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Écheme el Cuento

¿DÓNDE ESTÁ LA MANZANA DE ADÁN? VI y final.

¿DÓNDE ESTÁ LA MANZANA DE ADÁN? VI y final.

Carmen acababa de recubrir su pezón después de que Libertad lo hubo decorado con un fuerte mordisco cuando vio a Los Fundadores. Si Aníbal al percatarse de la situación la cubrió con su cuerpo no fue por un arrojo increíble de valentía. Había recurrido al más profundo de sus instintos para proteger la vida, no pensó en ningún momento que Carmen fuese más débil que él, al fin y al cabo era bruja y había transformado a un hombre en sapo.  Lo hizo porque era un Hombre y una de las funciones de un verdadero Hombre es la de proteger la vida. Lo siguiente de lo que se percató era que había una enorme cantidad de bestias con apariencia humana que se abalanzaban sobre él así que tomó a la niña con una mano, la apretó contra su pecho, tomó a Carmen con la mano libre y corrió como si se le fuera la vida en ello.

Sí, los héroes corren cuando es necesario; sí, de nada vale morir como un héroe si no se cumple con el objetivo. Aníbal puso a Carmen a salvo en un edificio donde había un letrero que ponía Duke´s y luego se lanzó con toda su fuerza, esperanza y valor contra Los Fundadores. La Profecía al fin se cumplía. 

Esto era lo que las Brujas intentaban hacerle entender a Sara, que esperaban un héroe que se llamaba Aníbal aunque hubiese dado lo mismo que se llamara Samael, Diego,  Sigfrido, Arturo, Marcelo, Eduardo o Agustín. Lo importante es que era un héroe. Como los de antes, todo músculo, poco cerebro y valor. Que también la esperaban a ella pero que había llegado demasiado temprano, que su función era tener una niña con ese héroe  pues esa niña sería la que pondría en orden todo después del Fin del Mundo. Ese es el problema de las brujas, viven demasiado tiempo y eso les reblandece el cerebro, creían saber de que se trataba todo y se sentaban a discutir con tranquilidad sobre el destino y esas cosas sin percatarse que el Destino hace rato les había dado alcance y se cumplía de la mejor manera posible sin importarle un pimiento su soberana opinión. El destino estaba entrando en los brazos de la más joven de la tríada con una niña que lloraba sin dársele nada, mientras que un joven héroe era molido a palos por una turba desenfrenada que insistía en que ellos eran Los Fundadores y que iban a conquistar la ciudad gustase a quien le gustase.

Las Tres, que ahora eran Cuatro, entendieron lo que estaba sucediendo cuando Libertad por fin se calló. Sin dudarlo un instante salieron todas ira y furor dispuestas a salvar al tan esperado héroe de la profecía. No pudieron hacer nada sin embargo. Aníbal se hallaba sentado a la puerta del Duke´s sangrando por veinte heridas diferentes, con un pie roto y la nariz en igual estado blandiendo sin mucha convicción un cuchillo ante él protegiendo lo que sabía que debía proteger aunque la vida se le fuera en ello como le estaba ocurriendo. Cuando vio a las cuatro mujeres, una con una niña en brazos, su ardor se renovó pero no sirvió de nada cuando un pedazo de silla le dio en la cabeza y lo sumergió en la oscuridad. No se enteró del resto sino horas después cuando despertó sobre una mesa de billar.

Sus heridas se hallaban vendadas y una mujer, vale una chica, que no conocía le ponía paños de agua fría sobre la frente. Tanto Olga como Carmen y Martha Paulina se hallaban un poco apartadas discutiendo en susurros audibles a un kilómetro a la redonda como era posible que tantas cosas se les hubiese pasado por alto. Cuando se percataron que Aníbal se había despertado todas fueron ante él  para darle las gracias y decirle que podía visitarlas cuando quisiera. Por supuesto nadie le dejo alguna dirección y Aníbal vio como se marchaban sin volver la vista atrás excepto Carmen que tan sólo se volvió para mirarlo con congoja. Pero sólo lo miro un poquito, sólo un poquito.

Sólo Sara se quedo con él, curando sus heridas, cuidando de él y preguntándose como suponían aquellas viejas brujas que ella se iba a enamorar de él, sobre todo cuando había quedado tan mal parado y ellas habían tenido que salvarlo después de todo convirtiendo a Los Fundadores ora en sapos ora en patos que se tragaron a los sapos y que luego fueron a servir de alimentos a otras especies.     

El caso es que pasó. Pasó como tenía que pasar, con el transcurso de los días ella se dio cuenta que tenía más cerebro y menos músculo de lo que las brujas creían, que era dulce a su manera y capaz de aceptar que sentía miedo y respetarla, y que al fin y al cabo no estaba tan mal. Él en cambio vio lo que todo hombre sabe ver, a saber, que se trataba de una mujer, vale una chica, que tenía una curiosa manera de irritarse frunciendo los labios y sacando la lengua, que era poseía una inteligencia terrible y perspicaz. Lo único que nunca pudo aguantar fue lo de la comida vegetariana, al fin y al cabo ella nunca le perdonó que le gustara Ricardo Arjona.

El Fin del Mundo fue el Fin del Mundo y nada volvió a ser como antes sobre todo cuando la gente se hartó de vivir en medio de una ciudad donde nada quiso volver a funcionar. Así que como personas con sentido común todos se largaron a los campos a vivir felices y comer perdices.

Muchos años después una mujer llamada Libertad le dio un nuevo orden a las cosas, un orden verdadero donde las decisiones se tomaron con toda la razón del mundo pero también con todo el corazón. A menudo se descubría pensado que habría sido de ese hombre llamado Aníbal y de esa mujer llamada Sara, aunque sus nombre no importaran, de los que tanto le habían hablado su madre y sus tías. Se preguntaba sobre todo que sería de ellos, si habían logrado su propio Edén. Ella lo creía así, con un hombre y una mujer como ellos no podría haber ninguna manzana que les quitara el paraíso.

                                                                                               FIN

                                                                                            AL FIN 

AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

 Raudo y mortifer, Carlos sanchez nos trae la historia de un ejercito derrotado...

 Tenían poca idea a dónde ir, así que huían hacia cualquier lado, acosados por algo que ni podían ver ni sabían que era, pero que los perseguía. Corrían como ratas ante un fuego que, más que daño, producía un intenso dolor que se propagaba por todo su cuerpo y se apoderaba cada vez más de ellos a medida que pasaba el tiempo.

La oscuridad invadía el lugar y también sus almas, lo que hacía que el temor y la ansiedad aumentaran a medida que el tiempo pasaba. Estaban cansados y aterrorizados. A veces solo oían sus pisadas, otras ni sabían si eran las propias o las de sus perseguidores.

El pánico los llevó a una maraña de altos y extraños árboles, en donde se dieron cuenta que no había el menor atisbo de viento y se preguntaron si era día ó noche.

Uno de ellos se percató que a veces no veía a sus compañeros. Tal vez se trataba de neblina, penumbra del bosque, algún tipo de hechicería extraña que lo cegaba, o sus propios ojos cansados de buscar y mirar por doquier, habían preferido cegarse para descansar.

De repente un extraño grito, tal vez proveniente de uno de ellos, los sacó de cualquier cavilación y reanudaron la huida, desesperados corrían sin rumbo, sin ver más allá de un metro, estrellándose contra árboles y quién sabe contra qué otra cosa. El cansancio los vencía, sus mentes se embotaban y les jugaba malas pasadas. Desfallecían, pero seguían corriendo.

En medio de un pequeño claro el desespero los envolvió y sacaron las armas. Uno tomó, de la espalda de otro, un hacha de batalla que no era propia y sus brazos empezaron a atacar desbocados al viento. Provocados hasta estallar, habían perdido el control y trataban de destrozar lo que fuese. Así que los filos de las armas caían sobre el suelo, los árboles e incluso sobre ellos mismos.

En un atisbo de genialidad, autoridad o locura, uno dio la orden de seguir en marcha. Levantaron los heridos, a uno que había perdido el sentido, y se desangraba a borbotones, lo cargó el más fuerte. Reanudaron la carrera mientras intentaban no caer al suelo o a la locura total.

De repente se dieron de frente contra un inmenso muro de roca maciza que se perdía en la distancia, parecía que rodeaba completamente el bosque, como si de una suerte de laberinto maligno se tratase. Alguno dijo que deberían volver por donde entraron, pero nadie sabía como hacerlo. Incluso se preguntaron si alguna vez habían estado fuera de tal bosque.

También se dieron cuenta que los árboles se acababan repentinamente a varios metros del inmenso muro, como si ni siquiera las plantas desearan o pudieran tocar la imponente pared, sin embargo eso les permitió ver el sol que alegró e iluminó sus miserables y patéticas existencias por solo un instante y los llevó a través de las olas de los recuerdos a pasados distantes más tranquilos, o al menos más felices.

Alguno pensó en la maraña de libros que dejó sin leer. Otro recordó a su antigua pareja, muerta bajo sus propias manos. Uno mas pensó en su abuela dilapidada hace tanto. Otro evocó las múltiples batallas perdidas por su culpa. Mientras, el más fuerte, volvió a verse sobre la última pila de muertos cercenados a golpes de su portentosa arma, pero todos también recordaron que intentaban huir. Pretendieron escalar el muro, pero resultó demasiado alto, demasiado liso, demasiado viejo, demasiado en todo sentido. Además, con varios heridos y uno de ellos desmayado era imposible de escalar, tampoco la magia funcionaba, ni los pergaminos, conjuros o invocaciones, así que estaban abandonados al otro lado del muro, sin saber si atravesándolo iban a encontrar la serenidad anhelada o simplemente la muerte.

Estaban desahuciados así que pusieron sus propios cuerpos como escudos para defender a los heridos, pero lo único que les dio alcance fueron sus sombras.

Así que esperaron, pero nada sucedió, siguieron aguardando hasta que se levantaron algunas hojas y en medio de un grito de furia atacaron.

Cuando uno de ellos se dio cuenta de semejante idiotez no pudo más que reír y los demás rieron con él, en medio de las risas se sintieron libres, pero mientras estas se apagaban, también lo hacían algunas vidas, pues uno de ellos vomitó sangre y luego no pudo evitarlo a pesar que se tapaba fuertemente la boca con ambas manos; siguió vomitando hasta que todos sus nueve litros de sangre inundaron los linderos del bosque.

Una sombra de duda atravesó los ojos de todos y antes de comprender que sucedía una inmensa silueta, mucho más grande que la de un elefante gigante, salió de la nada y aplastó sin miramientos al desmayado. Del aventurero más inteligente solo quedaron sus ropas dibujadas en el ensangrentado suelo del bosque.

Mientras la silueta se desvanecía, el mas hábil de ellos fue invadido por el pánico y sin pensarlo lanzó su soga hasta lo alto del muro, pero esta no era lo suficientemente larga y cayó al piso, sin embargo por obra de alguna hechicería desconocida cobró vida envolviendo a su dueño tan fuerte que le sacó los ojos de las orbitas y las costillas se le clavaron en los pulmones.

Un rezo desesperado fueron las únicas palabras que salieron de la boca de uno de los últimos héroes en pie, y pareció ser escuchado, pues de repente su cuerpo entero fue envuelto en un haz de luz proveniente del mismísimo cielo, pero como si de una burla maligna se tratara, la luz se intensificó tanto que su armadura se derritió sobre su cuerpo cocinándolo mientras oraba.

Al ver que cada intento de escape era acompañado por un aventurero muerto, el más fuerte de todos se despojó lentamente de su armadura, lanzó por los aires su gran espada, extendió sus brazos y gritó tan fuerte su nombre que al otro lado del muro debió haber sido escuchado, y así esperó con orgullo su muerte.

Fue entonces que una multitud de sombras encorvadas y amorfas se lanzaron sin piedad sobre él, quien a golpes destrozó la mayoría de los ataques recibidos, sufriendo múltiples heridas, pues las sombras desgarraron buena parte de su cuerpo, sin embargo siguió en pie a pesar de estar totalmente exhausto y no ser mas que un guiñapo sanguinolento.

De repente una voz extraña, gutural y lejana dijo – el laberinto solo se abre ante el más apto, ahora está abierto para ti, puedes ir en paz.

Ante los ojos asombrados del último de los aventureros el muro de piedra se abrió y dejó ver una verde y calma planicie. Extenuado y algo atontado por el combate y la inmensa perdida de sangre, se encaminó torpemente hacia la abertura atravesándola triunfalmente, para encontrarse con la tranquilidad solo conocida por aquellos que culminan una ardua misión. Pero en medio del éxtasis producido por su buena fortuna no se percató del particular dolor que empezaba a recorrer su cuerpo y antes que pudiera explicarse que sucedía cayó muerto de un hachazo en la espalda sin alcanzar a estar al otro lado.

 Con miles de inmensas gracias al DM. Cesar V.  También a la memoria de los grandes laberintos.De los cuales el de Jim Henson es el mejor.

EL AVION FANTASMA

EL AVION FANTASMA

Martha Rengifo nos comparte una historia desoladora...

   Se quitó los pedazos de lona vieja cuando la luz del día ya era completa. Se levantó como quien teme desbaratarse al hacer algún esfuerzo. Miró la piel que sólo cubría los huesos en un pedazo de espejo y fue consciente del viejo dolor en la boca del estómago. Salió arrastrando los pasos hasta el pozo, sacó el agua lodosa sin afanes, luego la filtró en una tela, después, con cuidado, bebió el agua rosada, un trago muy pequeño que sin embargo hizo mover de manera visible su vientre con un dolor agudo. Al segundo sorbo vomitó teniendo la precaución de dirigirse al más próximo de los dos árboles enteleridos, un zapato cubrió la ofrenda con tierra. Ya calmado siguió bebiendo mientras miraba el horizonte.

Era una llanura gris con algunos montículos, lo único que llamaba la atención era la derruida pista de aterrizaje, atrás del hangar había algunos restos de aviones, demasiado viejos, demasiado. A lo largo de la pista de aterrizaje corría una cerca de alambre de púas que desaparecía al desbaratarse por completo, la cerca estaba cubierta de telarañas.

 —Yo, pronto haré una sopa de arañas. —dijo. —La semana que viene, tal vez.

Atrás de la cerca los montículos aumentaban, sólo se veía eso.

Regresó al Hangar, así lo llamaba él, se denominaba a sí mismo Yo, estaban con él Arbol Grande y Arbol pequeño, La Cerca, El Pozo, nada más. Hangar era una enorme y alta construcción, una inmensa caja de madera. En un rincón un viejo catre de resortes rotos que cubría con pedazos de lona, una cocineta con algunos trastos, el resto era un vacío de polvo, herramientas inservibles, más pedazos de aviones.

 Recostado en el catre, oyó un avión que empezaba el aterrizaje:

—Hangar, ¿lo —oíste? ¡Ya llegó el avión fantasma!

Abrió la puerta doble, se dirigió a los dos árboles y orinó mientras el avión pasaba sobre los huecos y la basura, raudo, sin accidentarse, a través de avión se podía ver el paisaje gris.

Cuando el avión fantasma se detuvo, se bajaron unos soldados fantasmas, que se subieron marchando en un camión fantasma, eran transparentes. Se desvanecieron en un instante y volvió el silencio.

— Árbol Grande, ¿Crees que es algún truco técnico? —le dijo al más alto y deshojado. —Son fantasmas. ¿Los has visto? Pequeño, tú me crees ¿Verdad?—habló en un tono más tierno.

Se oyó el ruido de otro avión, uno igual al otro hizo el mismo milagroso recorrido, los soldados bajaron agachados bajo el peso de sus morrales, esta vez caminaron un poco alejándose de la pista, se sentaron mirando hacia donde debía venir el camión, unos minutos después llegó éste, se montaron y desaparecieron como los otros.

El lugar se llenó de actividad, los aviones iban y venían, los soldados fueron arremolinándose en grupos que esperaban su turno para salir.

El hombre se dirigió a uno de los grupos que había escogido desde antes, con discreción, se acercó por atrás a uno de los fantasmas.

—Dónde quedará el pueblo? —le preguntó

—¡Qué diablos sé yo! —contestó el otro volteando la cabeza rápido y sorprendiéndose ante el vacío. Se quedó mirando alrededor.

El hombre buscó a otro soldado que estuviera entretenido.

—¿Dónde quedará el pueblo? —preguntó.

—Debe ser allá. —contestó señalando la dirección contraria a los camiones

—¿Dónde guardarán la comida?

—¿Comida? —Y buscó la voz que le hablaba. Apretó con fuerza el brazo de su compañero.

— ¿Qué pasa? —le gritó su compañero sacudiendo el brazo con brusquedad.

—Un hombre me habló.

—Aquí sólo hay hombres.

—Quiero decir… otro, oí una voz, ¿la oíste? El tipo era horrible y transparente.

—Estás viendo fantasmas a plena luz del día.

—Sé lo que vi.

—Yo, los fantasmas vieron un fantasma. –se fue diciendo y emitiendo una risita parecida a una tos.

El día le había dado nuevos ánimos. Se apresuró hacia el hangar.

—Hangar, Hangar…  —gritó. Aunque lleve mucha agua soy incapaz de llegar al pueblo… si existe. ¿Sabes que puedo hacer?  ¡Construir un avión!  Tomaré todas las piezas buenas, buscaré manuales, ¡Es una lástima que haya quemado tantos! ¿Qué te parece, Hangar? Dejaré de molestarte.

Fue de un lado a otro durante unos minutos hasta que exhausto se desplomó en el catre.

—¡Avión! ¡No sé nada de aviones! ¿Sabes que haré? ¡una cometa! ¡Una cometavión!, iré por esa lona que huele horrible y haré una.

Muchos días, sin prestar atención a los soldados fantasmas trabajó con las manos vendadas por la agotadora ocupación. Se había imaginado una cometa con forma de ganso salvaje y lo que hizo parecía un murciélago desteñido. Sin poder darse el lujo de probarla, improvisó una polea y la subió al techo del hangar.

Esperó la corriente de aire con paciencia, cuando llegó maniobró mejor de lo que se había imaginado, alzó el vuelo evitando los montículos quería ir hacia el Norte, pero se dirigió al occidente. El placer de volar le hizo olvidar la ruta.

Unos cactus gigantescos lo hicieron detenerse, para evitar chocar con ellos.

—Yo, ¿te das cuenta?  Estuvimos aquí una vez… ¿o dos?  ¿Recuerdas los cactus? Tenían unas frutas muy buenas…  ¡Aquí están! Yo ¡Aquí están!

Recogió las frutas con sumo cuidado, sin comerlas, con un palito metió una por una en la cantimplora llena de agua, con el resto hizo un paquete que envolvió en un pedazo de lona que metió bajo la camisa. Luego tragó con cuidado, la acidez del jugo lo hizo temblar. No bebió más.

Buscó el montículo más alto y siguió su ruta hacia el occidente. Voló por el mismo paisaje durante mucho tiempo. Encontró después algo que parecía una vieja carretera y a lo lejos una especie de casa de madera. El corazón le saltaba.

—Mira, Yo, una casa, unos árboles, debe haber un pueblo cerca. ¿Te das cuenta? Yo.

Al acercarse sintió que se mareaba. Reconoció la pista, los restos de aviones, el pozo, el hangar. Se desmayó y despertó en medio de la pista, la cometa estaba rota, se zafó sin precauciones, revisó la cantimplora: estaba llena, buscó el paquete bajo la camisa: seguía allí.

—Hola Hangar. —Saludó al sitio sin rencores. ¿Me extrañaste?  ¿Te hice falta? —Se rió sin ganas. —Hangar, no me perdí las otras veces, Yo tenía razón, estamos en el infierno.  

 

LA NIÑA DE VESTIDO AZUL

LA NIÑA DE VESTIDO AZUL

                                                David Vásquez Hurtado, haciendo gala, de una prosa corrosiva nos presenta la espantosa verdad de la    mente infantil.   Cuento con bicho.  

—¡Shh! Nadie debe darse cuenta  —dijo la niña de vestido azul a la cucaracha que apresaba con su mano. Luego imaginó a su madre en la puerta y preguntándole dónde había estado, le respondería:

—¡Buscaba un regalo para ti!

Seguro ella se alegraría, cerraría los ojos y abriría las manos para   depositar en ellas el regalo. Imaginó los gritos despavoridos, la más absoluta y enfermiza mueca de repulsión. Sería muy divertido —La niña sonrió en silencio.

Cuando llegó a casa, no encontró a su madre esperándola en la puerta, pero, una vez entró, la llamó a almorzar.

—Nos sentaremos a la mesa, porque así lo ha ordenado mamá. Tù quédate quieta, si te descubren antes de tiempo se arruinará la sorpresa —dijo la niña de vestido azul a la cucaracha.

Encontró servido un plato de sopa. Mantuvo prisionera  con una mano y con la otra tomó la cuchara. En ese instante, imaginó que la echaba en el plato delante de su madre y le decía:

—Mira con lo que acompaño tu apestosa sopa, una horrible cucaracha.

Con esto la mujer se levantaría de la mesa, presa de las nauseas, correría alrededor del comedor y se alejaría del lugar con rapidez. Sería muy divertido, pensó.  Pero entonces le lanzó una pregunta sorpresiva:

—¿Por qué tienes esa mano bajo la mesa?¿Qué escondes?               

La niña se asustó y, de la impresión, apretó con fuerza la mano que aprisionaba la cucaracha. Luego sintió como un líquido viscoso  y tibio se colaba entre sus dedos y goteaba al piso por los nudillos.

—No tengo nada —Palideció y una expresión de infinito desagrado se dibujó en el rostro. Imaginó que sonreía con absoluta naturalidad, miraba a su madre a los ojos y le decía:

—¡Es solo un regalo para ti. Cierra los ojos y abre la boca!

La mujer desde luego se alegraría, cerraría los ojos, abriría la boca y entonces la niña introduciría en ella la cucaracha aplastada. Imaginó que la madre abriría los ojos de inmediato y se verían tan grandes como nunca habían estado. Su rostro se pondría de todos los colores y escupiría sobre la mesa para luego salir corriendo del lugar. Sería muy divertido, pensó.

—¿Qué pasa, qué tienes allí? —volvió a preguntar.

—Es solo una fresa que recogí en el campo —respondió la niña.

—¡Pues cométela de una vez!  —le ordenó.

No supo qué hacer, sintió miedo, asco y rabia. Miró a su madre, acercó muy despacio la mano a la boca y llevó la cucaracha adentro. Imaginó luego que la masticaría, para después mostrarle lo que le había hecho comer. Acto seguido colocaría la cucaracha de nuevo en su mano y, puesto que la mujer se encontraría aturdida, se la untaría por la cara. Uno o dos segundos después reaccionaría, tomaría el mantel para limpiarse en medio de sollozos, para luego salir despavorida del lugar. Sería muy divertido, pensó.

—¡A ver mastica! ¿No me has escuchado? —dijo la madre cruzando los brazos.

La niña trató de hacerlo, sintió las patas y las antenas entre los dientes, un líquido agrio y pegajoso se esparció por su boca.  

—!PUAJ! —La niña escupió sobre la sopa. Justo en el centro quedó una masa sin forma de lo que parecía ser un bicho espantoso.

—¿Qué te haz metido a la boca? —gritó.

La niña la miró y le dijo:—Es una cucaracha que encontré en el jardín para jugarte una broma.

En ese preciso instante imaginó una respuesta muy distinta:

—Es una cucaracha que traje para, de cualquier forma, hacértela comer.Así ella se aterraría, se levantaría indignada de la mesa y se marcharía de inmediato. Sería muy divertido, pensó.

La madre rompió en llanto —¡Qué cruel he sido, pobre hija mía! —y se abalanzó sobre ella para abrazarla.

La niña de vestido azul se quedó quieta, se dejó abrazar. Luego miró los restos de cucaracha que flotaban en el plato de sopa, los tomó y,  sin que se diera cuenta, se los untó en el cabello e imaginó lo que sucedería en la noche cuando se fuera a peinar.   

 —¿Podrás perdonarme?  —preguntó la madre.La niña sonrió en silencio y pensó:

—Será muy divertido.

DONDE ESTA LA MANZANA DE ADÁN V

Aníbal llegó donde Carmen cerca del alba. Llegó con un pie luxado, cubierto de aruñetazos y oliendo como sólo saben hacerlo los leones en celo y los chicos que aún no saben que existe el desodorante. En lugar de encontrarse con Carmen esperando con paciencia la puerta de su casa se encontró con una batahola de los mil demonios dentro de ella. Mario, el esposo de Carmen, había llegado borracho a la madrugada  preguntado qué CARAJOS hacia ella en la puerta en lugar de estar esperándolo en la cama.  Así que lo siguiente que pasó fue el sonido de puertas que se azotan y el vuelo de múltiples objetos de cristal y porcelana en un movimiento y una agitación nada dignas de una bruja mucho menos de una de las Tríada. Así que para terminar de zanjar la cuestión y sabiendo que Aníbal, el futuro invencible Aníbal, se hallaba en la puerta de la casa en busca de alguien que le consolara y le dijera que hacer, Carmen convirtió a su marido en sapo el cual actuando en consecuencia, por una vez en su despreciable existencia, se fue a croar cerca de la charca más cercana mientras esperaba que se lo tragara un pato y es ahí en donde lo dejaremos en esta historia, esperando también que se lo coma el pato o que lo atropelle un camión o las dos cosas a un mismo tiempo.

Cuando al fin Carmen salió a la puerta se encontró con un muchacho solitario, tímido, confundido y cojeando de un pie. No importa que fue lo que él vio en cambio importa que se acercó y la abrazó. Se olvidó de sí mismo, de su dolor y de su cansancio y la consoló. No tenía ninguna idea de que lo que estaba haciendo era justo lo que se esperaba que tuviera que hacer. Nada de matar dragones en ese momento sólo consolar a una mujer que necesitaba ser consolada y escuchada. Esa es la madera de los héroes, servir a los que lo necesitan. En ese instante y por obra de su nobleza Aníbal se convirtió en Hombre. El primer paso había sido dado. Lo siguientes en verdad fueron menos importantes. El amor que le demostró fue el de un Hombre a una Mujer, no en el sentido erótico de la palabra sino en el sentido humano de ella. No dijeron nada más. Él tomó a la niña en sus brazos, Libertad, la habían llamado Libertad, y con Carmen a su lado se dirigió en busca de su destino. 

Al mismo tiempo Sara se hallaba en el último piso de un imponente edificio junto en el centro de la ciudad. Desde ahí la ciudad se veía minúscula, alumbrada aquí y allá por grandes y pequeños incendios. Grupos de personas son miradas salvajes se movían sin orden ni concierto. Una pequeña luz en el oriente, quizás una estrella, le indicó a Sara el lugar al que tenía que ir. Se arrodilló, sacó algunas varas de incienso de su macuto y oró en silencio. A sus pies se hallaban los restos de una civilización colapsada por la sinrazón y Sara la vio tal cual, se percató de los hilos de decisiones lógicas que habían permitido que todo se desmoronara. La divinidad que se halla en todas las mujeres la transfiguró. La sabiduría se despertó en ella sin pedir ningún permiso. Sara, Mujer entre todas las Mujeres, se levantó. Dejó su macuto olvidado en lo alto del edificio, recorrió de nuevo los cincuenta pisos que había subido y se dirigió hacia el lugar en que la estrella brillaba. Era hora de poner de nuevo todo en orden. 

Si el fin del mundo bastase para poner sentido común en la cabeza de los seres humanos seríamos optimistas. Lo primero que hicieron los hombres en el amanecer del nuevo día fue asaltar las joyerías, los bancos, los supermercados y a otros seres humanos. Lo primero que hicieron las mujeres fue insultar a los hombres y correr a las grandes tiendas a vestirse con jeanes Diesel y vestidos de Coco Chanel, a perfumarse con Carolina herrera y a preguntar donde estaba la hermana de aquella que se vestía como una cualquiera mientras su esposo la engañaba con tales... El fin del mundo no cambió nada sólo redujo a los seres humanos a su barbarie básica que tenían que llenar con sus necesidades adquiridas.  

Él se irguió solitario y poderoso en ese amanecer del Fin del Mundo. Su nombre no importa aunque esté ahí. Su nombre no importa porque todos lo conocemos en el interior de nosotros mismos en ese momento en que nos hartamos de las largas filas y los trancones y los malos tratos de los otros. Sobre todo lo conocemos cuando nos hemos hartado de alcohol y de drogas y queremos que el mundo se incendie a nuestro paso. Después de asimilar su miedo, el que lo asaltó en medio de esa larga noche, organizó un grupo de otros como él por medio de gritos y amenazas. Los armó con garrotes y cuchillos. Les dio un nombre, Los Fundadores, les dio cargos y funciones y una vez hecho todo esto se lanzó a la conquista de la ciudad.  Aníbal caminaba adelante con un cuchillo en la mano, Carmen lo seguía, Libertad berreaba a moco tendido pidiendo algo de comer y quejándose de su calzón húmedo más o menos en los siguientes términos, Gua, Gua, Gua, GUAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH. Lo justo para pasar inadvertidos en una situación adversa. Carmen desvistió a su hija y le dio de mamar. Aníbal miró para otro lado no sin antes haber observado el pecho de ella un poquito, sólo un poquito. 

Olga despertó a eso de las diez y treinta de la mañana. El dolor de cabeza remitió de inmediato al ver a un pepino regordete sentado en la barra de Duke´s.

  -  Hola, dijo el pepino cuando notó que la Decana se había despertado.Si omitimos el resto de la conversación se debe al sonido pastoso de la voz de la decana y a la inutilidad de las preguntas y respuestas que ambas integrantes de la Tríada se dirigieron en esos momentos. Basta saber que ambas concluyeron que la hora de la profecía ya había pasado y que el Héroe estaba llegando tarde, por no decir que la más joven de las tres había echado todo a perder en el momento en el que se había casado. Malditos sean los hombres, malditas sean las mujeres, y de paso las caminatas y las botellas de licor, concluyeron ambas. Se hallaban en medio de estas razonables conclusiones e iban a añadir otras acerca de dios y la distribución geométrica del universo por no hablar de la carestía y de los hongos en los pies cuando entró Sara. 

Los Fundadores conquistaron con rapidez la ciudad por medio del simple ejercicio de voltear todo de revés y gritar a voz en cuello que ellos eran Los Fundadores y que reclamaban la ciudad para sí. Los gritos de terror les atraían pues allí donde está el terror es más fácil sembrar más terror y más lógico suponer que habría menos resistencia. Así que confundiendo lo aterrador con lo terrorífico se sintieron atraídos por ese Gua, Gua, Gua, GUAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH cercano.

EL ASCUA

EL ASCUA

Mortal, infinitesimalmente vieja y sabia, Ana María Díaz nos presenta este aterrador cuento:

 

El relámpago es el fuego que nace muerto. Su propia arrogancia lo suicida en el vientre del cielo. La sangre del cielo es transparente. Es lo que llaman "agua". El agua cae cada vez que el fuego muere. Por eso me llené de pánico el día que conocí la lluvia. Avancé contra la dirección del viento y me refugié  en una caverna de silencios blandos. Allí encontré un ascua rodeada de tinieblas, a punto de extinguirse. Le dije:

        —Estoy aquí en busca de calor.

El ascua se acercó a mi piel y la miró con detenimiento. Entonces vi la reacción de mis rubios cabellos.

        —Se ha excedido —le dije. El ascua se apartó y experimenté una sensación parecida al frío—. Se ha excedido —reiteré.

        —Por mucho que lo intento, no consigo corregir el exceso de calor o de frío. Es la única paradoja cuyos contrarios no logro conciliar —dijo el ascua—. Quisiera tener un equilibrio sobre la temperatura, como un trompo que girara sobre la cuerda floja y se enrollara y desenrollara sobre la misma cuerda.

            Las quejas del ascua me apesadumbraron tanto, que extravié la mirada en las tinieblas. En ellas vi que la ausencia penetraba en la ausencia, el calor en el calor, el frío en el frío.

           —El equilibrio se obtiene mirando las tinieblas —dije, sin pensar.

           —Todo el tiempo las miro —dijo el ascua.

           —Donde usted mira, las tinieblas se apartan y empieza a descubrirse el significado de la temperatura —dije.

           —El significado, mas ¿dónde el equilibrio? —dijo del ascua.

Ignoraba la respuesta a su pregunta. Entonces ensayé una respuesta cualquiera:

          —Donde usted no mira.

El ascua se acercó a mi azulada piel, sin mirarla, y vi la danza de mis cabellos. Entonces le dije:

         —¿Se da cuenta? Danzan. Es el equilibrio.

         —Así danzaban los míos antes de morir en el cielo —dijo el ascua.

         —¿Acaso fue usted un animal celeste? —pregunté.

        —Fui un rayo que, huyendo de la muerte, se refugió en esta caverna. Luego fui fuego poderoso hasta que la lluvia me convirtió en lo que soy ahora. Mi poder acabó con la selva y la transformó en este desierto. Soy un estado intermedio entre la ausencia y la presencia del fuego. Ya no soy rayo, no soy fuego ni ceniza; no soy nada; estoy más que muerto.

Sus palabras me llenaron de pánico. Salí de la caverna y sentí la lluvia. Dejé que el agua me apagara. Es mejor morir como relámpago que vivir para siempre como ascua.

                                                                                                                                                                               Ana María Díaz Collazos

LIBRO RECOMENDADO

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Silvana de Mari inicia con "El Último Elfo" una serie apasionante dentro de la literatura fantástica. En este libro conviven las criaturas acostumbradas desde Tolkien: orcos, dragones y elfos. Sin embargo, el entramado de la historia, el manejo de los personajes e incluso la misma caracterización de las criaturas fantásticas tienen un sello personal que hacen este mundo completamente atractivo sin deberle algo al creador de "El Señor de los Anillos" o a "Harry Potter".

Los personajes de De Mari son capaces de ternura, humor, heroísmo y humanidad, resultando por lo tanto una excelente lectura en estas vacaciones.

DONDE ESTA LA MANZANA DE ADÁN IV

DONDE ESTA LA MANZANA DE ADÁN IV

Por supuesto que ellos no fueron los únicos en levantarse y tener sus propias ideas. Si todas las personas hubieran tenido el mínimo sentido común de levantarse y al percibir que el mundo se había acabado reunirse con sus familias a esperar lo que traía el nuevo día pues significaría que el mundo no se hallaba tan mal en verdad. Sin embargo, nosotros si tenemos sentido común y sabemos que el mundo no se halla mal, se halla podrido. Así que unas 44.400 personas entre hombres y mujeres; niños, adultos y ancianos; blancos negros, mulatos, albinos, pielrojas, guambianos, mestizos y zambos, tuvieron sus propias ideas acerca de lo que debía hacerse en ese momento tomaron sus armas, sus drogas, su ira y salieron a la calle a hacer las cosas que tenían que hacer antes que todo se pusiera peor.

Los primeros incendios tuvieron lugar treinta segundos después. 

Aníbal fue el primer desafortunado. Es decir no tenía ideas homicidas en su mente, sólo deseaba llegar rápido donde Carmen, y caminaba sin precaución alguna cuando se topó con el primer grupo de descontentos. Aníbal no era tonto así que cuando vio la decena de personas que le cerraban el paso con risas como tiburones no lo pensó dos veces, suspiró con cansancio, sacó pecho y se largó a correr como alma que lleva el diablo. No escuchó las voces airadas tras él ni los hijueputazos frustrados de aquellos que se percataron que sus armas de fuego tampoco funcionaban ni mucho menos el sonido de los cuchillos al desenvainarse. Sólo corrió con una pequeña turba tras él.       

Olga sonreía. Tenía una copa de vino en su mano y tatareaba para sí una canción de Silvio Rodríguez. Sabía muy bien lo que estaba sucediendo y tenía una mediana idea de lo que sucedería. Al menos ella pensaba que la tenía. Un simple vestido blanco sobre su piel blanca cubría su cuerpo enjuto. Las gafas le caían sobre su pequeña nariz y se hallaba feliz. Se sentía preparada, sobre todo después de la segunda botella de vino. Todo lo que tenía que hacer era dirigirse a un viejo restaurante bar llamado “Duke’s” y esperar. Eso fue todo lo que hizo. Ninguna turba le cerró el paso, nadie intento acercársele, nadie le dirigió la palabra. El destino la dejo hacer. Era la decana de la Tríada así que por supuesto no tuvo ningún inconveniente en hacer lo que tenía que hacer. Caminar sola hasta el sitio del encuentro que por pura casualidad quedaba al lado de su casa. 

Martha Paulina, en cambio era harina de otro costal. Su papel fue pequeño pero muy importante. Había escuchado todos los delirios de grandeza, ideas incoherentes, fragmentos de texto y todo lo que le pasaba por la cabeza a Aníbal desde sus trece años de edad. Por supuesto todo aquel hato de insensateces no la había dejado muy bien parada. Temblaba ante todo aquello que tuviera patas y no fuera un gato. Las serpientes le iban un poquito mejor pero sólo por el hecho de que no tenían patas y eran amigas de los gatos, sobre todo de aquellos que se llamaban Genio, que era como se llamaba el suyo. También era hipocondríaca y en  ese momento pensaba que le iba a dar un paro cardíaco. Era lógico que pensase eso el brazo derecho le dolía con fuerza y se sentía ahogada. Claro que el hecho de haber dormido trece horas sobre su lado derecho y tener un gato gordo sobre el pecho podrían haber ayudado un poco sobre esto, pero más que nada se sentía desafortunada. Deseó que le diera de una vez el ataque cardiaco para no tener que afrontar el hecho de levantarse a esa hora y dirigirse al lugar del encuentro. Que el lugar del encuentro estuviese  en el otro lado de la ciudad no ayudaba mucho en su estado de ánimo ya que sin taxis ni motos ni bicicletas significaba que tendría que caminar hasta Duke’s, ¡ELLA SOLA! Después de esperar con paciencia hasta que le diera el infarto notó con desilusión que una vez levantada y el gato echado a patadas los síntomas remitían. Así que se puso su sudadera verde, una banda en la frente y se largó a caminar muy disgustada. Habría preferido el infarto a tener que caminar. Si a nadie se le ocurrió asaltarla o intentar violarla fue porque parecía un pepino con patas y a ningún insensato decente le gustan los vegetales.      

Sara tampoco tuvo ningún problema mucho menos con ninguna pandilla. Era una mujer, vale una chica, pero eso quería decir que era prudente. Miraba en las esquinas antes de cruzar y se dirigía con firmeza hacia ningún sitio en particular. Tan sólo dejaba que las piernas la llevasen hacia cualquier parte, ya el destino se encargaría de decirle que era lo que tenía que hacer.  

Detengámonos a pensar esto por un instante. Sólo tres personas, mujeres todas ellas, sabrían lo que sucedería y lo que tenía que suceder. A ninguna de ellas se les había ocurrido decirle nada a Aníbal ni a Sara, sólo dejaron que el destino se encargase de lo que tenía que encargarse. ¿Habéis visto una muestra mayor de sentido común? El destino de la raza humana está en las manos de dos adolescentes que se encuentran atravesando una ciudad caótica en medio de la oscuridad esperando que el destino les diga que hacer y adonde ir y a nadie se les ocurre decirles que se espera de ellos. El tartamudo de Moisés al menos había tenido a su hermano Aarón para que hablase por él cuando escuchaba la voz de Dios. Sara y Aníbal iban tocando de oído y no se puede tener ningún buen oído cuando las bandas preferidas son Mago de Oz, Metallica y los Gun’s and Roses. Si al menos hubiese sido Led Zepellin, U2 o The Beatles, pero ¡Ricardo Arjona y Britney Spears! En buenas manos fue a caer el mundo.