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Écheme el Cuento

Recomendaciones para escribir un cuento

Recomendaciones para escribir un cuento

Versión utilitarista de la dama de Madein

1.- Todo cuento es una suspensión moral.
2.- Se recomienda mamarle gallo a los lectores.
3.- La economía, el ritmo y la eficacia: valores supremos.
4.- Una dosis de ambigüedad nunca va mal.
5.- Valen todas las voces, si son creíbles.
6.- El cuento no debe querer decir algo. Debe mostrar algo.
7.- No se escriba de lo que no se conoce.
8.- Jamás explicar.

9.- Prohibido los tonos solemnes.
10.- Se puede escribir bajo los efectos de estimulantes, solo si el cuento sale mejor que sin estimulantes.
11. El cuento deberá sustraerse a cualquier utilidad didáctica, doctrinal, moral o recreativa.
12.- La verosimilitud interna importa más que el parecido con la realidad.

Nuestras Publicaciones

La biblioteca del Rey Ciego
David Vásquez Hurtado
Libros & Libros S.A.
141 pg.
Rustica

La Biblioteca del rey Ciego está compuesta por volúmenes vivos, libros que piensan, que aman, que sienten curiosidad e incluso se revelan. Es la historia de las mil voces de la humanidad contenidas en las millones de páginas impresas, que reposan en los estantes; pero es también la historia de un libro muy especial: el Diccionario.
En el camino a la libertad de uso  de  significados que se abre en la tarea de leer y por tanto de otorgar sentido, el diccionario no estará solo, lo acompañarán Germania, Gilgamesh y Cosmética, y otros miles de libros, voces que al encontrarse con la voz del lector, acceden al milagro del sentido, en el dominio de la memoria de la especie.
La Biblioteca del rey Ciego es un libro con una cuidadosa elaboración del lenguaje, una estética económica, rica, que haría recordara algunas páginas de Borges. Vásquez hace una dispendiosa y muy cuidosa elaboración argumental, que se destaca por una límpida y atractiva sencillez, un estilo directo y ágil, que desde la primera página agarra al lector. El libro busca ofrecer a los chicos de los más niños un relato ricamente letrado, una seducción plenamente viva por y de la lengua escrita.. 


La historia del caballero sin sombra
Ana María Díaz Collazos
Libros & Libros S.A.
122 pg.
Rustica
La historia del Caballero es un relato sorprendente, lleno de sorpresas, de inmensa gracia, cuya acción se sitúa en la mítica isla de Transistoria, un lugar donde la magia, el valor y el absurdo se hallan tomados de la mano.  Gradián no es un caballero cualquiera, es hijo de dragones y debe su forma humana a las triquiñuelas de un mago burlón. Durante la búsqueda de su sombra Gradián  se encontrará con un rey, una princesa-bruja, una pastora y un curioso murciélago que usa anteojos. Ana María despliega una gracia fantástica para entretejer y dar vida a acontecimientos capaces de atrapar al lector chico y al adulto. Una escritura cuidadosa y fluida permite que el viaje literario al que invita, se haga con placentera fluidez. 

 

La maleta
Silvia Valencia
Libros & Libros S.A.
77 pg.
Rustica
La maleta podría parecer una historia cotidiana, común, que narra el entramado usual de los acontecimientos que ocurren en el día a día de la niñez, en cualquiera de los hogares. Pero  más allá de la historia de una familia, sus diferencias y afectos, se narra el encuentro de dos culturas. La llegada a la casa de la familia  de Mireya, una indígena páez, quien deja su hogar en el campo para ir a la ciudad a buscar el sustento, es el enclave definitivo de una historia rebosante de afecto y melodía.
La historia es contada desde la voz de una niña que en  su perspectiva, y con su lenguaje, común al de muchos niños, se convierte en la conductora interesada de un encuentro intercultural, lleno de humanidad. La cultura indígena, vista en la perspectiva de unos niños que se relacionan con una mujer adulta que llega a la casa para trabajar en el servicio doméstico, trayendo la simiente de su hijo, que nacerá en la casa. Un relato de esos, que sentimentalmente, un lector que se deje llevar por el aire de evocación que circunda el relato, podría estar tentado a calificar de inolvidable.

Puedes encontrar mayor información en: http://www.casadelalectura.org/la-fundacion/programas/taller.html

ENCUENTRO DEL TALLER ECHEME EL CUENTO CON NAHUM MONTT

El 20 de septiembre el taller literario "Echeme el Cuento" se reunió en la Fundación Casa de la Lectura con el Coordinador Nacional de RENATA, el escritor Nahum Montt, autor de El eskimal y la mariposa y  de Lara. Durante la reunión se tocaron tres puntos de común interés: el oficio, la suspensión moral de la literatura y el trabajo de edición. Se le dio la bienvenida a los integrantes del nuevo nivel del taller de escritura creativa y se leyeron cuatro trabajos de los miembros del taller que viene trabajando desde febrero de 2007 quienes están cerrando su ciclo formativo, en su mayoría miembros del grupo literario Camelot.

Imágenes del encuentro:

 

 

A la izquierda: Ana María díaz Collazos, silvia valencia, Alexander Jiménez, Estela Margarita Quintana. A la Derecha: Alexandra Salazar, Alberto Rodriguez, Nahum Montt, Lina María Murillo, Diego Fernando Marín.

 

 

A la izquierda: Estela Margarita Quintana, César Omar López, Martha rengifo. A la derecha: Ana María Díaz Collazos, Silvia Valencia, Alexander Jiménez, Estela Margarita Quintana.

  

A la Izquierda: Luis GabrielVelasquez, alexandra salazar, alberto Rodriguez, Nahun Montt. A la Derecha: Elizabeth Ruales, David Vasquéz, Ana María Díaz Collazos.

La literatura como insomnio

La literatura como insomnio

Durante una noche de insomnio de un otoño cuatro personas mayores ven pasar los segundos, los minutos, las horas, todo el tiempo del mundo. Dos mujeres y dos hombres: una enfermera y un policía (funcionarios obligados a una servidumbre de tristezas y crímenes de Estado que marcarán sus caracteres), una madre a la que se le suicida una hija con 15 años y un propietario rural. Voces que se lanzan a tumba abierta a la rememoración de los hechos más importantes de su existencia mientras luchan, no se sabe muy bien, por dormirse o por no dormirse. A veces, hartos de tanta desolación sin arreglo, parece que quisieran borrarse de la conciencia, cerrar los ojos y fugarse hacia la nada. Pero en muchas más ocasiones dan la impresión de que su insomnio es vocacional: seguir despiertos les garantiza no quedar disueltos en una inexistencia donde tendrían que convivir a la fuerza con sus pesadillas; mantener los ojos abiertos, abierto el libro donde se van escribiendo sus obsesiones, les libra de esa muerte que presienten hermanada con el alba, ese final que afila su lápiz detrás de las primeras luces del día. Cuatro voces en la novela Ayer no te vi en Babilonia que se entretejen formando nudos y redes que acaban atrapando a su autor, el portugués António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), el cual aparece esporádicamente en notas caídas en el texto del tipo "me está gustando escribir esto, ¿me seguirá gustando al revisar el capítulo?" o "respecto a los pájaros problema idéntico al de los árboles; ¿gorriones?", y atrapando también a los lectores, a los que se exige un esfuerzo por seguir el hilo enredado de las historias similar al esfuerzo que realizan los personajes por soportar el peso de una noche tan larga.

Cuatro monólogos interiores que, en efecto, se entrecruzan sin contribuir con ello a construir un único relato poliédrico, como sería el caso del Faulkner de Mientras agonizo o Santuario, sino a crear una atmósfera común de desánimo y desilusión, de acabamiento y miedo a los fantasmas del pasado (sobre todo en el caso del policía, al que se le aparecen los espectros de un mendigo o de un sacristán a los que tuvo que ejecutar por el bien de la Iglesia y del Estado), de pacto imposible con los errores propios y las miserias de una sociedad en descomposición. Una atmósfera que no la crea ninguna clase de sentido o símbolo oculto o de experiencias ejemplares, universales, sino los jirones sueltos a los que han quedado reducidas sus vidas, esos retazos de vida que se empeñan en no dormirse quizás para que tampoco se duerma el pueblo del que forman parte, llámese Portugal o la raza humana. Voces sin cuerpo o mejor: las voces del cuerpo cuando se expresan sin la mediación de la conciencia, cuando las dejamos alzarse desde las entrañas.

Lobo Antunes titula enigmáticamente este libro con una frase en escritura cuneiforme hallado en un fragmento de arcilla de 3000 antes de Cristo. La Babilonia y el ayer a los que se refiere, ¿son el tiempo y el espacio de la invención de la escritura, ese lugar y ese momento en los que los humanos nos atrevimos a esa otra clase de insomnio que es la literatura? Un insomnio que, desde luego, padece un autor con una facilidad prodigiosa para enlazar obras maestras (inolvidable, por ejemplo, su trilogía sobre la muerte e inolvidables sus crónicas, entre las que recomiendo Receta para leerme o La compasión del fuego) que dentro de 5.000 años, en arcilla o en polvo de estrellas, seguirán leyéndose con pasión.

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

Como Ulises Lima – el poeta mexicano de los Detectives salvajes – Mario Mendoza estuvo preso en Israel, en donde agarró un insomnio que todavía lo asara. Es un escritor del realismo degradado. (Auster más sucio). Todo el discurso de Mendoza es vehemente, lo que quiere decir: conmueve. Salpica – en dosis homeopáticas - su conversación con algunas invocaciones budistas, a la manera de Borges, sin poder ser fervoroso, pero con el respeto por el principio a la renunciación. No sé si crea en el alma humana, esa entelequia que el budismo rechaza. Con Buda Blues se aproxima al fin de su primer ciclo del nirvana: no pasado, no presente, no futuro.

Mendoza comenzó estudiando medicina. Desde luego fue un digno fracasado que se había envenenado con literatura. Leyó las biografías de Poe, y fue capaz de anudar anecdóticamente necrofilia y romanticismo, como quien hace bucles. Evoca el amor de Poe por Virginia, con quien se sepultó en vida hasta que de su cuerpo salieron gusanos. Y hace que su mano tiemble con vehemencia al proyectarse, imitando la mano de Poe aproximándose al cuerpo cataléptico de Virginia. El temblor de la mano de Mendoza es el temblor de un maldito. Y aún así, dice que el asunto comienza con el proyecto de los hombres del renacimiento: el programa moderno. Descree del “post modernismo”. Huele en el romanticismo el punto de giro del proyecto. El comienzo de la saturación final del sistema, el signo inicial, la primera convulsión. El mismo se contagió de un cierto malditismo que le enseñó a ver precisamente en la frontera entre el subsuelo y el suelo, entre lo claro y lo oscuro, entre lo callejero y lo subterráneo. La franja de donde saca los personajes que mete a sus novelas. En donde encontró a Campo Elías Delgado, ex boina verde y asesino serial del Pozzetto.

Hizo, con no sé qué paciencia, todo los estudios posibles de literatura, terminó en el Instituto Ortega y Gasset. Y luego incurrió en la docencia, como todos los que necesitamos un salario. Un día el escritor se le encabritó y lo obligó a tirar la academia. Renunció en un rapto casi histérico, al leer una frase encontrado en una gruta navaja: ¡lánzate: el suelo aparecerá!

Mendoza no habla mal de ninguno de los novelistas contemporáneos, ni corta cabezas a la manera de Alvarado, ni es capaz de hacer de la denigración una de las bellas artes, como Vallejo. Para él los escritores de su generación forman un equipo. Todos trabajan por la novela, todos resisten, todos trepan, descienden. ¿Cómo se podría denigrar de un resistente? ¿Cómo se podría juzgar a un coequipero?

Ha tenido el tiempo de leer todas las novelas del mundo y se ha impuesto la tarea de escribir tres páginas al día, que imprime al final de la jornada y lee en voz alta a la manera del Gabo, para escuchar su ritmo. Mendoza solfea con las oraciones, divide el párrafo en compaces. Hace escaletas para las novelas. Y trabaja en overol. Es un trabajador de la escritura, que cumple su tarea diaria, para ganarse la vida. Y se la gana resistiendo. Por que para él, escribir es resistir, el acto por el cual la potencia erótica se contrapone al gran mal. Y si hay un escritor del mal en Colombia, que escribe sabiendo de qué habla, es Mendoza.

MARIO MENDOZA CON EL TALLER ECHEME EL CUENTO

MARIO MENDOZA CON EL TALLER ECHEME EL CUENTO

En la foto, de Izquierda a derecha, Ana María Díaz, Elizabeth Ruales, Carlos Sanchez, Olga Ardila, Alberto Rodriguez, Mario Mendoza, Martha Rengifo y una que se nos coló.

Fue una jornada y media en la que se nos habló de anarcoprimitivismo, la pasión y el oficio de la escritura, la relación de las letras con el cine y la disciplina que ha de tenerse para escribir. Una jornada y media en las que felices nos dejamos imbuir por las palbras del escritor de Satanás y nos quedamos con la consigna de que la literatura es una forma de resistencia contra el sistema.    

EL AHORCADO SOBRE EL VTLAVA de David Vásquez

La Escritura es una amante exigente y posesiva,

eso aprendió Baruk en esta sublime historia

de David Vásquez

Baruk Sharvedcia, en silencio, y su rostro sin sentido, sin mirada; el pálido mensaje de sus labios secos y ella, Ivana Brno, anciana, deshaciéndose en ayeres, en lágrimas de niebla que se escapan entre los dedos. Ivana, sus manos como mariposas marrones, sólo se sentó en el zaguán para ya no esperarlo. Baruk es ahora una plegaria atardecida y ella una flor de muerto que se marchita bajo la lluvia de Praga.

             A Baruk lo velaron en su casa, Ivana y unos cuantos vecinos completaron la escena, hubo una sola vela y una sola flor; la caja, de madera oscura y de distancia. Al otro día lo enterraron, no hubo servicio.  El rostro de Ivana era del color de las losas. El  sepulturero hizo su trabajo en silencio y sin prisa, los vecinos se marcharon tan pronto acabó todo.  Nadie se quedó con la viuda, solo la densa lluvia, el recuerdo de Baruk.

            Ahora el olvido habita entre los muros de la casa, entre los silencios obligados, tiene su morada siniestra en los párpados cerrados de Ivana Brno; sus manos que son como mariposas marrones se aferran a las cortinas, acarician al ausente.

            Baruk era escritor; deambulaba sin sosiego entre las letras como un exiliado de tierras lejanas, se perdía, se hundía sin esperanza bajo el pesado cieno de sus hojas blancas y vacías.  Baruk no podía escribir, lo había hecho hace tiempo cuando era joven y la vida le daba para ello. Tras sus escritos había una suerte de revelación inusitada, aparcían en instantes inesperados. En esos días caminaba Praga con libertad y en alguna esquina distante, de pronto, aparecía un buen cuento.  Luego pasaron los años, sus oídos se cerraron y las letras se marcharon para siempre. Baruk hasta el día de su muerte buscó sin descanso sus escritos entre las calles de Praga, pero esta se los negó.

            La lluvia de Praga es como una melodía de murmullos, las gotas se estrellan contra las ventanas como un estrépito de infantes.  Es una lluvia densa y aletargada que escruta el silencio.  Ivana ve su reflejo en el cristal, piensa en Baruk y en su tumba, en las hortensias que le llevó ayer por ser domingo, seguro  van a quedar regadas por el mármol como cadáveres  violeta.

            Esa mañana trágica el ahorcado sobre el Vtlava era Baruk Sharvedcia, colgado bajo el puente, una frase cortada por el frío.  En su cuento final, cuando escribió la última letra de la última palabra, el lápiz  no se despegó del papel, hizo una raya que corrió por la mesa hasta el río donde halló la muerte enredada en una horca.  El final se le quedó entre los dientes y Praga por fin lo perdonó.

             Ivana supo entonces, como lo sabe ahora, que Baruk murió el día en que por fin pudo volver a escribir y también sabe, muy a su pesar, que había dejado de hacerlo justo cuando la conoció. Ella nunca entendió por qué tenía que ser así, pero en su sabio corazón siempre supo que Praga cobraría su deuda, que Baruk se marcharía como una hoja de papel que se lleva el Vtlava, con un final atravesado en la garganta.

            El día que murió, Baruk se paró en el filo del puente, levantó su cabeza y las gotas se estrellaron contra su rostro como un estrépito de infantes, arriba el cielo gris de Praga, insondable como el silencio de su pluma.  En la mano izquierda, una hoja de papel con un cuento, el último,  en la derecha la pluma que lo filtró.  Afuera Praga hecha de voces lejanas, Baruk podía escucharlas todas, le decían al oído un secreto incierto y olvidado: 

—Esa noche en que se callaron todas las esquinas Praga te maldijo en los ojos de Ivana Brno. 

            Cuando Baruk escuchó esto, la hoja con el cuento se soltó de su mano y calló  sobre el Vtlava, se hundió para siempre.

 

Concurso de selección para detectives salvajes

Abierto el concurso del Taller Ëcheme el Cuento:

                                                       ¿Quién demonios mató a Cesárea Tinajero?