que se llamaba Pedrón, y así se quedó para el efecto. Un día Pedrón sale de su casa para el trabajo y encuentra que en el bus donde ha subido alguien ha dejado olvidado un paquete. Lo toma, desciende del bus, va a su trabajo  y allí lo abre, con la inmensa sorpresa de que envueltos entre periódicos hay una cantidad grande de dinero. ¿Qué hace Pedrón? les pregunta a ellas. Mini dice que se lo quede para él. Liza dice que si es mucha, algo les puede dar a otros.  No, eso no fue lo que hizo Pedrón dijo él sorprendiéndolas. Pedrón fue a la empresa de buses, apenas salió del trabajo, para averiguar si alguien había reclamado.

Terminan de desayunar, se lavan la boca y salen. Atraviesan el jardín donde él cultiva las semillas de flores que vienen en sobrecitos pequeños que venden en el supermercado. Mientras caminan las seis cuadras que los separan del Liceo él continua la historia. Pedrón se enteró que alguien había ido a reclamar un paquete olvidado y dejó un teléfono. Cuando llega a la casa llama, una señora contesta. El le solicita que identifique el contenido del paquete olvidado. Dijo que era un paquete con ropita usada de bebé que alguien le había regalado. Pedrón, con lástima, le dice que eso no es, pero que si pasa por su casa él le dará dinero para que compre ropa nueva de bebé. Ella se le agradeció como si  fuera un santo. Cuando llegan a la puerta del Liceo él les promete que por la tarde les terminará el cuento. Tú siempre haces lo mismo, dice Mini.

Regresó a la casa. Tendió las camas de las niñas, la de ellos, recogió la ropa sucia, la puso en la lavadora. Mientras la ropa se lavaba fue a afeitarse. Dejó las cosas listas de la cena. Fue a darse una ducha larga. Vistió un pantalón de mezclilla y una camiseta negra, luego fue a la cochera donde tenía su taller, buscó el morral, revisó que todo estuviera, echó algunas otras cosas y salió de la casa.

Caminó en dirección a la avenida, pasando por el parquecito de la 57 y fue, como un turista, hasta la esquina de la autopista. Mientras esperaba prendió un cigarrillo. Cinco minutos después un auto se detuvo. Trepó, el que conducía tomaba café en un baso de cartón. El tiró su morral atrás y echaron a andar en medio del tráfico apretado de las once y media de la mañana.

-          ¿Dónde están?

-          En un motel, a media ahora de aquí. Están hace un par de días.

-          ¿Tienen la llave?

-          Tenemos una copia.

-          ¿Quién es ella?

-          Una de sus amigas

-          ¿Trabaja para él?

-          No sabemos.

El prendió su segundo cigarrillo mientras avanzaban por la autopista sur hasta la calle 122. Ahí se detuvieron a comprar cervezas para los muchachos. Continuaron hasta llegar a una edificación discreta, rodeada de muros blancos, a la que ingresaron luego de pasar la portería. Fueron a parquear el auto, él se bajó con el morral. Uno de los hombres que estaban vigilando se acercó. Atravesaron el parqueadero y treparon por las escaleras al corredor del segundo piso hasta la habitación 275. El sacó del morral el arma cargada, de un dulce abrigo rojo extrajo un silenciador que enroscó a la boca de la pistola. Le entregó el morral al otro y le pidió que abriera. El tipo introdujo la llave, hizo un suave giro y empujó la puerta. Adentro no había nadie. La puerta del baño estaba cerrada, pero se alcanzaba a escuchar música.  Prendió otro cigarrillo y con la cautela de un gato prevenido abrió. Estaban en la tina. Ella acaballada sobre él en medio de un mar de espuma. Y antes de que el hombre pudiera hacer nada le puso con absoluta nitidez un tiro blindado en la frente. Luego fue por ella, le tapó la boca y la obligó a salir. Estaba salpicada de sangre.

-          Si no grita vive, le dijo.

Ella hizo señas de que aceptaba. Le quitó la mano de la boca y le mostró la pistola. Cuando la soltó, se apresuró a cubrirse con la sábana. Sin dejar de encañonarla fue a prender la TV, pasaban a Bugs Bunny, se le acercó y vio en sus ojos el aroma tenso del miedo.

-          ¿Me va a matar? preguntó.

-          No depende de mí - dijo él - usted está en el lugar equivocado, en el momento equivocado. 

La mujer lloraba mientras el conejo se comía una zanahoria.

-          ¿No hay nada que podamos hacer? dijo sollozando.

-          ¿Cómo qué?

-          Le puedo dar dinero.

-          Se lo puedo aceptar, pero no serviría de nada. Si no lo hago yo lo hará otro.

-          ¿Por qué lo hacen?

-          El tipo de la bañera tenía que irse.

-          Yo no tengo nada que ver en esto.

-          Usted tiene mucho que ver. Sabe del negocio y estuvo revolcándose con él desde el domingo.

-          Sí, pero no hago parte del negocio.

-          ¿Cuál es el negocio?

-          Los negocios, él estaba metido en algo grande, lo oí hablar por teléfono.

-          Peor para usted.

-          ¿Qué quiere que le diga?

-          Dígame algo que no sepa.

-          Droga, dijo ella, mientras se apretaba entre la sábana.

-          Droga, repitió él.

-          Mucha droga.

-          Dígame cómo era en la cama.

-          ¿Qué tiene que ver?

-          Probablemente sea lo único que no sepa.

Alguien tocó a la puerta. Se levantó, la entreabrió con cuidado, escuchó la voz conocida, estuvieron hablando por algunos instantes. Cerró, prendió otro cigarrillo y caminó por la habitación.

      -    Dígame que no lo va hacer, dijo ella suplicante.

      -   ¿Usted tiene hijos?

      -    No, dijo ella

Y sin que alcanzara a percibir el más leve movimiento le descerrajó un tiro absoluto y seco que le atravesó la garganta y le salió por la nuca. Instantáneamente se precipitó hacia adelante. Sin dolor, él es un profesional. La cubrió con la sábana, entró al baño a orinar y mientras lo hacía observó el cadáver en la tina, entre un cúmulo de espuma el orificio negro en la frente, encima de dos vidriosos ojos abiertos. Salió, desenroscó el silenciador, lo guardó en el morral, luego el arma, sacó una cachucha negra de un equipo de baseball, la caló y terció su morral a la espalda. Cerró la puerta y regresó por el corredor hasta las escaleras. El tipo, que se bebía una cerveza, lo esperaba. Hablaron mientras caminaban en dirección al auto. Se subió y tras despedirse, el que estaba al volante arrancó y se marcharon.

Salieron a la autopista. Ambos iban en silencio y así permanecieron los casi treinta minutos que el auto demoró en frenar frente al Liceo. Los hombres se despidieron, él se echó encima el morral y descendió. Llegó justo a la hora en que las clases habían terminado. Esperó parado - sin fumar - a que las chiquitas salieran en medio del tropel escolar. Vinieron a abrazarlo, él las recibió, a cada una dio un beso, luego las tomó de la mano y echaron a andar en dirección a la casa.

Les tenía torta de nata que había traído del super y leche fría. Se sentaron a la mesa y mientras comían ellas le contaron lo que habían aprendido hoy. Fueron vestidas de blanco, dijo Liza, y nos enseñaron a lavarnos los dientes, continuó Mini. Nos regalaron pasta dental y cepillos. Más tarde fueron a la habitación, dormirían una hora. Mientras lo hacían él fue a la cochera, puso su morral en el banco, extrajo el arma, acercó su caja de herramienta y la aceitera para hacerle un buen mantenimiento.

Durante el resto de la jornada ellas harían las labores escolares y él prepararía la cena.  Así que vistió el delantal, abrió una cerveza, prendió la tele y se dio a la tarea de hacer un suflé. A las seis se escuchó el auto pitar, todos salieron a recibir a la mamá. El y ella se dieron un beso y todos entraron. Una hora después llamó a cenar. Dispuso cada plato, sacó el suflé del horno, trajo papas con queso y un poco de ensalada, que se encargó de servir a cada una. Una vez sentados él quiso saber cómo le había ido. Era la costumbre. Ella contó que la planta reduciría personal para el siguiente periodo, la producción se había reducido por algo que tiene que ver con el dólar. Le pidió que no se preocupara, si pierdes el trabajo algo haré.

 

A la hora de las noticias se levantó y puso volumen a la tele, mientras ella recogía los platos. Las noticias estuvieron salpicadas de hechos políticos. El Presidente, la Corte Constitucional, la Fiscalía, los congresistas, y claro está, los hechos de orden público. Al final, una reportera apareció frente al motel, se veían las escaleras. ”Hoy entre las doce del mediodía y la dos de la tarde fueron encontrados los cadáveres de X y Y en la habitación 260 de este motel por la vía que conduce a Popayán.  El hombre era buscado por narcotráfico y tenía orden de extradición. Ella no tenía antecedentes judiciales. A cada uno se le encontró un tiro de la misma arma. La policía no se ha pronunciado hasta no terminar la investigación”.

- ¿Un pacto de muerte? preguntó ella.

- ¿Qué es un pacto? dijo Liza.

- Un pacto es cuando se ponen de acuerdo para hacer algo, respondió Mini.

- ¿Si es eso? volvió a preguntar Liza.

- Sí - dijo él – es querer hacer lo mismo.

- ¿No es terrible morir así? dijo la mamá.

- Es terrible vivir así, la muerte es una consecuencia necesaria de la vida.

Comenzó la telenovela de las ocho. Un programa que no veían porque a los padres les parecía muy violento. Todos fueron a la habitación del matrimonio y retozaron una hora más hasta que fue hora de acostarse. Las acompañaron a orinar, se lavaron los dientes, tal como les habían enseñado hoy en el colegio y las manos para ir a ponerse la pijama. La mamá les leyó un cuento cortico y luego las tres rezaron para que a la familia le fuera bien.

 

Desde afuera se escuchaban las risas, como si le estuviera haciendo cosquillas, parecían estar jugueteando. Se quedó en la oscuridad escuchando un rato hasta que ella comenzó a quejarse de una manera inquietante. Mini se pegó a la puerta. Escuchó los quejidos, que se le antojaron de dolor, no los había oído nunca. Abrió la puerta, la luz interior estaba prendida, ellos no se dieron cuenta. Mini vio a su padre de espaldas, tenía a su madre como un perro tiene a una perra mientras se movía contra ella. Mini fue a hacerse junto a la cama. Cuando él al vio estaba encima, frenaron, la mamá miró hacia atrás, quiso zafarse de la posición en la que estaba pero él se lo impidió, le hizo fuerza para que se quedara tal cual.

-          ¿Qué le estás haciendo? preguntó Mini a su papá.

-          Estamos haciendo ejercicio, dijo él sin inmutarse.

-          ¿Por qué te quejas? mami, volvió a decir ella.

-          No es nada cariño, toda está bien, así se escucha cuando hacemos ejercicio.

-          ¿Cómo es que nunca lo había visto?

-          Es nuevo – dijo él – lo aprendimos en la televisión.

-          ¿Por qué no regresas a dormir?

-          ¿Mañana podemos hacer todos ejercicio?

-          No te aseguro que mañana Mini, cuando crezcas vas a hacerlo, respondió él.

La niña regresó por donde había venido y ellos dos se derrumbaron entre las sábanas húmedas y se quedaron en un silencio frío y prolongado.

La mujer salió un poco antes de las siete. Como todos los días. El se levantó con ella antes de las seis, fue a hacer el café, recogió el periódico, alimentó a las dos tortugas, regresó con el café, lo bebieron. Ella comió algo y él aprovechó cuando salió a despedirla para sacar la basura, se despidieron con un beso cálido que todavía les sabe después de siete años de matrimonio. Luego fue a despertar a las niñas. Mientras se bañaban sacó la ropa, dos uniformes escoceses que él mismo había planchado. Salieron del baño y fueron a vestirse. Entonces vino a peinarlas frente al espejo y mientras lo hacía comenzó a contarles un cuento.

Caminando al Liceo él continuaba con la historia, pero Mini y Liza no estaban hoy interesadas, le pidieron que más bien les contara sobre el ejercicio que Mini les había visto hacer la noche anterior.

-          Es el mismo ejercicio que hacen los perros, dijo ella.

-          ¿Los has visto?

-          Sí, en la tele, en el programa de los animales, mostraron cómo hacen ellos.

-          ¿Para qué hacen ese ejercicio? pregunto Liza.

-          Para estar bien de salud, es un ejercicio que nos hace sentir bien, intervino él.

-          Los conejos también hacen ejercicio.

-          Todos hacemos ejercicio.

-          Yo no, dijo Liza.

-          Porque tú eres muy chiquita.

-          Pero yo soy más grande que un conejo.

Menos mal llegaron a la puerta del colegio cuando sonaba el timbre que llama a clases. Ellas se despidieron y echaron a correr. El todavía permaneció ahí unos momentos más viendo cómo Mini y Liza se le habían crecido.

Cuando regresó a la casa recogió los platos del desayuno, lavó la losa, fue a dejar la ropa sucia en la lavadora, mientras la máquina trabajaba tendió las camas y aprovechó para echar un poco de escoba. Fue a la cochera y sacó el abono para ir a echarle un poco a las eras donde tenía girasoles, petunias y caléndula. Aprovechó para remover un poco la tierra y arrancar las hojas muertas. Hablaba con las plantas, creía que ellas le entendían y aunque pareciera extraño, aseguraba que les hace bien, está comprobado, crecen más rápido y son más bellas. Regresó cuando creyó que la lavadora había terminado y sacó la ropa.

El teléfono sonó, respondió con sequedad, luego fue a recoger los implementos de jardinería, los devolvió a la tabla del taller donde los colgaba en un orden perfecto. Allí mismo en la cochera estaban las bicicletas de salir los fines de semana de paseo. Fue a darse una ducha, se afeitó, vistió unos jeans viejos y un buzo negro de algodón, fue y buscó su morral, revisó que todo estuviera en orden, buscó entre la herramienta colgada el taladro manual, lo puso junto al arma, y seleccionó tres o cuatro taladros de repuesto. Salió comiéndose una manzana que tomó a última hora del frutero del comedor.

Fue hasta la autopista y esperó el transporte al centro. Se hizo en el último puesto junto a la ventana.  El bus se demoró una hora en salir del suburbio y media hasta el centro administrativo. Descendió en la zona de los bancos. Atravesó la plazoleta, verificó la hora, entró al edificio, se identificó y fue a tomar uno de los ascensores, había diez de ellos.  Marcó para que lo llevara al quinto sótano. El ascensor, primero lo llevó hasta arriba, a dos cuadras del piso, pero cuando descendió fue directo al fondo. A las entrañas de la mole donde los autos esperan.

Caminó entre hileras extensas de autos hasta el lugar exacto donde estaba el que buscaba, como si lo hubiera parqueado a las nueve de la mañana. Aún así verificó la placa. Entonces extrajo sus gafas de motociclista y se las colocó; sacó el taladro, le puso punta y se acostó debajo del carro cuan largo era, a  perforar un orificio debajo del asiento del conductor. La posición en que tenía que hacerlo era absurdamente incómoda. Miró el reloj. Con el taladro delgado hizo la guía, luego sacó el más grueso hasta que consideró que el orificio en la lámina daba para introducir el silenciador, lo probó pero se dio cuenta que todavía estaba estrecho, estuvo unos minutos más ampliándolo hasta que ajustó. Guardó la herramienta, cerró los ojos, se relajo y esperó.

Media hora después sintió que alguien se acercaba, le vio los pies. Abrió la puerta, entró, cerró, esperó a que se pusiera el cinturón de seguridad y antes de que prendiera el auto disparó. Un solo tiro. Zafó el silenciador, lo envolvió en el dulce abrigo, lo acomodó en el bolsillo interior, después su pistola y cerró. Salió y se incorporó mientras se desentumía, sacudió sus ropas, se quitó las gafas y miró el cadáver a través de la ventanilla. Regresó caminando por entre los carros hasta el ascensor, esperó. Cuando la puerta se abrió en el primer piso caminó hasta la portería y salió en medio de quince o veinte personas que transitaban. Atravesó la plazoleta y fue a hacerse al otro lado de la utopista para esperar el transporte público. El bus se detuvo, cuando entró no vio más de diez o doce personas. Se hizo junto a una chica de unos quince años que iba con su uniforme escocés del Liceo, junto a la ventana.

Descendió en la esquina de siempre, caminó con su cachucha negra y el morral a la espalda. Cuando llegó al parquecito se encontró con el puesto de las damas grises que recogían auxilios para la liga antituberculosa. A cada persona le ponen en la camisa una calcomanía contra la tuberculosis. Una señora de algo más de sesenta lo abordó. El se detuvo, la escuchó y sin que tuviera que esforzarse en explicaciones humanitarias sacó su billetera del morral y le entregó veinte mil pesos. Mucho más de lo que la buena señora hubiera esperado de un parroquiano en cachucha, jeans y tenis viejos.

Cuando llegó a la casa fue directo al baño, se desvistió con afán y se dio una meticulosa ducha, como si el trabajo le hubiera dejado una sucia sudoración que debía quitarse, se enjabonó, dejó que el agua tibia le escurriera. Se secó y fue a ponerse la sudadera gris. La llamó a la planta para preguntarle cómo estaba. Le dijo que la amaba. Antes de despedirse le recordó: esta noche tenemos gulash.

Salió a la calle, miró la hora, fue caminando con las manos en los bolsillos hasta el Liceo. En el trayecto se compró un jugo y un periódico, todavía tenía casi media hora antes de que Mini y Liza salieran. Se quedó en una mesa del restaurante que había en la esquina, leyó el diario con desgano. La noticia del motel había mojado prensa, el tabloide decía que se trató de un ajuste de cuentas entre bandidos. Luego fue a leer las tiras cómicas, lo que más le divertía de los diarios. Prendió un cigarrillo que no terminó. Cuando vio que habían comenzado a salir se levantó, lo tiró y fue a encontrarlas. Ellas vinieron para abrazarse a él, se besaron y emprendieron el camino de regreso a casa.   

Mientras caminaban le pidieron que les contara un cuento. Y como si él estuviera esperando que lo hicieran, comenzó sin más la historia. Érase una vez un hombre que había sido policía, entró a la escuela muy joven y siempre estuvo del lado de la ley. Era un hombre bueno, demasiado bueno quizás para enfrentar los peligros de una ciudad que había crecido demasiado. ¿Cómo se llamaba? preguntó Mini. ¿Cómo lo llamamos? Pedrón dijo Liza. Pedrón se llamaba el de otro cuento protestó Mini. Digamos que es otro Pedrón, dijo él tratando de conciliar. ¿Y qué pasó? Bueno, pues que un día salió a patrullar la ciudad, como todos los días, en compañía de dos policías corruptos. ¿Qué es corruptos? preguntó Liza. Son policías que no cumplen la ley, se pasan del lado de los malos sin quitarse el uniforme. Le propusieron hacer algo malo, quedarse con un dinero que no les correspondía. El se negó, porque era un policía bueno, así que fue y los acusó. Pero de nada sirvió, porque había muchos policías corruptos. Un día fueron a la casa, cuando él no estaba y mataron la mascota, un perrito labrador de cinco meses. ¿Y que hizo Pedrón? interrumpió Mini. ¿Qué creen que hizo? Fue a buscar a los policías malos para castigarlos, dijo Liza. No, eso no fue lo que hizo, no habría podido. Fue a comprarse otro perrito, dijo Mini. No, tampoco, Pedrón no quería más perros. Lo que hizo fue algo mejor, dejó de ser policía.

Atravesaron el jardincito y entraron a la casa para ir a sentarse al comedor donde los esperaba una rica tarta de manzana con crema.   

Decálogo del perfecto cuentista

Decálogo del perfecto cuentista

Horacio Quiroga

I

Cree en un maestro - Poe, Maupassant, Kipling y Chejov - como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

 

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

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Sabia Figueroa

Sabia Figueroa

A Lizardo Carvajal: trovador

Alberto Rodríguez

Mi madre, Sabia Figueroa Rodríguez, ha desaparecido. Era dulce, servicial y tenía los dedos de las manos deformados por la artritis. Nadie en ninguna parte da razón de ella. Estaba por cumplir 72 años y nadie ha ofrecido una recompensa para quien informe de su paradero. Hablo en pasado porque no tengo ninguna certeza del presente. El día antes de partir la llamé para decirle que tardaría. Preguntó si me sentía bien. Le dije que sí. Pidió que llevara las medias de lana, porque Europa padecía una ola intensa de frío; el invierno más helado de los últimos treinta años, dijo la televisión española esta mañana.

Apenas llegué a Frankfurt la llamé para decirle que estaba bien y que el frío era aterrador, sentí más años en su voz, hablaba con un cansancio que ensombrecía la emoción de oírme. Preguntó si algún día regresaría. Le dije que sí. A este país, dijo, se lo llevó el diablo, no creo que tengas mucho a qué volver, todos disparan contra todos. ¿A qué te quedas entonces? ¿No te gustaría ver Italia? Ya no quiero viajar, no deseo moverme, con lo que he visto es suficiente.

Después llamé a Eleazar para pedirle que la cuidara, quiso restarle importancia a sus palabras pero no me ocultó el riesgo. Se toma demasiado en serio lo que ve por la televisión, dijo. Este es un país de facto es cierto y los que nos quedamos terminamos por aceptar la violencia, por eso no la podemos superar, es una tragedia y ella la percibe, está desconcertada, a su edad no pude entender que su país, en el que siempre ha vivido, haya terminado en esto. No le quiero quitar importancia viejo, no me creerías, pero igual no te preocupés, qué coños podés hacer desde Alemania, confia en mí, estaré pendiente.

Pensé, a pesar de su edad, en todo lo que puede pasarle, lo que puede pasarle a millones de personas en un país donde la violencia es un hecho como el verano, un país prehistórico donde a nadie se le garantiza el derecho a la vida. Una mierda de país, y si no lo es, entonces ignoro qué sea la mierda y qué sea el país.

Sabia Figueroa me había enseñado que el pecado más grande es olvidar. Y ella con esa memoria blindada contra el olvido se resistía con sus setenta y pico a cuestas a olvidar al responsable, a ese Estado manoseado por las distintas pandillas que se lo reparten democráticamente para saquear por turnos a la sociedad civil. Esos que ni siquiera violan el código penal para delinquir, los que nunca han sido llamados a juicio, y tal vez no lo serán.

Sabia Figueroa llenó el tazón del gato hasta el borde, cerró las ventanas del comedor que dan al patio, por si lloviera, sacó de la máquina de escribir la hoja y salió de su casa. Eran las ocho treinta de la mañana, iba de gabardina beige, gafas oscuras y pañoleta. Caminó dos cuadras hasta la fotocopiadora del centro comercial y pidió que le hicieran cien copias. Abordó un bus que la condujo hasta el centro, se bajó en la avenida 19 y caminó hasta el Palacio Presidencial. Se detuvo frente a las rejas de la plaza de armas custodiada por soldados de la guardia presidencial ataviados con cascos romanos.

Y así, sin muestra alguna de agitación fue entregando amablemente a todos quienes entraban y salían del Palacio, como si fueran claveles, las hojitas en las que escribió lo último que su memoria le dictó en cinco breves párrafos.

El abrazo de Gabriel

El abrazo de Gabriel

Alberto Rodríguez  

 Mahoma dictó de memoria el Corán a los escribas sin haber tenido la gracia prima de la lectura y la escritura. Un año estuvo haciéndolo para que con la paciencia caligráfica de derecha a izquierda, ellos lo vertieran en suras. Engoladas fuentes manuales de escritura se inscribieron sobre la seca superficie de los pergaminos de chivo.     A medida que dictaba, Mahoma fue sintiendo como si la Palabra siempre hubiera estado en él, la palabra leída por Gabriel, seis cientos años más viejo. Pero cuando Mahoma dictaba pensó en el libro único, no le hubiera pasado por la cabeza la funesta idea de la imprenta, por cuya gracia la Palabra terminó en las tipografías, donde hombres de manos entintadas habrían de manosearla.  

 

 A los 25 años, en el año 596 de la era de Cristo, el joven Muhammad entró al servicio de una rica viuda dueña de una flota de camellos llamada Jadidja. Muhammad camellero, analfabeta y árabe, trabajó para ella durante catorce años, hasta que la hizo su esposa, durante una espléndida boda en la que se sacrificaron dos camellos.

 

   Muhammad tiene cuarenta años, sigue sin saber leer y en su cuerpo y su alma siente una presencia extraña que lo llama. Creyó haber enloquecido, tuvo confusas visiones, una garganta profunda lo clamaba, sus sueños humildes se agitaron como si tuvieran lugar donde se encuentran dos océanos.  Soñaba con un ser tan grande como la distancia que hay entre el cielo y la tierra, sentía al despertar una desconocida y pesada ansiedad que no atinaba a nombrar. No sabía si todo era obra de un maligno afreet que se había colado por entre el resquicio de sus sueños, para hacerlo víctima de un encantamiento fatal, como aquel que un milenio después habría de marcar para Don Quijote el origen de su tragedia. 

 

  Una mañana Mahoma se levantó como Gregorio Samsa, convertido en otro, tras haber sido agitado durante la noche por una oleada de sueños azabaches de arena. Muhammad despertó asustado, pero a diferencia de Gregorio, no se preocupó por no poder asistir al trabajo. No pudo dar cuenta a su amada Jadidja de la turbamulta de sentimientos que se le agitaban adentro y que como repentinas hemorragias le salen del cuerpo. Le pidió que lo dejara ir, tenía que marchar al desierto.   

Sin saber cómo Mahoma fue conducido por una fuerza que lo llevó después de tres jornadas a pie hasta monte Hirá. Trepó hasta la boca de una gruta entallada en basalto donde se detuvo. Era el mes del Ramadán del año 612. Sigilosamente, como un gato en territorio ajeno, fue caminando hasta llegar al fondo donde habitaba la oscuridad total del mundo, el corazón de las tinieblas.   Mahoma entonces vio hacerse la luz, asistió a un primer milagro, el de la luz para leer. Vio en medio de un poderoso resplandor y en toda su humilde grandeza al ángel Gabriel, el mismo que seis cientos años antes se presentó ante una mujer en Galilea para decirle que pariría un hijo de Dios.

  Gabriel traía un atril de madera labrada entre sus manos en donde se sostenía el Libro, cubierto por un lienzo. Retiró el velo y dejó la página expuesta.

- Lee, dijo Gabriel.

- No sé leer, respondió Mahoma.

- “Lee en el nombre de tu Señor que ha hecho al hombre de un coagulo de sangre” volvió a decir Gabriel.

  Ella no había tenido tratos carnales y él no sabía leer. Por lo que durante una única y prolongada jornada en la que el ángel atrajo a Mahoma a su lado bajo la luz perfecta de leer, le mostró con el dedo el orden en que pronunciaba en voz alta las palabras caligrafiadas por quien tomó el dictado. Mahoma vio a y escuchó el río de la Palabra, en el que a diferencia del de Heráclito, los creyentes siempre se bañan en el mismo. Gabriel leyó el códice de un tirón, sin haber cometido un sólo error. Mahoma sintió que terminada la lectura había sido transformado, iluminado en su entendimiento, ilustrado por la fuerza del sentido. Su corazón, víctima solitaria de incertidumbres, se tranquilizó bajo el efecto del aura eterna de la Palabra escrita.

   A un hombre que creía estar volviéndose loco, la lectura lo devolvió a la luz, lo sacó de las tinieblas. Moisés no vio a su Señor, escuchó leer en altísima voz sobrenatural los mandamientos, diez únicos, escritos sobre piedra. Mahoma, seguramente por la época, ya no tuvo la suerte de escuchar de viva voz al Señor. Para inscribir el Corán en piedra se necesitaría de la superficie de la pirámide de Keops.   El Señor envió con Gabriel una primera y única versión del Libro que además no dejaría a los hombres. Para qué haberle dejado el libro a Mahoma si no sabía leer.

Fue necesario que Mahoma hubiera sido leído por el ángel de Al Lah - el único – que envió precisamente el Libro a un hombre que no sabía leer, con un ángel alfabetizado, cuya verdadera misión era leer sin dejar morir la Palabra. Y Gabriel, para que Mahoma no olvidara lo leído en tan larga jornada, cuando terminó, lo acercó a sí envolviéndolo en un abrazo que abarcó para siempre toda su simple humanidad.   

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