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Écheme el Cuento

Raymond Carver o el talento de mirar con el rabillo del ojo

Raymond Carver o el talento de mirar con el rabillo del ojo

Minimalista, escritor del llamado realismo sucio, desveló, en conferencias y entrevistas concedidas durante su carrera literaria, cuál era su manera de afrontar la escritura. Es Raymond Clevie Carver. Nació en 1938 en Clatskanie, Oregón (Estados Unidos). Murió en 1988, en Nueva York. Escribió colecciones de relatos como ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Carver tuvo siempre predilección por la narrativa breve: “Empecé a notar los muchos problemas de concentración ante las obras narrativas voluminosas. Experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. Tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la narración corta”.

Éstas son sus respuestas a las preguntas más frecuentes —Frequently Asked Questions, FAQ— que, a manera de entrevista ficticia, te ofrece Aviondepapel.com. Palabras de Carver, en su mayor parte, incluidas en su ensayo Escribir un cuento

Preguntas Frecuentes  

1.- ¿Qué es un cuento?

 



 

[Para Carver, este tipo de género seguía una máxima: Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. El escritor estadounidense recoge la definición del cuento que da V. S. Pritcher: “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, algo que otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. 

Y continúa: “Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados”. ]

2.- ¿Imito la manera de ver las cosas? 

[No, dice Carver. Lo aconsejable es descubrir cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla: “Pero esa manera de ver las cosas no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector”, detalla.]

3.- ¿Talento o algo más para ser escritor? 

[“La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor”. Pero, añade Carver: “Hay que tener talento. No conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad”.]

4.- ¿Hay que optar por juegos literarios? 

[El escritor, dice Carver, no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores: “Muy a menudo, la experimentación no es más que un pretexto para la falta de imaginación”. “No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir”.]

5.- ¿Qué lenguaje es el más adecudado? 

[“Un lenguaje claro y concreto; un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria que ofrecemos al lector. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden manifestar todos los registros”.]

6.- ¿Son importantes los objetos? 

[Carver opina que los objetos que se introducen en una determinada escena nunca deben ser inertes. “No quiero decir que deberían cobrar vida propia, sino que deberían hacer sentir su presencia. Si uno va a describir una cuchara o una silla o un televisor, no hay que poner estos objetos en un escena y luego abandonarlos".

"Hay que darles algún peso y conectarlos con las vidas que los rodean. Impartirles a esas cosas -una silla, una cortina, un tenedor- un poder inmenso, incluso perturbador".]

7.- ¿Cómo deben ser los personajes? 

[El cuentista estadounidense utilizaba una fórmula narrativa simple para sus protagonistas: entran, salen, no se dejan atrasar, continúan: "Casi todos los personajes de mis historias llegan al punto en que se dan cuenta de que el compromiso que les dieron juega un rol muy importante en sus vidas".

"Entonces, en un único momento de revelación cambian la rutina de sus días. Es un fugaz momento en el que no quieren más el compromiso. Y después de todo ellos comprenden que nada cambió realmente".]

8.- ¿Cómo comenzar el relato? 

["Los comienzos son muy importantes. Una historia cualquiera es bendecida o maldecida con sus líneas de apertura. Comienzas a escribir y, a veces, no encuentras que estás tratando de decir en tu historia hasta que no vuelves a una línea y, entonces, súbitamente, sabes adónde va a ir a parar la historia. Acabas de descubrir cómo llegar ahí. Cuando consigues ese primer borrador, vuelves".]

9.- ¿Cómo mantener la tensión narrativa? 

[“Me puse a escribir una historia, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento. Después de esa primera frase, brotaron otras frases complementarias para complementarla".

"Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar”.]

10.- ¿Cómo llegar al final del relato? 

[“El camino ineludible para llegar al final del cuento”, decía Carver era considerar la escritura como “un acto de descubrimiento”; es decir, que muchas veces el escritor se vea asaltado por la duda de que no sepa realmente a dónde va cuando inicia la redacción de un texto. ]

11.- ¿Cuándo escribir y cómo reescribir? 

[“Son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración. Todo es importante en un relato, cada palabra, cada signo de puntuación. Creo mucho en la economía dentro de la ficción. Algunas de mis historias fueron tres veces más largas en sus primeros borradores. Me gusta realmente el proceso de reescribir".

Añade: “Me gusta ese procedimiento de trabajo [quitar las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura]. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento”.

Escribir un cuento

Escribir un cuento

Un texto de Raymond Carver (1939-1988)


Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.

 

Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

 

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

 

Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.

 

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.

 

Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

 

Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.

 

Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

 

Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

 

En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.

 

Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

 

En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:

Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.

 

Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.

 

Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.

 

Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir. Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.


La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

ELIZABETH

ELIZABETH

Diré lo Siguiente:

Este cuento hace parte de un libro inédito

llamado "Historias de los Nombres, los

Hombres y las Mujeres".

Andor Graut insiste en publicar en este blog

historias un poco largas,

pero es buena, juzguenla ustedes.

  

           Agosto. Fuego y sudor. La Santa se halla aislada en una tienda de campaña. Nadie reconocería en su rostro algún rasgo familiar, nadie reconoció en ella jamás una hija o una hermana o una vecina o una amiga. La Santa sale de su tienda, contempla el valle que se abre gris ante sus pies. Una suave brisa refresca su cuerpo. La Santa es toda dureza, un extraño ángel sin edad que se yergue más allá del tiempo. La Santa sonríe sin volverse al reconocer los pasos que se dejan escuchar atrás suyo.

            Has cambiado dice la presencia.

           La Santa se estremece ante la voz. Se vuelve para encontrar a un hombre alto de rasgos enérgicos y sensuales semioculto en el juego de luces que causan el bosque y la noche. Le aterra el deseo que anida en ella. El hombre se acerca revelando el cabello rubio y los ojos pardos. La Santa se le acerca a su vez. Ahora es él quien se estremece.

            Bastaría sólo un llamado para que mis hombres destrozaran a este que se atreve a acercarse furtivo a su Santa piensa ella y luego sonríe. Se ha acostumbrado tanto al título que se representa a  sí misma con mayúscula.

             La Santa le da la espalda al hombre y se vuelve a su tienda de campaña y a su saco de dormir. El hombre entra tras ella se sienta en el suelo y cruza las piernas. La contempla con dulzura. Le acaricia el rostro. La Santa le deja hacer sin inmutarse a pesar del ascua que se enciende en su bajo vientre.

              Fue una emboscada que no me esperaba dice él después de un rato con su cultivada voz de barítono. Eras mía y él lo sabía.

               La Santa no dice nada.

              Sé que no recuerdas continúa él. Te ayudaré a recordar. No sé como has podido olvidar.

              No lo he hecho responde ella cortante. Jamás lo he hecho. Tampoco jamás he sido tuya. Nunca he pertenecido a nadie que no sea él.

              Ambos se miran por un momento sin atreverse a hacer algo más. Entonces el hombre dulcifica la voz, la convierte en un susurro acariciante, una voz hecha toda música, seducción, delicia.

                   Era abril, ¿recuerdas?

               La Santa no dice nada. Teme perder el placer de ese sonido. Por un instante es  otra vez una niña a la que se le cuenta una historia antes de ir a dormir. La Santa puede ser virtuosa y fuerte y escribir la página más grande de  la historia pero es humana.

               Era abril. Y aún vestías falda de colegial, al menos al salir de casa, luego entrabas en un centro comercial y te convertías en otra. Una mensajera más de la muerte y la oscuridad, toda sensualidad y erotismo. Una mujercita de catorce años aficionada a hablar de demonios y magia negra conocida en libracos baratos. Una más como todas las de tu época, como todas las niñas y niños de tu edad. No sabías que alguna vez caminarías por una montaña de cadáveres orgullosa y bella; la sangre resaltando sobre tu blanca piel. En esos días sólo eras una adolescente, pero ya eras hermosa. Te hacías pasar por una mujer; quién podría negar el porte y la madurez de tu cuerpo, la facilidad de tu lengua. Y quien adivinara tu verdadera edad fingía no darse cuenta tan sólo para mirar tus formas de soslayo, tu ansiedad de madurez. Claro, yo ya estaba ahí, te seguía de cerca esperando tan sólo el momento preciso. Esperé demasiado…   

           Abril. Primavera y dulzura. Sus padres no la comprenden son tan sólo dos viejos tontos que viven en el pasado. Un pasado demasiado ingenuo para ser creído. El mundo en el que ella vive es salvaje y doloroso sin ningún rastro de esperanza. Camina de prisa, así es más seguro. Su propia velocidad hace danzar su falda de colegial y el fuego de su cabello. Nada sabe del hombre que la mira y que espera por ella para envenenar aún más su rabia y su desconcierto. Nada sabe y cree que es mejor así. Hace dos semanas ha dejado de asistir al colegio. Para qué estudiar, se pregunta, en un mundo que agoniza.

          Se detiene por un momento en un cruce y mira las ruinas que coronan la montaña que vigila la ciudad. Alguna vez significaron algo, piensa, y hoy ya todos olvidaron siquiera que tres cruces hermosas existieron en esa cumbre y que antes ahí se cantaron leyendas y se reunieron demonios. Un hombre la empuja al pasar por su lado y la saca de su ensimismamiento. Un estallido resuena próximo y el centro comercial se abre ante ella  como una piñata de concreto que arroja fuera de sí extraños fragmentos que oran son plástico, metal o carne. Algunas personas, las menos, gritan y se afanan, otras sólo cambian de acera. Ella en cambio maldice, tendrá que tomar el autobús hasta el centro comercial más próximo para cambiarse su estúpida ropa de colegial. La rutina de su día ha quedado deshecha.

           Piensa en hacer algo nuevo, algo distinto a fumarse un porro y tomarse un par de maistock hasta tener que llamar a casa y decirles a sus padres que se quedará en casa de Angélica o de Janeth para hacer una tarea mientras las manos de ellas la recorren con ansiedad. Unas incrustaciones serían buenas, no simples esferas de acero quirúrgico recorriendo su espalda, sino un diseño que sobresalga simbolizando su asco hacia el mundo, su afán de defensa.  Piensa en una muñequera de dientes afilados sobresaliendo de su propia carne presta a herir a cualquiera que se le acerque demasiado, que si acaso la mire.

           El centro comercial al que llega es desconocido, lejos de su coto de caza convencional. Lo primero que hace es buscar donde cambiarse, ponerse unos vaqueros oscuros y una camisa a tono pero escotada, que le permita mostrar lo necesario y un poco más si lo desea.  Al entrar a la tienda de piercings  y tattoos no se fija en nadie, habla con estudiada arrogancia e indiferencia, con altanería experta de quien sabe lo que quiere. El hombre que la atiende es obeso y algo amanerado, la escucha con solícita atención mientras estudia sus muñecas. Cuando ella termina deja una pausa antes de hablar.

           Mira mi amor, tienes una idea excelente sobre lo que quieres, pero debo decirte que en verdad no es lo que te conviene. Primero tienes una ligera desviación en los metacarpos que haría ensanchar demasiado tu muñeca lo cual crearía una simetría desmesurada…

             Pura mierda le interrumpe ella en seco.

             No, en serio, a mi no me costaría nada hacértelo; pero por la forma en la que vistes y tu manera de hablar me doy cuenta que en verdad esa asimetría no iría con las líneas generales de tu cuerpo. Podríamos pensar también en hacerte las incrustaciones en las dos manos pero creo que eso afectaría el mensaje que quieres transmitir, ¿no es cierto? Sin embargo, déjame decirte que yo capto muy bien tus vibras. No estás contenta con el mundo, no te gusta lo que está a tu alrededor y quieres transmitir eso a la gente que te rodea,  ¿no es así?

              Ella asiente a su pesar, por alguna razón que no se explica comienza a simpatizar con el hombre, comienza a sentir que él la entiende.

             Lo que podemos hacer es esto, por las formas de tu rostro y la madurez de tu cuerpo no te aconsejo en verdad unas incrustaciones; la belleza espontánea siempre será una buen arma de dos filos y me doy cuenta que tú lo sabes. Ahora bien, por ese lado descartamos también los piercings, a menos que quiera uno en el ombligo, que se te vería realmente muy atractivo pero que para ti sería algo demasiado convencional. No nos quedan sino los tatuajes, vamos a descartar aquí lo que son las espadas, las florecitas y los dragones que en definitiva no van contigo, como tampoco van las hadas los duendes, los símbolos del Tao y el budismo. Así que lo que yo te recomendaría en verdad sería una cruz gótica de preferencia en la espalda.      

               Ella sonríe coqueta, deniega. Está de acuerdo con la idea, pero no la quiere en la espalda la quiere en el pecho. Quiere que los brazos de la cruz abrasen sus senos, quiere que la cruz  se asiente en el abismo su pelvis. El dependiente sonríe a su vez con cierta malevolencia cómplice, diríase un niño probando una nueva mueca. La invita a pasar, sentarse, abrirse la blusa y dejar los pechos magníficos al aire. Busca un inscriptor láser. Ella deniega, junto al dependiente se halla un antiguo conjunto de agujas. Quiero sentir el dolor, dice, que el dolor me purifique y me haga sentir viva. Muestra una sonrisa helada de lobo satisfecho, de quien se ha salido con la suya incendiando el cielo y el infierno a su paso. Pronto la sonrisa se borra cuando las agujas comienzan a horadar la piel. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas cantando la agonía de su cuerpo. Sólo que no es su agonía, es la agonía de un hombre maltrecho y vejado que es clavado en una cruz bajo un sol calcinante y lento, hace más de dos mil trescientos años. Siente el ardor de cientos de heridas en su espalda. Por un momento el dolor  hace una pausa que se convierte en un remedo de excitación mientras las agujas se clavan en sus pezones. Luego, de nuevo la agonía y el silencio. Eli, Eli, lama sabaqtani susurra a duras penas entre los dientes antes de desmayarse. Lo primero que ve cuando despierta es el pálido rostro del dependiente que la contempla con ojos espantados mientras masculla que eso es algo que suele suceder. No sabe como pero logra sonreírle. No sabe tampoco el tiempo que ha pasado, sólo tiempo después se percatará que han debido de ser varias horas, incluso días enteros.  Se mira el pecho y se encuentra con una cruz de gasa y esparadrapo. Se coloca la blusa mientras escucha al dependiente recitarle con voz mecánica sus recomendaciones. Pura mierda, masculla entre dientes. Se muere de ganas por exhibir al mundo su nueva marca pero no es idiota, sabe que debe esperar a que la herida  cicatrice, a que el color se asiente. Cuando se asoma otra vez al mundo se siente desorientada, extraña. Si tuviese las palabras describiría ese instante como un momento pleno de éxtasis, gloria y abandono, un momento en el que las fuerzas que rigen el universo se hallan suspensas.

            No sabe nada de eso, no tiene las palabras. Sólo sabe que se siente ajena a su propia ira natural. Toma un autobús sin siquiera pensarlo y sale de la ciudad.  

            ¿Recuerdas esa mirada de espanto del dependiente?, Nunca supiste en verdad que viste a un arcángel lleno de preocupación  a los ojos. Eso es algo que cantan tus seguidores sin saber qué tan cierto es. Pero ese era sólo el comienzo por supuesto. Por un momento me asusté cuando te vi salir de la tienda, la ropa negra sobre tu piel blanquísima y los ojos perdidos en lágrimas mirando a ninguna parte. Luego pensé que las cosas marchaban conforme lo había planeado, me confié. Esa es la razón por la que hoy estoy aquí.

            Si todo hubiese sucedido de una sola vez. Si tu cambio no hubiese sido paulatino, habría tenido alguna oportunidad. Sin embargo…   

              Enero. Hielo y Furor.  Sus risas parecen llenar de alegría las calles. Marcha tomada de la mano con un hombre joven, apuesto, de tez amoratada por el viento frío que los azota. Hay rudeza en él y cierta ternura, pero no es suficiente. Nada es suficiente para esa voz incorpórea que clama en sus sueños desesperanzada, Eli, Eli, lama sabaqtani.  No sabe a quién pertenece la voz, ni a quién dirige su suplica. No conoce lo suficiente del catolicismo para llegar a una asociación de ideas. Lo cierto es que la voz en sus sueños le impide el descanso justo de sus días, por eso las ojeras la hacen ver como un mapache. El joven a su lado está de acuerdo en que eso aumenta su atractivo.

               Hace dos años sus padres no saben nada de ella. Para ellos murió en la explosión del centro comercial. No alcanzaron a saber nada de incrustaciones ni tatuajes. Nunca supieron que estaba confundida y asustada. Hace dos años ella salió con rumbo incierto de una tienda de piercings y tattoos con las lágrimas limpiando su mirada y con una cruz en el pecho a manera de estigma. Partió en un autobús cualquiera dirigido hacia ninguna parte.

               El llanto la ha encontrado muchas veces hambrienta y durmiendo en henares; algún campesino le brindó cuidado, algún camionero intentó alguna vez propasarse con ella hasta que la cruz obscura como el pecado al resaltar sobre la piel blanquísima  le hizo cambiar de opinión. Eso no la ha hecho una mujer virtuosa por supuesto, una cruz no concede la virtud, pero ha hecho correr rumores en una tierra que parece necesitarlos. Y quien oye los rumores y está hambriento de virtud esa noche se hinca de rodillas ante el cielo estrellado y eleva sus oraciones esperando que haya alguien para escucharlas.

              Ha reído otras veces como ahora, pero han sido más bien pocas. Con el paso de los años se ha convertido en una mujer triste pero aún inconmovible ante la muerte o la desgracia. Eso aún no la hace llorar.

              Las parcelas de los campesinos no excitan su ansías de vengarse del mundo  tanto como la escuela y el ruido de los autos y los edificios. Es difícil buscar venganza en alguien a quien ni siquiera le importa tu vida o tu muerte. La indiferencia de alguna manera ha hecho que su mente y su corazón se hallen a la misma edad insólita de su cuerpo. Hay quien la acecha por supuesto, y a veces parece adivinar los ojos pardos que la siguen en la oscuridad aunque jamás alcanza a ver a nadie.

          Ninguna de las siluetas que salen de las sombras para materializarse ante ellos tiene los ojos pardos.   

         Fue entonces cuando la Santa hizo su aparición ¿no Elizabeth?

         La Santa se sobresalta. Había olvidado su propio nombre. Elizabeth.  

        Elizabeth, Elizabeth, grita la madre  corriendo tras ella. Más risa que enojo en la voz.

        Ella baja corriendo por la escalera bamboleando el trasero desnudo gorjeando de alegría. Tropieza. Antes siquiera que salga volando por los aires ya está el padre agarrándola en sus brazos. Su tonto padre. La Santa cierra los ojos y ora por dentro. Sabe lo cerca que ha estado de perderlo esta batalla.  

          El hombre calla por un momento.

          ¿Cuántos eran cinco, seis? Cinco creo, si la memoria no me traiciona, tal vez estoy tan viejo como para no recordarlo bien. Pero al menos estoy bastante seguro. Cinco. Sí, eran cinco. No más que unos gamberros. Casi como tú dos años antes de eso. Se abalanzaron sobre el chico y sobre ti. Si quieres que te diga algo sólo buscaban divertirse, quizás robarlos. Nada más. Pero no podía ser tan sencillo ¿cierto? Estabas tan asustada cuando el más bajo de ellos, el del cabello rubio, sacó la navaja que gritaste como una histérica. Eso en verdad los divirtió. ¿Recuerdas cuando comenzaron a girar alrededor del chico y de ti a medida que se iban acercando. No podías correr a ningún  lado. Presentiste más que sentir el filo de la navaja hacia ti y te fuiste sobre él. Eso nunca lo entendí. No estabas desesperada para buscar la muerte, y tanto él como yo sólo estamos de acuerdo en aquello del libre albedrío. Así que fue tu decisión. Cuando la navaja toco tu piel lo hizo de arriba para abajo. En verdad fue un corte superficial, pero la mano que había esgrimido el arma estaba más asustada que tú. Así que la soltó. ¿Sabías lo que iba a venir después? ¿Estabas preparada?

         La sangre brota en una sola línea a lo largo del esternón. Siente tan sólo una línea tibia que la recorre desde la base del cuello hasta llegar casi al diafragma. Tan sólo eso y frío. La navaja no sólo ha cortado su piel sino que ha abierto en dos su blusa dejando al descubierto la cruz. La cruz sangra su dolor. Por un momento ella también se mira. Unas palabras acuden a sus labios. Eli, Eli lama sabaqtani. Se da cuenta de la palidez de los rostros que la observan. Por un solo momento se percata de la edad de los responsables de todo el alboroto. No puede evitarlo. Un sentido de dramatismo le hace abrir los brazos en cruz como diciendo, muy bien, esto es lo que habéis hecho. No se da cuenta de más. El chiquillo de la navaja ha caído de rodillas ante ellas. Los ojos arrasados en lágrimas. Sólo tiene ojos para la negra cruz sangrante sobre la piel blanca, resplandeciente. Como la cruz del nazareno recortada contra el azul del cielo en medio del desierto.

        La voz del hombre cambia, se cubre de tristeza, parece hablar más ya para sí mismo que para la Santa.

        La gente comenzó a llegar, por una razón u otra, en verdad eso no importa. Los apedrearon. Un crimen más en nombre de la cruz. Jamás volviste a ver al chico que te acompañaba. El resto lo sabes bien. La gente nunca supo tu nombre y sólo te llamaba la Santa.  Tu palabra era ley y tu deseo justicia. Esa noche no escuchaste las palabras en tus sueños. Por vez primera en los dos últimos años pudiste descansar y la gente que te vio al día siguiente interpretó tu piel lozana y limpia como un milagro. Luego vino lo demás. Miles de personas murieron a manos de otras miles. El sólo pronunciar el título de la Santa encendía pasiones desenfrenadas. Aún el Vaticano se inclinó a tus pies, mientras corrían ríos de sangre y caminabas sobre montañas de cadáveres, tu torso desnudo y tu ira fanática de cara al cielo. El negro de la cruz sobre tu piel blanquísima.  

       —Así que aquí estamos.

       Aquí estamos   confirmo la Santa.- Sólo alguien como tú podría conocer tan bien mi historia.     

        Ahora yo soy tu enemigo.

         En verdad siempre lo has sido. Sólo tú has sido mi enemigo, El Adversario-  dice La Santa como si escupiera el título; y tan sólo por un momento deja que en su voz se note un verdadero sentimiento. Un odio puro inundado de sentido verdadero, un odio a veces demasiado parecido al amor.

          La Santa toma una daga de su tienda de campaña y se lanza sobre el hombre que la deja hacer.

        Eras mía y él lo sabía musita el hombre mientras se desliza hacia el suelo. La daga clavada en su pecho.

        La Santa lo mira con desolación, con tristeza infinita. Por fin comprende las palabras de sus sueños. Alza su rostro al cielo cubierto de estrellas y musita. Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

       Pero la historia jamás sabrá de ello. Hablará en cambio de la última gran batalla cuando la Santa emboscó al Adversario para así evitar el crimen de millares que lo seguían engañados…

Sabia Figueroa

Sabia Figueroa

A Lizardo Carvajal: trovador

Alberto Rodríguez

Mi madre, Sabia Figueroa Rodríguez, ha desaparecido. Era dulce, servicial y tenía los dedos de las manos deformados por la artritis. Nadie en ninguna parte da razón de ella. Estaba por cumplir 72 años y nadie ha ofrecido una recompensa para quien informe de su paradero. Hablo en pasado porque no tengo ninguna certeza del presente. El día antes de partir la llamé para decirle que tardaría. Preguntó si me sentía bien. Le dije que sí. Pidió que llevara las medias de lana, porque Europa padecía una ola intensa de frío; el invierno más helado de los últimos treinta años, dijo la televisión española esta mañana.

Apenas llegué a Frankfurt la llamé para decirle que estaba bien y que el frío era aterrador, sentí más años en su voz, hablaba con un cansancio que ensombrecía la emoción de oírme. Preguntó si algún día regresaría. Le dije que sí. A este país, dijo, se lo llevó el diablo, no creo que tengas mucho a qué volver, todos disparan contra todos. ¿A qué te quedas entonces? ¿No te gustaría ver Italia? Ya no quiero viajar, no deseo moverme, con lo que he visto es suficiente.

Después llamé a Eleazar para pedirle que la cuidara, quiso restarle importancia a sus palabras pero no me ocultó el riesgo. Se toma demasiado en serio lo que ve por la televisión, dijo. Este es un país de facto es cierto y los que nos quedamos terminamos por aceptar la violencia, por eso no la podemos superar, es una tragedia y ella la percibe, está desconcertada, a su edad no pude entender que su país, en el que siempre ha vivido, haya terminado en esto. No le quiero quitar importancia viejo, no me creerías, pero igual no te preocupés, qué coños podés hacer desde Alemania, confia en mí, estaré pendiente.

Pensé, a pesar de su edad, en todo lo que puede pasarle, lo que puede pasarle a millones de personas en un país donde la violencia es un hecho como el verano, un país prehistórico donde a nadie se le garantiza el derecho a la vida. Una mierda de país, y si no lo es, entonces ignoro qué sea la mierda y qué sea el país.

Sabia Figueroa me había enseñado que el pecado más grande es olvidar. Y ella con esa memoria blindada contra el olvido se resistía con sus setenta y pico a cuestas a olvidar al responsable, a ese Estado manoseado por las distintas pandillas que se lo reparten democráticamente para saquear por turnos a la sociedad civil. Esos que ni siquiera violan el código penal para delinquir, los que nunca han sido llamados a juicio, y tal vez no lo serán.

Sabia Figueroa llenó el tazón del gato hasta el borde, cerró las ventanas del comedor que dan al patio, por si lloviera, sacó de la máquina de escribir la hoja y salió de su casa. Eran las ocho treinta de la mañana, iba de gabardina beige, gafas oscuras y pañoleta. Caminó dos cuadras hasta la fotocopiadora del centro comercial y pidió que le hicieran cien copias. Abordó un bus que la condujo hasta el centro, se bajó en la avenida 19 y caminó hasta el Palacio Presidencial. Se detuvo frente a las rejas de la plaza de armas custodiada por soldados de la guardia presidencial ataviados con cascos romanos.

Y así, sin muestra alguna de agitación fue entregando amablemente a todos quienes entraban y salían del Palacio, como si fueran claveles, las hojitas en las que escribió lo último que su memoria le dictó en cinco breves párrafos.

SAN ATONIO ATADO

SAN ATONIO ATADO

Estremecedor relato de la silenciosa Marta Rengifo 

Toño Matoño

mató a su mujer

con un cuchillito

más grande que él.  

Sacó las tripitas

las llevó a vender

y con esa platica

compró otra mujer

(rima popular) 

A Tomás Rengifo, mi papá.

 Es un sueño  se dijo mirando que caminaba sobre la gravilla con los pies descalzos, además llevaba un pantalón por encima de los tobillos y una camiseta muy apretada. Se encogió de hombros y cruzó los brazos pues caminaba hacia su casa y debía hacer frío aunque no sentía nada.

Volvió a mirar los dedos de sus pies: largos y nudosos. Es un sueño se dijo nuevamente -la primera vez que volví a mi casa me levanté descalzo, fui a ordeñar, tomé un vaso de leche lleno de espuma y casi muero.

Al recordar el dolor en los pies y la diarrea llegó a la conclusión que en la ciudad siempre sería un campesino y en el campo un advenedizo. Siguió observando, se veían las casitas una aquí, una allá, y podía nombrarlas si fuera un sueño se dijo no estaría cada una en el lugar exacto pero allí estaban la de don Marcos, la de la tía, la de la Concia  Pero… ¿y la gente? Cuando se dio cuenta nadie se cruzaba con él, buscó animales,  se los robarían pensó.

En vano trató de ubicar el sol para saber si estaba anocheciendo o amaneciendo; la niebla estaba detenida, todo, hasta los diferentes tonos del verde de los cultivos parecían grises. Es un sueño, parece que camino al pie de una foto.

Luego vio la casa y sintió un gran alivio, allí estaba: de un piso, más larga que ancha, paredes de adobe blanqueadas con cal, las columnas de madera pintadas de verde y las tejas entre el rojo y el café. Estaba cerrada. Es de noche  se dijo.

Se dirigía a la primera puerta cuando miró hacia arriba: sobre la casa se extendía un largo arco iris de colores muy fuertes ¿Qué es esto? se preguntó y le dio mucha risa, los arco iris reales no son así. Sólo le falta la cara del sol sonriente  en el centro para que quedar igualito al de la cartilla de la escuela.

Luego un temor infantil lo hizo protegerse bajo el alero de la casa, se sentó rápido, metió la cabeza entre las piernas y se la cubrió con los brazos, después de un rato se incorporó; de niño, cuando su madre todavía lo llevaba en sus espaldas, ella lo había protegido del Cuiche[1]: lo cubría con su chalina mientras buscaba un lugar cubierto; un poco mayor, él, sus primos y hermanos corrían a resguardarse apenas aparecía uno.

Aparentando valentía volvió a mirarlo: parecía hecho de papel o lata, tuvo el impulso repentino de tocarlo, de caminar hasta donde comenzara y averiguar de qué estaba hecho, no se dijo en este sueño voy a mi casa y regresó.

Mientras tocaba sin producir ningún sonido, se desesperó. Ese enorme Cuiche tan coloreado afuera y él sin poder entrar. Cuando había visto uno por primera vez se enfermó, aunque los demás insistieron en que se entrara a la casa él se había quedado mirándolo con la boca abierta y por eso había estado malo por varios días.

El Cuiche es bravo y hace enfermar a los niños, pero para él, además, era una señal de mala suerte, ya en la ciudad, donde el Cuiche era el sol entre las gotas de lluvia, cada vez que lo había visto había sido una premonición: una vez fue la muerte de su mamá señora, Eufracia; luego, cuando lo echaron del trabajo; y la peor de todas: Dos arco iris cruzando el cielo y el tío Demetrio con su familia quedaron sepultados bajo un barranco.Esas malas noticias se habían demorado en llegar, pero el miedo, había llegado antes.Estaba adentro. En el gran salón hizo mucho esfuerzo para acostumbrarse a la oscuridad, poco a poco fue distinguiendo la hilera de camas y esteras, y sobre ellas varios bultos, los de la derecha eran mujeres, podía adivinar donde estaban la Churosa, la Chanata, la Elita, y resaltaba el cuerpo largo y fuerte de su madre. A la izquierda estaban los hombres: el Segundo, el Jamesito, el Robinson,  el José… y claro… su padre, bajo y robusto.

Por fin sentía algo, ese olor propio de su casa mezcla de humedad, moho, mugre y humo de eucalipto olor a indio pensó.

Parado al lado de su padre le llegó el mejor recuerdo que tenía de él: siempre había creído que a él no le importaba, tampoco había considerado esa posibilidad, a él le parecía que un papá estaba para dar órdenes y él existía para obedecerlas así era el mundo y él no lo habría podido imaginar de otra forma.

Por eso se asombró el día en que su padre, a medianoche, bajo la lluvia había ido a traer la médica, ella se negaba a salir por eso de la artritis y ese frío horroroso de una noche lluviosa, su padre la había amenazado, muchos años después él había intentado imaginarse aquella amenaza y seguía sin poder concebirla, su padre le daba órdenes, pero era incapaz de dárselas a los demás, con el tiempo, la médica le había vuelto hablar y ella solía contar la ocasión muerta de la risa. Ese recuerdo le provocaba mucha ternura, sentía que se le encogía el corazón cuando lo revivía.Su padre y la médica habían llegado empapados. Fueron recibidos con diligencia y tazones de humeante café con aguardiente. Él quiso prometer curarse solo para evitar tanta molestia sin embargo apenas pudo mover la lengua. 

La médica era vieja, sus dedos eran largos y más arrugados que toda ella,  curó los latigazos viejos con tabaco mascado y los tres más recientes con alcanfor, alcohol y linaza; le dio de beber algo amargo, parecía vómito, luego le puso trapos sucios en la cabeza hasta que bajó la fiebre.

Había sido su culpa. El día anterior había llegado de la escuela con tres rayas negras en la mano por no hacer la tarea. Estaban en cosecha, pero la maestra no preguntó sólo tomó la regla, le hizo estirar la mano y ya.

Al volver de la escuela su padre le vio la mano amoratada y sin mediar palabra tomó el látigo y le dio hasta que se cansó tanto que su voz se convirtió en un susurro: ¡caaajo!, ¡indino! le había gritado. Fue una noche de fiebre, al amanecer, su madre le había dicho a su papá Está malo y él había contestado: La pereza, es la maldinga pereza luego tomó otra vez el látigo y le dio tres golpes con el cabo, él apenas se movió. Su hermana menor se quedó cuidándolo. Esa noche, después que vinieron a verlo, hablaron en voz baja, después oyó la voz resuelta de su madre: No podemos llevarlo así. Hay que traer la médica.

Se estremeció con el recuerdo y cruzó el salón para sentarse en el minúsculo espacio que dejaba su madre, por fortuna ella siguió durmiendo sin notarlo. Empezó a imaginarse que ella despertaba, le parecía verla, se levantaría aprisa, atraparía una gallina, la pondría a cocinar con arracacha, habas, arvejas, papa, batata; si encontraba uno, le echaría un plátano y seguro que mientras cocinaba lloraría y lo regañaría, le reclamaría el no haber escrito, no haber llevado nada, (¿y el escapulario que me tiene prometido?) y él se quedaría callado, ella le prestaría una ruana y trataría de averiguar por qué iba así vestido y él no diría nada porque no sabría explicarle cómo hizo para llegar hasta allá, y cuándo se puso esa ropa que no era suya.

Sintió ahogarse con ese aire tan espeso y deseó salir. La oscuridad lo envolvió otra vez, estaba atrás de su casa vio el horno de barro y un gato le silbó con furia, sssh le dijo, y el gato desapareció. Buscó con desesperación el paisaje tan conocido, las montañas se sucedían una tras otra, se amontonaban, el mundo parecía estar conformado sólo de ellas. Ese era el lugar donde había nacido.

Aguzó el oído para escuchar cualquiera de los muchos sonidos de la noche campesina, había un silencio sepulcral. Mamajuana también está dormido pensó. De Inmediato se arrepintió de pensar eso: los montes no duermen trató de convencerse, sin lograrlo, se le ocurrió también que el Mamajuana era tan bravo que tal vez él mismo había enviado ese cuiche.

Como hombre de ciudad que era ahora empezó a adoctrinarse para dejar a un lado el temor que sentía: el  Mamajuana debe ser un volcán inactivo, por eso brama de vez en cuando, y hoy no. Le gustó lo que había pensado, era una frase larga, bien construida, elegante y la repitió varias veces para creerla.

Decidió entrar para esperar el amanecer. Deambuló por bultos de trigo y herramientas; en la cocina caminó con cuidado entre los cuyes, esquivando los quesos colgados en ganchos; hasta que se encontró frente a frente con San Antonio, más grande que cualquiera de los santos del nicho. 

Lo miró detenidamente y durante mucho tiempo. Era un lugar prohibido, disfrutó el placer de la desobediencia, no tuvo que arrodillarse y cerrar los ojos, Observó cada santo a su gusto. Se acordó de nuevo de la primera vez que volvió a casa cuando a hurtadillas había llegado hasta San Antonio y lo había desatado con cuidado sabía que su madre lo había amarrado con una de sus prendas, si no hubiera sido así, no se habría sentido desesperado por volver; por eso,  antes de regresar a la ciudad había recogido sus pertenencias, de esa manera, ya nadie  tendría poder sobre él.

¿Por quién estará amarrado ahora?  Se preguntó. Vio algo que sobresalía de la base del santo, miró bien y ahí estaba su fotografía, recordó la ocasión, el momento en que se abrazaron y sonrieron;  ¿y los demás?  Su perfil había sido recortado con mucho cuidado. ¡Mamá, dañaste la foto! Quiso gritar y se tapó la boca. San Antonio estaba bien atado con una piola. ¡Pobre! Se dijo.

Vano fue todo intento de soltar a San Antonio. Algo malo le sucedía a sus manos, pues resbalaban de continuo. Levantó su derecha a la altura de la cara y pudo ver La Dolorosa a través de ella. Se dirigió hasta el lugar donde dormía su madre.

Mamá, desate a San Antonio —le dijo- Ya no voy a volver. Estoy muerto.



[1] Cuiche o Cuichi, palabra quechua que designa el arco iris, una entidad malhumorada.

El abrazo de Gabriel

El abrazo de Gabriel

Alberto Rodríguez  

 Mahoma dictó de memoria el Corán a los escribas sin haber tenido la gracia prima de la lectura y la escritura. Un año estuvo haciéndolo para que con la paciencia caligráfica de derecha a izquierda, ellos lo vertieran en suras. Engoladas fuentes manuales de escritura se inscribieron sobre la seca superficie de los pergaminos de chivo.     A medida que dictaba, Mahoma fue sintiendo como si la Palabra siempre hubiera estado en él, la palabra leída por Gabriel, seis cientos años más viejo. Pero cuando Mahoma dictaba pensó en el libro único, no le hubiera pasado por la cabeza la funesta idea de la imprenta, por cuya gracia la Palabra terminó en las tipografías, donde hombres de manos entintadas habrían de manosearla.  

 

 A los 25 años, en el año 596 de la era de Cristo, el joven Muhammad entró al servicio de una rica viuda dueña de una flota de camellos llamada Jadidja. Muhammad camellero, analfabeta y árabe, trabajó para ella durante catorce años, hasta que la hizo su esposa, durante una espléndida boda en la que se sacrificaron dos camellos.

 

   Muhammad tiene cuarenta años, sigue sin saber leer y en su cuerpo y su alma siente una presencia extraña que lo llama. Creyó haber enloquecido, tuvo confusas visiones, una garganta profunda lo clamaba, sus sueños humildes se agitaron como si tuvieran lugar donde se encuentran dos océanos.  Soñaba con un ser tan grande como la distancia que hay entre el cielo y la tierra, sentía al despertar una desconocida y pesada ansiedad que no atinaba a nombrar. No sabía si todo era obra de un maligno afreet que se había colado por entre el resquicio de sus sueños, para hacerlo víctima de un encantamiento fatal, como aquel que un milenio después habría de marcar para Don Quijote el origen de su tragedia. 

 

  Una mañana Mahoma se levantó como Gregorio Samsa, convertido en otro, tras haber sido agitado durante la noche por una oleada de sueños azabaches de arena. Muhammad despertó asustado, pero a diferencia de Gregorio, no se preocupó por no poder asistir al trabajo. No pudo dar cuenta a su amada Jadidja de la turbamulta de sentimientos que se le agitaban adentro y que como repentinas hemorragias le salen del cuerpo. Le pidió que lo dejara ir, tenía que marchar al desierto.   

Sin saber cómo Mahoma fue conducido por una fuerza que lo llevó después de tres jornadas a pie hasta monte Hirá. Trepó hasta la boca de una gruta entallada en basalto donde se detuvo. Era el mes del Ramadán del año 612. Sigilosamente, como un gato en territorio ajeno, fue caminando hasta llegar al fondo donde habitaba la oscuridad total del mundo, el corazón de las tinieblas.   Mahoma entonces vio hacerse la luz, asistió a un primer milagro, el de la luz para leer. Vio en medio de un poderoso resplandor y en toda su humilde grandeza al ángel Gabriel, el mismo que seis cientos años antes se presentó ante una mujer en Galilea para decirle que pariría un hijo de Dios.

  Gabriel traía un atril de madera labrada entre sus manos en donde se sostenía el Libro, cubierto por un lienzo. Retiró el velo y dejó la página expuesta.

- Lee, dijo Gabriel.

- No sé leer, respondió Mahoma.

- “Lee en el nombre de tu Señor que ha hecho al hombre de un coagulo de sangre” volvió a decir Gabriel.

  Ella no había tenido tratos carnales y él no sabía leer. Por lo que durante una única y prolongada jornada en la que el ángel atrajo a Mahoma a su lado bajo la luz perfecta de leer, le mostró con el dedo el orden en que pronunciaba en voz alta las palabras caligrafiadas por quien tomó el dictado. Mahoma vio a y escuchó el río de la Palabra, en el que a diferencia del de Heráclito, los creyentes siempre se bañan en el mismo. Gabriel leyó el códice de un tirón, sin haber cometido un sólo error. Mahoma sintió que terminada la lectura había sido transformado, iluminado en su entendimiento, ilustrado por la fuerza del sentido. Su corazón, víctima solitaria de incertidumbres, se tranquilizó bajo el efecto del aura eterna de la Palabra escrita.

   A un hombre que creía estar volviéndose loco, la lectura lo devolvió a la luz, lo sacó de las tinieblas. Moisés no vio a su Señor, escuchó leer en altísima voz sobrenatural los mandamientos, diez únicos, escritos sobre piedra. Mahoma, seguramente por la época, ya no tuvo la suerte de escuchar de viva voz al Señor. Para inscribir el Corán en piedra se necesitaría de la superficie de la pirámide de Keops.   El Señor envió con Gabriel una primera y única versión del Libro que además no dejaría a los hombres. Para qué haberle dejado el libro a Mahoma si no sabía leer.

Fue necesario que Mahoma hubiera sido leído por el ángel de Al Lah - el único – que envió precisamente el Libro a un hombre que no sabía leer, con un ángel alfabetizado, cuya verdadera misión era leer sin dejar morir la Palabra. Y Gabriel, para que Mahoma no olvidara lo leído en tan larga jornada, cuando terminó, lo acercó a sí envolviéndolo en un abrazo que abarcó para siempre toda su simple humanidad.   

EL HOMBRE DE LA LUNA

EL HOMBRE DE LA LUNA

Lo más inverosimílde ésta historia contada por Silvia Andrea Valecia

es que es cierta. Disfrutenla.

 

 

      ¿A quién se le iba a ocurrir semejante despropósito? ¡ A un chileno, po!

     Jenaro no le comentó a nadie, absolutamente a nadie su propósito. El notario no hizo preguntas, pero revisó nerviosamente el archivo de patentes, como no encontró ni siquiera algo parecido, y Jernaro ya había cancelado los 42 mil pesos estipulados, selló el papel.

     Jenaro salió con su mejor sonrisa a la calle mirando al sol que ya estaba por esconderse. Pensó que alguien ya hubiera tenido la idea antes, pero que no se había atrevido a llevarla a cabo. Se sentía el dueño del universo entero.

     Se pasó la vida guardando ese papel y mirando la luna. Todos le decían que era un soñador, pero el sabía que no, que él no era un soñador ni nada semejante, era un hombre de visión, un hombre de negocios.

     El 20 de Julio de 1969, dieciséis años después del registro, llegó la esperada llamada. La NASA, en voz del presidente Nixon, le solicitaba permiso para el alunizaje.

 

LA CAJA MÚSICAL

LA CAJA MÚSICAL

El genial David Vásquez, nos trae de nuevo un ahistoria con es ritmo porético y nostálgico.

Esta historia hace parte del libro inédito: "Ezra Kalub, Praga y Otros Cuentos"

    La calle está grabada como un tatuaje en el aterrador rostro de Angus Soleki. En sus ojos abisales se cocina Praga, se asesina el instante.  El mudo puñal que lo precede es una frase herida en el estómago, un silencio que se escribe con sangre.

    A esta hora el asesino descansa mientras Praga se condena. El puñal sobre la cama es sólo eso...  no hay respuesta. La golfa que lo acompaña esta noche es una suerte de niebla ensortijada, una caja musical con su bailarina rota. Cuando ella era niña vivía en una casa a las afueras de Praga, eso fue hace mucho tiempo. Ahora cepilla su cabello frente al espejo y escucha la evocadora melodía, devora sus entrañas. 

   Hay una pregunta que ronda  por la habitación, la hizo Angus. La repuesta fue muda, es una profusa hemorragia, un silencio incómodo entre dos demonios.  Hace un rato, cuando la golfa se sentó en el tocador, abrió la caja musical y vió el reflejo de Angus en el espejo —claroscuro— algo sucedió en el preciso instante en que se miraron uno al otro. Angus se  viste para marcharse, la golfa sabe  que las monedas que están sobre la mesa no son para pagarle por el rato de placer, son para no verla nunca más.

   En Praga hay una calle en especial, es donde Angus Soleki espera a su enemigo de turno, escoge al azar.  Esa calle ahora está sola, amanece y el asesino asecha su hastío, lo persigue con una sopa fría hasta la cama, lo devora sin compasión.

   La golfa que está con Angus se llama Sabina. En la tarde ella duerme y su cuerpo mancillado es como el de una fiera saciada.  Las otras golfas respiran,  hablan de cualquier cosa, ríen sin piedad.  La risa de las golfas es inconfundible, es seca y sin sosiego como la muerte.

    En la noche la caja musical suena de nuevo su canción, la bailarina rota se mueve sin parar. Sabina se apresta a destrozar otra esperanza y la antigua melodía martilla en su cabeza como una pregunta sin respuesta. Anoche el asesino le secó una lágrima con su puñal, le cortó el rostro un poco y le susurró al oído una maldición que ahora no recuerda. Ella está un poco muerta, por eso le es tan fácil olvidar.

  La madrugada llega con un grito de muerte. El asesino: Angus Soleki.  La sangre, el azul de la bruma, Praga, Sabina, la niña que sonreía a deshoras. Como gritar esa respuesta que se quedó clavada en el instante, igual que una puñalada.  Atrás las voces de la ciudad que se condena,  la muerte que toma su presente y se marcha sin más. En la calle el humo se mezcla con la sangre como una canción a dos voces y en el bar el vino se derrama por la boca de  Sabina,  la risa se ahoga en sus labios.

    Cuando Angus vuelve al bar es casi el amanecer. Hay unos hombres que se pierden entre el humo, Angus es uno de ellos. Se sienta en una mesa, pide un trago y mira a Sabina, ella también busca su mirada  —claroscuro— el espejo, el cuchillo, la pregunta. El puñal sobre la mesa es sólo eso... no hay repuesta. Al poco tiempo ella se acerca, realiza su acto, finge una sonrisa.

    Angus sólo espera, cuando la tiene cerca la toma por el brazo y la sienta frente a él, dos demonios a la mesa. Ahora el puñal sobre la tabla es el rostro de Sabina. La caja musical está muda, el asesino habla:

    —¿Te acuerdas de anoche?

      La golfa ríe, bebe un trago con fuerza y golpea la copa contra la mesa.

    —¿Te acuerdas de la lagrima que te corté con mi puñal?

     El asesino toma con fuerza a Sabina mientras el vino se riega como un hilo de sangre por su cuello, ella ríe de nuevo y su risa seca es como la muerte.

   Sabina se levanta de la mesa y Angus vuelve a tomarla del brazo, la trae con fuerza hasta pegar sus rostros. 

     —¿Ya no lo recuerdas? anoche mientras danzaba la bailarina rota te pregunté: ¿Si duele tanto el olvido por qué lo guardas en esa caja?

    No hay  respuesta, en el rostro de Sabina se dibuja una sonrisa de hielo de apenas un instante, suelta su brazo y se aleja con torpeza.

    La golfa mira al piso mientras se dirige hacia la barra donde hay otros hombres que la esperan, luego levanta su rostro con fuerza y ríe a carcajadas.